Miguel Ángel Rojas y Santa (2006): el paisaje como memoria de la violencia
Por Franco Mendoza
www.correocultural.com

Miguel Ángel Rojas
Hablar de Miguel Ángel Rojas es referirse a una de las figuras esenciales del arte contemporáneo latinoamericano. Su obra ha contribuido de manera decisiva a transformar la manera en que entendemos la relación entre arte, política y memoria, construyendo durante más de cuatro décadas un lenguaje visual que cuestiona las narrativas oficiales y confronta al espectador con las heridas más profundas de la historia reciente de Colombia. Desde finales de los años setenta, el artista ha explorado el cuerpo, el deseo, el territorio, el conflicto armado y las estructuras de poder mediante la fotografía, la instalación, el dibujo y el uso de objetos encontrados, desarrollando una práctica artística donde la belleza nunca aparece desligada de la reflexión crítica.

Santa.
Políptico
Impresión digital sobre papel de algodón 180 x 360 cm
( 4 paneles de 180 x 90 c/u). _
Dentro de esa extensa trayectoria, Santa (2006) constituye una de sus obras más elocuentes y complejas. La pieza, que forma parte de la exposición Apocalypse Now o la Fabricación del Paraíso, presentada actualmente por La Cometa Bogotá, resume con extraordinaria precisión la capacidad de Miguel Ángel Rojas para convertir una imagen aparentemente serena en una poderosa reflexión sobre la violencia, el lenguaje y la memoria.
A primera vista, el espectador contempla un paisaje de una belleza casi hipnótica. Las montañas envueltas por la niebla, la vegetación exuberante y la atmósfera silenciosa evocan la imagen de un territorio intacto, de una naturaleza que parece conservar todavía la promesa del paraíso. La composición remite a esa tradición pictórica que durante siglos representó el paisaje como un espacio de contemplación y armonía. Sin embargo, en la obra de Rojas la belleza nunca es inocente. Siempre es el punto de partida para revelar aquello que permanece oculto.

» Caiga de lo alto bienhechor rocío como riego santo.»
Sobre el paisaje aparece escrita una frase profundamente conocida por generaciones de colombianos: «Caiga de lo alto bienhechor rocío como riego santo.» El texto pertenece a la tradicional Novena de Aguinaldos, una de las expresiones religiosas más arraigadas en la cultura popular del país. En su sentido original, el «rocío bienhechor» representa la gracia divina, la esperanza y la promesa de renovación espiritual. Miguel Ángel Rojas realiza una de las operaciones conceptuales más contundentes de toda su producción artística al desplazar ese significado hacia un contexto completamente distinto. El «rocío santo» deja de simbolizar la vida para convertirse en una referencia directa a las fumigaciones aéreas con glifosato implementadas durante años como parte de las estrategias estatales de erradicación de cultivos ilícitos.
La transformación resulta devastadora porque obliga a reconsiderar el sentido mismo de las palabras. Aquello que el discurso oficial presentaba como una medida necesaria para combatir el narcotráfico aparece asociado a la destrucción del territorio, a la contaminación de fuentes hídricas, al deterioro de ecosistemas completos y a las profundas afectaciones sufridas por comunidades campesinas e indígenas. El paisaje deja entonces de ser un motivo estético para convertirse en el escenario donde se inscriben las consecuencias humanas y ambientales de decisiones políticas que marcaron buena parte de la historia contemporánea de Colombia.
Pero la obra todavía guarda otra revelación. Cuando el espectador decide acercarse descubre que la imagen y la inscripción no están construidas mediante puntos convencionales. Cada uno de ellos corresponde a una diminuta calavera. Desde la distancia el paisaje parecía intacto; de cerca emerge la muerte como la verdadera estructura que sostiene toda la composición. Ese descubrimiento modifica radicalmente la experiencia visual. La contemplación inicial se transforma en inquietud. La belleza se convierte en evidencia. La naturaleza revela las huellas invisibles de la violencia.
Esta estrategia constituye uno de los rasgos más característicos del trabajo de Miguel Ángel Rojas. Sus obras exigen tiempo, atención y una mirada capaz de atravesar la superficie de las imágenes. Nada permanece donde parece estar. Detrás de la serenidad aparece el conflicto; detrás del silencio emerge la memoria; detrás del paisaje surge la historia de un país atravesado por la guerra. El artista convierte el acto de observar en un ejercicio de conciencia crítica, obligando al espectador a descubrir aquello que normalmente permanece oculto bajo las narrativas oficiales.
En Santa, el paisaje colombiano deja de representar únicamente la extraordinaria riqueza natural del país para convertirse en un documento político. Las montañas, la vegetación y la neblina ya no hablan solamente de geografía, sino también de conflicto armado, políticas antidrogas, extractivismo, desplazamiento y transformación del territorio. La naturaleza aparece atravesada por la historia, revelando que el paisaje nunca es un espacio neutral, sino un archivo donde permanecen inscritas las decisiones del poder y las cicatrices de la violencia.
Uno de los aspectos más profundos de la obra reside precisamente en la manera como cuestiona el lenguaje. Miguel Ángel Rojas demuestra que las palabras también participan en la construcción de la violencia. La expresión religiosa, asociada tradicionalmente con la bendición y la esperanza, es resignificada hasta convertirse en una metáfora de destrucción. Esa inversión semántica pone en evidencia cómo determinados discursos políticos poseen la capacidad de transformar el significado de las palabras para legitimar determinadas acciones sobre el territorio y sobre quienes lo habitan.
Desde una perspectiva latinoamericana, Santa dialoga con una importante tradición artística que entiende el paisaje como un espacio donde convergen la memoria colectiva, la historia y las relaciones de poder. Lejos de representar una naturaleza idealizada, la obra evidencia que el territorio conserva las huellas del colonialismo, del extractivismo, de las políticas de ocupación y de los múltiples conflictos que han definido la construcción de nuestras sociedades. El paisaje deja de ser una imagen romántica para convertirse en un lugar donde todavía resuenan las voces de quienes han sufrido sus consecuencias.

