Rafael Fernández: la fotografía como territorio de libertad
Hay fotógrafos que hacen fotografía y hay fotógrafos que son atravesados por ella. Rafael Vicente Fernández Villega (caraqueño de origen, margariteño por adopción desde hace siete años, sociólogo de formación y autodidacta detrás del lente) pertenece a la segunda estirpe. En la más reciente conversación de Notas Fotográficas, nos encontramos para desandar cuatro décadas de una obra que va del documental etnográfico a la experimentación más radical, sin nunca soltar del todo ninguna de las dos orillas.

De Caracas a Nueva York: una formación que no fue técnica
Fernández se dedica a la fotografía desde hace más de 40 años, aunque su entrada al oficio nunca pasó por un aula convencional. Su padre fue coleccionista de arte, y crecer entre talleres y artistas le dejó, según cuenta, una influencia pictorialista que todavía reconoce en su trabajo. A los 36 años, ya con una vida hecha en la fotografía, viajó a Nueva York junto a su esposa, quien para la época cursaba estudios de sociología becada por el programa Mariscal de Ayacucho. Allí tuvo la oportunidad de pasar por el International Center of Photography (ICP) y la School of Visual Arts.
La anécdota de su ingreso al ICP resume bien su carácter: presentó un portafolio impecable, copiado en papel de fibra, sobre los Diablos de Macuro, y el jurado le respondió con una pregunta que lo descolocó, no querían enseñarle a tomar fotos ni a revelar, sino saber qué quería hacer con lo que ya sabía. La respuesta llegó en forma de un curso de desarrollo de proyectos con David Armstrong, cercano a Nan Goldin y a la escuela de Boston, que le abrió un trabajo que sostiene desde entonces: Retratos de lo imaginable, una serie sobre paredes y personajes urbanos (de Nueva York a Burdeos, de Caracas a Margarita) publicada recientemente en la revista Mirada Ecléctica.
Volver a un país en decadencia

El regreso a Venezuela, en 1999, no fue sencillo. Fernández lo describe sin rodeos: llegó llorando, literalmente, y se encontró con un país en franco deterioro, la readaptación fue tan dura que lo obligó a dejar la fotografía como medio de vida después de veinte años de ejercerla profesionalmente, y a apoyarse en la sociología para sostenerse. Desde entonces, dice, la fotografía dejó de ser su sustento y se convirtió en algo más parecido al alma: no vive de ella, pero tampoco puede desprenderse de ella.
Esa separación entre oficio y vocación, lejos de empobrecer su trabajo, lo liberó. Sin clientes que complacer, Fernández asegura disfrutar plenamente de un trabajo personal que ya no negocia con nadie, lo que resulta todo un acto de liberación.
Documental no es lo mismo que foto de calle

Uno de los tramos más filosos de la conversación llega cuando Fernández traza la línea con precisión de sociólogo: una foto tomada en una sola visita a un mercado es foto de calle; el trabajo documental exige volver, observar, hacer preguntas, ganarse la confianza de la gente y aceptar que la idea original casi nunca es la que termina apareciendo en el resultado final.
Esa metodología la aplicó en investigaciones como la realizada con comunidades afrodescendientes (hoy convertida en libro) y en un proyecto sobre una fiesta de San Juan poco documentada en Los Llanos, financiado por una empresa para la que trabajaba como consultor sociológico. El resultado, publicado en 2005, le valió una mención honorífica en el Premio Nacional del Libro y, más de veinte años después, todavía sostiene una relación con la comunidad retratada, que lo llama cada San Juan.

Fernández también repasó referencias que admira dentro del documentalismo contemporáneo: el trabajo simbólico de Juan Toro sobre la violencia en Venezuela, la propuesta conceptual del fotógrafo peruano Musuk Nolte (quien superpone imágenes de minutos de silencio institucionales con manifestaciones callejeras) y la figura de Lewis Hine, fotógrafo y sociólogo estadounidense de comienzos del siglo XX, de quien recordó una frase que resume buena parte de la charla: la fotografía no miente, pero quienes mienten sí usan la fotografía.
Del cuarto oscuro al sillón de la casa

El diálogo también dejó espacio para el humor, sobre todo al hablar del paso del análogo a lo digital. Fernández confiesa que no extraña los químicos ni las noches enteras encerrado en el laboratorio (un ritual que disfrutaba, pero que ya le es físicamente complicado). Hoy trabaja, dice entre risas, desde el sillón de su casa, con el teléfono en la mano, y aun así sostiene que arrastra una estética analógica que se le nota incluso en el archivo digital, sin proponérselo.
Romper las reglas como método

Otro de los hilos más personales de la conversación fue su insistencia en llevar la contraria a los manuales del oficio. Fernández contó cómo entrenó a disparar la cámara sin mirar por el visor, como quien apunta un arma, hasta lograr cierta precisión en los encuadres (una práctica que, admite, comparte con referentes como Sebastião Salgado). En Margarita, aprovechó los apagones eléctricos para fotografiar en la oscuridad a través de vidrios cubiertos de salitre, una serie que terminó bautizando Vereda tropical y que varios espectadores han emparentado con las palmeras de Armando Reverón.
La fotografía como espacio de libertad

Hacia el cierre, la conversación se volvió más íntima. Fernández describió la fotografía como una actividad multiorgásmica (con momentos distintos de satisfacción en la captura, la edición y la revisión final de una imagen) y como el territorio donde experimenta la libertad más auténtica, porque nadie puede controlarle la emoción ni la mirada. Recordó también la enseñanza de un vecino artista uruguayo que lo introdujo en la sección áurea, esa proporción armónica presente en la naturaleza que, según explica, terminó incorporando de manera automática a su composición.
El cóctel que somos

Fernández insistió, en más de un momento, en una imagen que sirve casi de resumen filosófico a toda la charla: cada persona es un cóctel, una mezcla propia de ingredientes acumulados en el tiempo (experiencias, oficios, lecturas, obsesiones) que termina manifestándose sin que uno lo piense demasiado. Por eso, dice, no decide un día ser sociólogo y al siguiente ser fotógrafo; ambas identidades conviven y se filtran una en la otra de manera espontánea. Esa mirada, cargada de humildad y de cierta sorna hacia sí mismo, es quizás lo que distingue su discurso del de tantos otros fotógrafos que reducen el oficio a la técnica o al mercado.

También habló, con la misma franqueza, de las obsesiones que lo persiguen en la calle: paredes que le «pican el ojo» desde el carro y lo obligan a devolverse, imágenes que a veces desaparecen para siempre porque no las atrapó a tiempo. Esa relación casi supersticiosa con el instante (tomarlo o perderlo) conecta con la escritura automática de los surrealistas, referencia que él mismo trajo a la conversación para explicar cómo trabaja su obra más personal, la que no responde a encargo ni a investigación planificada, más cercano a lo que los surrealistas franceses de principios del siglo XX llamarón; la deriva creativa.
Una conversación pendiente en diciembre

La entrevista cerró con la promesa de un reencuentro en diciembre en Margarita, con motivo de un reconocimiento fotográfico, ocasión en la que planean retomar la charla frente a un trago.

Si te interesa escuchar la conversación completa, con todas las anécdotas y matices que no caben en una reseña, puedes verla en el canal de YouTube Notas Fotográficas y seguir la cuenta de Instagram @notasfotograficasve, donde encontrarás más entrevistas dedicadas a la fotografía venezolana contemporánea.

Prof. José Ramón Briceño Diwan
Notas Fotográficas
CARACAS D.C. VENEZUELA
Agosto, 2026