Starsky Brines:
la extrañeza de lo familiar.

En su exposición en Los Galpones, Caracas, Starsky Brines despliega un universo visual donde la acumulación, el gesto y la aparente desmesura conviven con una particular manera de entender la pintura. Una propuesta que invita a mirar más allá del desconcierto inicial para descubrir las relaciones que se establecen entre las obras y el espacio que las reúne.

Hay imágenes que atraen por su aparente sencillez y que, sin embargo, se resisten a una mirada desprevenida. Los personajes sonríen, los colores seducen y las formas remiten a un mundo reconocible, aunque algo en ellas altera esa primera impresión. En ese territorio ambiguo se sitúa buena parte del trabajo de Starsky Brines (Caracas, 1977), cuya exposición Trecho, bajo la curaduría de José Luis García, inaugura OBRAR, un nuevo espacio en el Centro de Arte Los Galpones de Caracas.
La pintura de Brines parece desarrollarse al margen de las convenciones de la representación académica. Las pinceladas enérgicas, las superposiciones de color y la libertad del dibujo dan lugar a figuras que no buscan ajustarse a proporciones o anatomías reconocibles. Las deformaciones no son un accidente que deba corregirse: forman parte de un lenguaje en el que la espontaneidad y la transformación tienen un papel central.

Animales y seres humanos comparten este universo sin que sus identidades permanezcan siempre claramente diferenciadas. Conejos, perros, gallos y criaturas difíciles de clasificar aparecen humanizados; a su vez, las figuras humanas incorporan rasgos animales. A veces parecen establecer vínculos de afecto o complicidad; en otras ocasiones, sus gestos dejan abierta la posibilidad de algo menos tranquilizador. Las sonrisas, recurrentes en este repertorio, son especialmente elocuentes: pueden expresar simpatía, pero también producir una sensación de desconcierto.

Esa libertad formal no se limita a la pintura. En sus construcciones de cartón, los cortes, pliegues y ensamblajes conservan la huella del material y hacen visibles sus irregularidades. En lugar de disimularlas, Brines las incorpora a las piezas, que se sitúan en un espacio intermedio entre lo arquitectónico, lo escultórico y lo accidental. El cartón no funciona únicamente como soporte; sus propias características intervienen en la configuración de las formas.
Las cerámicas abren otras posibilidades. Los volúmenes, a veces próximos a los de recipientes tradicionales, reciben rostros, ojos, líneas y manchas de color. Sobre estas superficies, el dibujo adquiere cuerpo y modifica la percepción del objeto. Las piezas parecen situarse a medio camino entre lo utilitario y lo imaginario: conservan algo de su condición original, pero sus intervenciones les confieren una presencia que invita a mirarlas de otro modo.

Pintura, dibujo y escultura no constituyen, por tanto, búsquedas separadas. Las figuras pasan de un medio a otro, se transforman y encuentran nuevas formas de existencia según el material que las recibe. Esta continuidad permite entender la exposición como un conjunto en el que cada disciplina amplía las posibilidades de las demás, sin perder las particularidades de su propio lenguaje.
El montaje de Trecho refuerza esa impresión. Las paredes, ocupadas por pinturas y dibujos de distintos formatos, presentan una acumulación de imágenes que compiten por la atención y establecen relaciones entre sí. La proximidad de las obras genera una intensa actividad visual, aunque en algunos momentos dificulta detenerse en cada pieza de manera individual. En el espacio central, las esculturas y los objetos tridimensionales introducen otro ritmo y trasladan esa diversidad de formas y materiales al ámbito de la sala.

Brines ha señalado su interés por trabajar entre el control y el azar, permitiendo que los materiales intervengan en sus decisiones durante el proceso creativo. Esa disposición ayuda a comprender unas obras que no ocultan los accidentes ni buscan uniformar sus irregularidades. Lo que en otro contexto podría considerarse un defecto adquiere aquí valor expresivo. La deformación deja de ser una desviación respecto de un modelo y se convierte en una posibilidad para explorar otras formas.
Pero la singularidad de este trabajo no reside únicamente en la libertad del dibujo o en la variedad de sus procedimientos. También está en la dificultad de situar sus imágenes en un registro emocional preciso. Sus personajes parecen proceder de un mundo de juegos y referencias familiares, aunque sus expresiones y comportamientos impiden que la mirada se acomode por completo. Lo cómico y lo inquietante conviven sin resolverse: una sonrisa puede resultar amable y extraña al mismo tiempo, mientras una figura aparentemente ingenua conserva algo enigmático.

En Trecho, la transformación atraviesa tanto las formas como los materiales. Brines altera proporciones, desplaza atributos y modifica las relaciones entre figuras y objetos para producir imágenes que no necesitan desprenderse de lo reconocible para resultar inesperadas. Su universo se construye precisamente en ese tránsito: las cosas siguen siendo, en cierta medida, lo que parecen, pero dejan de responder a las expectativas que tenemos sobre ellas.

Quizá sea esa tensión la que mantiene abierta la experiencia de la exposición. Ante estas obras, reconocer no equivale necesariamente a comprender. Algo permanece fuera de lugar, escapa a una interpretación definitiva y nos obliga a mirar de nuevo. En ese intervalo entre lo conocido y lo desconocido, las imágenes de Starsky Brines encuentran buena parte de su fuerza.

Cesar Sasson
Magíster en Curaduría de Arte
coleccionsasson@gmail.com
@coleccionsasson
Ciudad de Panamá – Panamá
Octubre 2026