Entrevista a la psicóloga y escritora
Carina Oviedo:
“Estar presente hoy en día requiere un ejercicio deliberado de gestión de la atención”

Carina Oviedo
Carina Oviedo, psicóloga argentina experta en transformación digital, publica el libro Presentes ausentes. ¿Intimidad sin anclaje?, una obra imprescindible en estos tiempos de plataformas digitales. En esta entrevista la autora profundiza en aspectos tan importantes como el compromiso, los vínculos, los nuevos parámetros de la amistad y de las relaciones de pareja ante las redes sociales, entre otros temas.
Oviedo, en lugar de demonizar la tecnología, propone un nuevo reto de atención humana que nos permita cuidar la vida presencial en equilibrio con la calidad en el uso digital.

Por: Darío Silva.
Pregunta: – ¿Estamos presentes y ausentes al mismo tiempo?
Respuesta: – Creo que actualmente, más que una ausencia total experimentamos atención dividida; nuestro cuerpo ocupa un espacio físico, pero nuestros recursos cognitivos se distribuyen entre el entorno inmediato y los estímulos digitales. Esta distribución nos permite procesar información de múltiples fuentes, pero reduce la profundidad con la que habitamos el momento presente.
Un ejemplo cotidiano de esto es la dinámica en una cena familiar o un café con un amigo, en la que estamos físicamente en la misma mesa, pero con el teléfono en mano. Cada notificación interrumpe el flujo de la conversación, generando residuos de atención, es decir, incluso después de mirar la pantalla y volver a la charla, la mente tarda unos segundos en recuperar el nivel de conexión previo a la interrupción.
Este comportamiento no responde necesariamente a una falta de interés en el otro, sino a una adaptación a un entorno saturado de información. Las aplicaciones están diseñadas para capturar nuestra atención mediante recompensas variables, lo que nos condiciona a priorizar estímulos digitales potencialmente novedosos sobre la realidad física, que es más predecible y requiere un esfuerzo cognitivo distinto.
No se trata de demonizar la tecnología sino de entrenar nuestra capacidad de enfoque, estar presente hoy en día requiere un ejercicio deliberado de gestión de la atención, donde aprendamos a modular nuestra disponibilidad digital para proteger los espacios que requieren una presencia emocional completa.
P: – ¿Qué significa una intimidad sin anclaje?
R: – Conceptualmente, con esta expresión en mi libro me refiero a formas de cercanía emocional que se mantienen en la superficie y carecen de la estructura de continuidad que caracteriza a los vínculos tradicionales, es una intimidad que busca los beneficios afectivos de la compañía, pero minimiza la fricción y la vulnerabilidad que implica conocer a alguien en su totalidad.
Esto lo observamos en la gestión de los contactos a través de las redes sociales, por ejemplo, donde es común mantener el contacto reaccionando a las historias, enviando un mensaje de buen día o compartiendo un meme como vía para mantener un hilo de conexión. Estas interacciones generan una sensación de cercanía y actualización sobre la vida del otro, pero no requieren la inversión de tiempo ni la exposición emocional de una conversación profunda.
Esta dinámica refleja un cambio en cómo administramos el riesgo emocional; hoy, en un contexto social donde el tiempo es un recurso escaso y la movilidad es alta, estas conexiones de bajo costo nos permiten mantener una red de conocidos amplia sin la demanda logística y emocional que implicaría un vínculo con un anclaje más sólido.
Sin embargo, es importante reconocer los límites de este tipo de interacción, ya que, si bien es funcional para mantener redes de contacto, no sustituye la función de sostén emocional que proporcionan los vínculos con anclaje. La verdadera intimidad sigue requiriendo el espacio para la vulnerabilidad, la incomodidad y el acompañamiento en momentos complejos, aspectos que la comunicación digital superficial aún no logra cubrir en totalidad.
P: – ¿Qué va a encontrar el lector en tu libro?