La presencia de esta obra dentro de la exposición Apocalypse Now o la Fabricación del Paraíso amplifica aún más su dimensión conceptual. La muestra parte de una idea tan sencilla como inquietante: existen paraísos únicamente porque alguien los nombró. Desde la construcción simbólica del Edén hasta la invención de América como un territorio prístino y disponible para la explotación, la exposición propone revisar críticamente las ficciones que durante siglos han legitimado la apropiación de la naturaleza en nombre del progreso, la civilización y el desarrollo. Reuniendo obras de once artistas fundamentales del arte colombiano contemporáneo, la exhibición establece un diálogo entre ecología, memoria, colonialismo, violencia, extractivismo y resistencia, invitando a pensar el presente desde las huellas que permanecen inscritas en el paisaje.
En este contexto, Santa se revela como una de las obras más significativas del recorrido. Su capacidad para condensar en una sola imagen las tensiones entre naturaleza, lenguaje y violencia confirma la vigencia de una producción artística que continúa interpelando al espectador casi dos décadas después de su realización. Miguel Ángel Rojas no ilustra la historia ni representa de manera literal los acontecimientos. Construye imágenes capaces de activar preguntas, desmontar discursos y devolvernos la responsabilidad de mirar con mayor profundidad aquello que creemos conocer.
Más que una denuncia, Santa constituye un ejercicio de memoria. Una obra donde fotografía, palabra e imagen convergen para recordarnos que el paisaje colombiano, además de su inmensa belleza, conserva las marcas de una historia compleja que no puede ser olvidada. En tiempos donde las discusiones sobre el territorio, el medio ambiente y la memoria adquieren una renovada urgencia, la pieza de Miguel Ángel Rojas reafirma el papel del arte contemporáneo como un espacio privilegiado para pensar críticamente el presente y comprender que detrás de cada paisaje también habitan las historias que la violencia intentó borrar.
Fotografías / @francomendozaphoto -www.correocultural.com
BOGOTÁ D.C. COLOMBIA
Agosto, 2026