Entrevista al
Dr. Marcos Cabezas,
autor del libro
“El lado oculto de las personas PAS”:
“Ser una persona altamente sensible no es una enfermedad ni un diagnóstico clínico”

Por: Óscar Vegas.
El Dr. Marcos Cabezas, Psicoterapeuta, autor y divulgador español especializado en ansiedad y autorregulación emocional, ha creado un libro de interés general sobre las personas altamente sensibles. “El lado oculto de las personas PAS” es una obra escrita con un lenguaje sencillo y el conocimiento científico de un especialista de larga trayectoria. Para ello, el autor acude a Laura, un personaje de ficción que ayuda a recorrer su realidad desde la infancia hasta la vida adulta. Cada capítulo contiene una explicación psicológica y una herramienta práctica. Estamos ante un libro que promete superar paradigmas sobre un tema tratado con tabú y desconocimiento.
Dr. Marcos Cabezas
Pregunta: – ¿Cómo se define clínicamente a una Persona Altamente Sensible? ¿Es una característica, un rasgo de un individuo?
Respuesta: – En psicología hablamos de sensibilidad del procesamiento sensorial. Es un rasgo individual relacionado con la manera de percibir, procesar y responder a los estímulos del entorno.
Algunas personas captan matices que otras apenas advierten, reflexionan mucho sobre lo que viven y pueden saturarse antes cuando acumulan ruido, exigencias o situaciones emocionalmente intensas. No significa que sientan siempre más que los demás ni que todas reaccionen igual. Conviene aclarar algo desde el principio: ser una persona altamente sensible no es una enfermedad ni un diagnóstico clínico.
La sensibilidad se distribuye en distintos grados y, cuando alguien consulta por ansiedad, agotamiento o dificultades en sus relaciones, hay que valorar qué le está ocurriendo sin atribuirlo automáticamente a este rasgo. En el libro insisto mucho en esa diferencia: conocerte puede ayudarte, pero una etiqueta nunca debería sustituir una valoración cuidadosa.
P: – ¿La sociedad ha estado errada al ver un problema en las personas PAS?
R: – Creo que nos hemos equivocado muchas veces al confundir sensibilidad con debilidad. Todavía escuchamos frases como «no te lo tomes tan a pecho», «tienes que endurecerte» o «le das demasiadas vueltas a todo». A veces se dicen para ayudar, pero pueden terminar enseñando a una persona a desconfiar de lo que siente. Tampoco quiero idealizar la alta sensibilidad. Puede haber dificultades reales: sobrecarga, cansancio, conflictos, problemas para poner límites. El error consiste en tratar a la persona como si tuviera que dejar de ser quien es para encajar. Lo útil es comprender qué situaciones la desbordan, qué recursos necesita y cómo puede cuidar su sensibilidad sin convertirla en una lucha diaria.
P: – ¿Sentir demasiado nunca fue un problema?
R: – Sentir con intensidad puede ser doloroso. Sería poco serio negarlo. Hay personas que pasan la noche repasando una conversación, que se quedan agotadas después de un encuentro familiar o que sienten culpa cada vez que necesitan decir «no». Ese sufrimiento merece atención.
Lo que planteo en el libro es que la sensibilidad, por sí sola, no es el enemigo. Muchas veces el problema aparece cuando a esa intensidad se suman la autoexigencia, la falta de descanso, el miedo al conflicto o la costumbre de hacerse cargo de las emociones de todos. Por eso no propongo aprender a sentir menos, sino aprender a regular lo que sentimos y a relacionarnos de otra forma con ello. Una emoción puede ser intensa sin tener que dirigir toda nuestra vida.
P: – ¿Nos educan para la dureza? ¿El mundo cada vez es menos sensible?
R: – En muchos entornos se sigue premiando aguantar, rendir y no mostrar vulnerabilidad. Aprendemos pronto a decir «no pasa nada» incluso cuando sí pasa. Y una persona especialmente sensible puede interpretar que, para ser aceptada, debe esconder una parte importante de sí misma.
No sé si el mundo es hoy menos sensible; sería una afirmación demasiado general. Lo que sí observo es que vivimos rodeados de prisa, estímulos y expectativas de disponibilidad constante. Parece que siempre tenemos que contestar, producir o estar bien. Ese ritmo deja poco espacio para detenernos y reconocer lo que nos ocurre. Para mí, educar emocionalmente no es enseñar a alguien a soportarlo todo, sino ayudarle a identificar lo que siente, expresarlo y poner límites cuando es necesario.
P: – ¿Por qué este libro?
R: – Porque durante más de una década de trabajo en consulta he escuchado una idea que se repite de muchas maneras: «No entiendo por qué todo me afecta tanto». Detrás de esa frase puede haber ansiedad, agotamiento, relaciones que desgastan, una necesidad constante de agradar o años de exigirse más de lo que uno puede sostener. Quería reunir esas cuestiones en un libro que pudiera leerse fuera de la consulta, sin perder la cercanía de una conversación terapéutica.