R: – En mi libro ofrezco un marco analítico para comprender las dinámicas afectivas y sociales contemporáneas; el objetivo es proporcionar al lector un espacio de reflexión basado en la psicología y las experiencias cotidianas que relata, para entender cómo la mediación tecnológica está reconfigurando la manera en que nos relacionamos, nos percibimos a nosotros mismos, amamos y sufrimos.
A lo largo de las páginas, analizo situaciones frecuentes en la vida diaria, como la ansiedad derivada de la comunicación asincrónica, la gestión de la identidad digital, las nuevas formas de vincularnos, las respuestas a la hiper-presencia, a la intimidad. Al contextualizar estas experiencias, busco validar la percepción del lector, demostrando que su malestar no es un fallo individual, sino una respuesta esperada ante un entorno que se ha modificado y promueve nuevas necesidades que requieren nuevas respuestas.
Por otro lado, mi libro propone estrategias prácticas para el logro del bienestar emocional en esta era digital, abordo metodologías para establecer límites saludables, mejorar la comunicación interpersonal en entornos mediados por pantallas y fomentar un uso intencional de la tecnología. El enfoque está en pasar de un rol de usuario pasivo a uno de gestor activo de nuestra propia vida.
En definitiva, mi intención es que, al finalizar la lectura, el lector cuente con las herramientas necesarias para alinear su uso de la tecnología con sus valores personales, promoviendo una integración más saludable y conciente de sus vínculos en su vida cotidiana, a la vez que comprenda que lo que vive es un denominador común a muchas personas.
P: – ¿Confundimos hiperconexión con vínculos?
R: – Aquí, creo que es fundamental distinguir entre la conectividad cuantitativa y la calidad del vínculo. La hiperconexión se refiere al volumen, la frecuencia y la velocidad de nuestras interacciones digitales, en cambio un vínculo, es una construcción cualitativa que se mide por la profundidad, la reciprocidad, el apoyo mutuo y la capacidad de sostener una relación a lo largo del tiempo.
Un ejemplo claro de esta confusión se da cuando una persona tiene una red social muy amplia, interactúa diariamente con decenas de contactos y recibe numerosas validaciones en sus publicaciones, pero al enfrentar una crisis personal, como una enfermedad o la pérdida de un empleo, descubre que no cuenta con un sistema de apoyo sólido. Entonces, creo que la visibilidad de la interacción no siempre se traduce en la solidez del sostén emocional.
Por otro lado, esta confusión se ve reforzada por la arquitectura de las plataformas digitales, que están optimizadas para premiar la cantidad de interacciones y la velocidad de respuesta; esto nos lleva a invertir gran parte de nuestra energía social en mantener una red extensa y activa, a veces en detrimento de cultivar las relaciones cercanas que requieren un tiempo de calidad más difícil de medir en métricas digitales.
Reconocer esta diferencia es crucial para nuestra salud emocional porque nos permite reorientar nuestras prioridades, entendiendo que es más beneficioso invertir tiempo en fortalecer un círculo reducido de vínculos profundos y confiables, que dispersar nuestra atención en el mantenimiento de una red extensa pero superficial.
P: – ¿Las relaciones personales enfrentan más problemas con las redes sociales?
R: – Las redes sociales no generan los conflictos de base en una relación, pero introducen nuevas variables y estresores que alteran el ecosistema comunicativo, por ejemplo, amplifican dinámicas preexistentes y requieren que las personas negocien nuevos territorios de convivencia que hace unas décadas no existían.
Un ejemplo cotidiano es la ambigüedad inherente a la comunicación basada en texto, donde la falta de tono de voz y lenguaje corporal en un mensaje puede llevar a malinterpretaciones que generan inseguridad; a esto se suma el fenómeno de la comparación social, donde la exposición constante a las narrativas idealizadas de otras parejas puede generar insatisfacción con la propia relación, al contrastar la realidad cotidiana con versiones editadas de la vida ajena.
Estos factores obligan a las parejas a desarrollar una nueva ética de convivencia digital y, a partir de allí, creo que la gestión de la privacidad, el tiempo de pantalla compartido y la comunicación de conflictos a través de dispositivos son áreas que requieren acuerdos explícitos. Cuando no se establecen estos parámetros, el móvil puede convertirse en una fuente constante de fricción.
