CUANDO LA CASA TERMINABA EN LA BANQUETA
Por Antoine Abraham Pompeyo
No sé exactamente cuándo dejamos de hacerlo.
No hubo un día en que alguien anunciara que, a partir de entonces, las sillas debían quedarse dentro de la casa.
Simplemente ocurrió.
Durante muchos años, en Mérida, la casa no terminaba en la puerta. Continuaba unos metros más, hasta la banqueta.
Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba finalmente a dar tregua, aparecían las sillas. Salíamos a“tomar fresco”, como decimos por acá.
No hacía falta explicar qué significaba. Era esperar que bajara un poco el calor y sentarse afuera arecibir el aire de la tarde. A veces en una mecedora; otras, en aquellas sillas plegables queparecían durar toda la vida.
Alguien salía primero. Después otro. Y sin invitación, sin mensaje y sin haber quedado adeterminada hora, comenzaba la conversación.
Los niños entendíamos perfectamente que la calle también nos pertenecía.
Ahí aprendimos a andar en bicicleta. Ahí improvisamos porterías con dos piedras. Ahí jugábamosescondidas hasta que comenzaba a oscurecer. Y desde alguna puerta terminábamos escuchando auna madre gritar nuestro nombre porque ya era hora de regresar.
Pero aquellas banquetas hacían algo más importante que sostener sillas.
Sostenían comunidad.
El vecino sabía quién vivía enfrente. La señora de dos casas después conocía a los niños. Alguiensabía que don Chucho llevaba varios días enfermo. Otra persona había notado que la señora quevivía sola no había salido esa mañana.
No existían grupos de WhatsApp de vecinos.
Existía algo mucho más sencillo: los vecinos se conocían.
Y entonces Mérida comenzó a cambiar.
Creció la ciudad. Llegaron nuevas colonias, avenidas, automóviles, desarrollos y formas distintasde vivir. También llegaron portones más altos, protectores, cámaras, alarmas y casas diseñadaspara que pudiéramos sentirnos seguros dentro de ellas.
Y poco a poco ocurrió algo curioso.
Mientras nuestras casas aprendían a protegernos, también aprendieron a aislarnos.La banqueta siguió exactamente en el mismo sitio.
Los que dejamos de estar fuimos nosotros.
No digo que antes todo fuera mejor. La memoria también suele quedarse con lo que más quiererecordar. Las ciudades cambian porque también cambian quienes las habitan. Tenemos otroshorarios, otras preocupaciones y probablemente razones que nuestros abuelos nunca tuvieron
para cerrar una puerta.
Pero cada transformación urbana trae consigo una transformación humana.Cuando desapareció la silla de la banqueta no perdimos solamente una costumbre pintoresca. Perdimos un pequeño espacio de encuentro.
Quizá por eso no sea casualidad que uno de los objetos que terminaron convirtiéndose en símbolo de Mérida sea precisamente una silla hecha para conversar.
Las conocemos como “confidentes” o “tú y yo”.
Su diseño tiene antecedentes en los muebles europeos tête-à-tête del siglo XIX, pero Yucatán terminó haciéndolas suyas hasta convertirlas en parte de su identidad. En 1915, durante la remodelación de la Plaza Grande impulsada por el gobernador Salvador Alvarado, fueron instaladas en el corazón de Mérida. Con los años se extendieron por parques y poblaciones del estado y terminaron formando parte de la imagen con la que reconocemos a Yucatán.
Dos asientos frente a frente, separados lo suficiente para guardar las formas de aquella época, pero suficientemente cerca para hacer algo que hoy, a veces, parece casi imposible:conversar mirándose a los ojos.
Más de un siglo después siguen ahí.
Las fotografiamos. Los turistas se sientan en ellas. Aparecen en postales y recuerdos. Se hanconvertido en uno de esos objetos que reconocemos inmediatamente como nuestros.
Y quizá contienen una pequeña ironía.
Conservamos las sillas que fueron hechas para conversar, justo cuando nosotros comenzamos a conversar cada vez menos.
Tal vez nunca volvamos a sacar las sillas todas las tardes. Probablemente nuestros hijos tampoco jugarán en la calle como lo hicimos nosotros.
Y no se trata de reconstruir una Mérida que ya no existe. Se trata de preguntarnos qué queremos conservar de ella.
Porque el patrimonio de una ciudad no son solamente sus edificios, sus monumentos o las cosas
antiguas que decidimos proteger.
También son sus costumbres.
Sus palabras.
Sus conversaciones.
Sus maneras de encontrarse.
“Tomar fresco” quizá nunca aparezca en una placa conmemorativa. Tampoco aquella silla plegable donde se sentaba la abuela ni la conversación que comenzaba cuando alguien pasaba frente a la casa y se detenía cinco minutos que terminaban convirtiéndose en una hora.
Pero también eso era Mérida.
Y quizá algún día descubramos que perdimos una parte de la ciudad sin que derribaran una sola
casa.
Bastó con meter las sillas.

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Silla “Tú y yo”: una forma de sentarse que también era una
forma de encontrarse.
MÉXICO
Octubre, 2026