Por eso aparece Laura, un personaje de ficción que ayuda a recorrer esas experiencias desde la infancia hasta la vida adulta. Tras cada parte de su historia explico qué puede estar ocurriendo y propongo un ejercicio y una herramienta concreta para la semana. Me interesaba que el lector no se quedara solamente con «ahora entiendo lo que me pasa», sino que encontrara pequeñas formas de empezar a cuidarse.
P: – ¿Es posible que detrás de una muralla exista una persona PAS?
R: – Sí, es posible. Hay personas que sienten intensamente y, precisamente por eso, han aprendido a mostrarse distantes, muy racionales o aparentemente imperturbables. Si expresar lo que sentían les trajo críticas, vergüenza o conflictos, protegerse pudo convertirse en una costumbre. Desde fuera vemos la muralla; por dentro puede haber miedo a volver a salir herido.
Pero conviene no sacar conclusiones rápidas. No toda persona reservada o de trato frío es altamente sensible, ni toda persona altamente sensible vive detrás de una defensa. En psicoterapia intentamos comprender para qué le ha servido esa protección y si hoy sigue ayudándola o la está aislando. La cuestión no es derribarla a la fuerza, sino que la persona pueda sentirse suficientemente segura para decidir cuándo abrirse.
P: – ¿Y la aspereza? ¿No es un problema, clínicamente hablando?
R: – La aspereza puede convertirse en un problema cuando deteriora las relaciones, genera sufrimiento o sirve para evitar sistemáticamente el contacto emocional. Pero hablar de alguien como «áspero» describe una forma de comportarse, no constituye por sí mismo un diagnóstico clínico. Hay que mirar qué hay detrás: irritabilidad, cansancio, experiencias previas, dificultades de regulación emocional o, sencillamente, una manera aprendida de relacionarse.
Y aquí haría una distinción importante: comprender el origen de una conducta no significa justificarla. Una persona puede estar protegiéndose y, al mismo tiempo, hacer daño con sus palabras. En consulta se trabaja precisamente para reconocer ambas cosas: lo que le ocurre por dentro y la responsabilidad que tiene sobre cómo trata a los demás.
P: – ¿Cuál es su dinámica de trabajo con sus pacientes? ¿Se diferencia de lo que el lector va a encontrar en el libro?
R: – En consulta lo primero es escuchar y entender qué le sucede a esa persona concreta. Dos personas pueden llegar con ansiedad o agotamiento y necesitar abordajes diferentes. Trabajo sobre los pensamientos, las emociones, las respuestas automáticas que se han ido aprendiendo y los recursos de autorregulación. Según el caso, puedo incorporar técnicas como la hipnosis clínica y otras herramientas terapéuticas; nunca planteo una técnica como solución universal.
El libro comparte una parte de esa manera de trabajar: explicar con claridad, ayudar a identificar patrones y proponer ejercicios que puedan llevarse a la vida cotidiana. Cada capítulo combina la historia de Laura, una explicación psicológica y una herramienta práctica. La diferencia es fundamental: un libro no puede escuchar, evaluar ni adaptar una intervención a quien lo lee. Puede orientar y acompañar, pero no sustituye una psicoterapia cuando se necesita.
P: – ¿Es una obra válida para una persona que no tenga alta sensibilidad?
R: – Sí. Aunque el libro se dirige especialmente a quienes se reconocen en la alta sensibilidad, muchos de los temas son compartidos: aprender a poner límites, distinguir empatía de hacerse cargo de todo, reconocer la sobrecarga, reducir la autoexigencia o entender por qué cuesta descansar. También puede ayudar a familiares, parejas o personas cercanas a comprender mejor algunas experiencias ajenas. Lo importante es no leerlo como una prueba para encasillarse. No hace falta identificarse con todas las páginas para encontrar algo útil en ellas.
P: – ¿Ve posible un cambio de paradigmas en cuanto al sentir en la sociedad del siglo XXI?
R: – Sí, pero no creo que llegue a través de grandes discursos. Empieza con cambios pequeños y muy concretos: dejar de ridiculizar a un niño que llora, no exigir que una persona esté disponible a cualquier hora, aprender a decir «necesito descansar» sin sentirse culpable o escuchar a alguien sin responder inmediatamente que exagera.
También necesitamos más educación emocional y más cuidado al utilizar palabras psicológicas. No todo malestar es un trastorno, ni todo rasgo explica lo que vivimos. Ojalá avancemos hacia una sociedad que no confunda fortaleza con insensibilidad. Para mí, ser fuerte no consiste en dejar de sentir; consiste en poder reconocer lo que sentimos y responder sin hacernos daño ni hacérselo a los demás. Ese es, en el fondo, el punto de partida de este libro.
MADRID, ESPAÑA
Octubre, 2026