El abordaje profesional de estos problemas no consiste en prohibir el uso de la tecnología, sino en facilitar la comunicación para que la pareja defina sus propios límites; en mi consulta observo que cuando se logra establecer un acuerdo conciente sobre cómo habitar el espacio digital dentro de la relación, la tecnología deja de ser un saboteador y se integra como una herramienta más de la convivencia.
P: – ¿No dar la cara genera una falta de compromiso?
R: – Sabemos que la presencia física activa mecanismos empáticos que se atenúan en la comunicación mediada por pantallas, por ejemplo, el rostro y el lenguaje corporal del otro proporcionan un feedback inmediato sobre el impacto emocional de nuestras palabras, lo que nos regula y nos exige responsabilidad afectiva.
Esto se evidencia en la normalización de prácticas como terminar una relación o abordar conflictos graves a través de un mensaje de texto, aquí la pantalla actúa como una barrera que reduce la inmediatez de la respuesta emocional del otro porque al no estar expuestos a la reacción facial de tristeza o decepción, el costo emocional de la acción disminuye, facilitando la evitación del conflicto.
No se trata necesariamente de una falta de moralidad individual, sino de un efecto colateral del diseño que caracteriza la tecnología. La mediación digital nos permite editar, pausar y controlar nuestra imagen, lo que nos aleja de la espontaneidad y la vulnerabilidad que requiere la resolución de problemas complejos, y sí, considero que esto puede derivar en una fragilidad en cómo se negocian los desacuerdos.
Para mantener un compromiso sólido, es necesario recuperar la presencialidad en los momentos de mayor peso emocional, asumir la responsabilidad de mirar al otro y soportar la tensión de la comunicación cara a cara, esto es fundamental para desarrollar resiliencia y mantener la empatía en nuestros vínculos más significativos.
P: – ¿En estos tiempos la amistad es un vínculo tan afectado como el de pareja o van a partes iguales?
R: – Observo que la amistad está experimentando una reestructuración significativa, aunque a menudo pasa más desapercibida que los cambios en las relaciones de pareja; mientras que el ámbito romántico cuenta con terapia específica y guiones culturales muy definidos, la amistad carece de estos protocolos de mantenimiento en la era digital.
En la práctica, esto se traduce en que la amistad a menudo se relega a tiempos puntuales, entonces, el mantenimiento del vínculo se delega a interacciones de bajo costo, como reaccionar a una publicación o enviar un audio rápido, en lugar de programar encuentros presenciales con mayor significado. Esta amistad de mantenimiento es eficiente para conservar el contacto, pero no sustituye el tiempo no estructurado que es vital para la profundidad del vínculo.
La amistad tradicionalmente funcionaba como un espacio de descompresión, un lugar donde se podía ser vulnerable sin las exigencias de la productividad o los roles románticos y al digitalizar, y también acelerar estos intercambios, corremos el riesgo de perder esa función de refugio emocional. La amistad requiere un tiempo compartido que no esté orientado a un objetivo específico, algo que la lógica de la eficiencia digital tiende a eliminar.
Considero que el reto actual es reivindicar la amistad como un vínculo prioritario y esto implica ser intencionales en la agenda, protegiendo el tiempo para el encuentro presencial y entendiendo que la interacción digital debe ser un complemento para la logística o el afecto breve, pero nunca el sustituto de la convivencia compartida que sostiene la confianza a largo plazo.
P: – ¿Ahora desconfiamos más de nuestros semejantes?
R: – La exposición constante a contenido curado y performativo en las redes sociales ha desarrollado en nosotros una mayor capacidad analítica, pero también cierta incredulidad desde el punto de partida. Hemos aprendido a leer las imágenes y los textos digitales como construcciones editadas, lo que modifica nuestra expectativa sobre la autenticidad en las interacciones humanas.
Un ejemplo de esto es cómo, ante la publicación de un logro personal o un momento de felicidad de un conocido, nuestra primera reacción puede ser cuestionar la motivación detrás de esa publicación o buscar las carencias que intenta ocultar; este filtro de sospecha, diseñado para navegar el entorno digital, a menudo se traslada a las interacciones presenciales, haciendo que seamos más cautelosos al momento de otorgar nuestra confianza.
Este fenómeno es una adaptación cognitiva a un entorno donde la información es abundante y no siempre veraz, sin embargo, observo que cuando este escepticismo se generaliza, puede erosionar el capital social. La confianza es el pegamento de las comunidades, y si asumimos por defecto que el otro está actuando o buscando validación, nos cerramos a la posibilidad de construir relaciones basadas en la buena fe.
EL desafío actual implica saber discernir cuándo estamos ante una puesta en escena digital y cuándo estamos interactuando con la persona real, permitiéndonos bajar las defensas y practicar una confianza informada, pero abierta, en nuestros vínculos presenciales.
P: – Se habla mucho de salud mental en las redes, pero poco de soluciones. ¿Cómo observas el tema?
R: – Observo una masiva difusión de la psico-educación en el entorno digital, lo cual tiene el mérito de haber reducido el estigma y normalizado la conversación sobre el bienestar psicológico, sin embargo, esta democratización de la información viene acompañada de una simplificación excesiva de conceptos clínicos complejos, lo que genera confusión y expectativas poco realistas sobre un proceso terapéutico.
Esto se manifiesta en el uso cotidiano de terminología clínica fuera de contexto, palabras como «límites», «validación», “narcisista” o «tóxico» se utilizan a menudo de manera rígida para justificar posiciones individuales o para diagnosticar a terceros sin la formación necesaria. Esta psicología de sentido común puede ser invalidante para el otro y obstaculiza la resolución real de los conflictos interpersonales.
El problema de fondo es que las redes sociales ofrecen la ilusión de la solución rápida, pero el trabajo psicológico real es un proceso lento, gradual y a menudo incómodo; consumir contenido sobre salud mental puede generar una sensación de estar haciendo algo por uno mismo, pero no sustituye el trabajo introspectivo y la guía profesional que se requiere para modificar patrones de conducta profundos.
La solución pasa por promover un consumo crítico de este contenido, considero fundamental que los profesionales de la salud mental utilicemos estos espacios para explicar los límites de la autoayuda digital y dirigir a las personas hacia el acompañamiento profesional. La verdadera solución requiere salir de la pantalla y comprometerse con un proceso terapéutico auténtico.
P: – ¿Existe un equilibrio entre sostener una vida presencial y una virtual?
R: – No pienso el equilibrio como una distribución matemática del tiempo, sino como una coherencia entre nuestros valores y nuestros hábitos digitales, se trata de lograr que la tecnología funcione como una herramienta que facilite nuestros objetivos vitales, en lugar de ser un entorno que los sabotee mediante la distracción constante.
En la vida diaria, esto se traduce en el diseño de entornos que favorezcan la desconexión, algunos ejemplos prácticos incluyen establecer zonas libres de pantallas en el hogar, como el comedor o el dormitorio, o configurar los dispositivos para eliminar notificaciones no esenciales. Estas son intervenciones pequeñas que reducen la fricción para estar presentes y la aumentan para el uso compulsivo.
Lograr este equilibrio requiere comprender que la fuerza de voluntad por sí sola suele ser insuficiente frente a los algoritmos de atención, por ello, el enfoque adecuado se centra en la modificación del entorno y la creación de rutinas que protejan nuestros espacios de presencialidad, implica también recuperar la tolerancia al aburrimiento y a los momentos de transición sin la necesidad inmediata de llenarlos con un estímulo digital.
En última instancia, una vida equilibrada es aquella en la que la esfera virtual está al servicio de la esfera presencial, es decir, utilizar las herramientas digitales para coordinar, informar y mantener contactos a distancia, pero reservamos nuestra energía cognitiva y emocional principal para las experiencias, los aprendizajes y los vínculos que ocurren en el mundo físico.
MADRID, ESPAÑA
Octubre, 2026