EL DÍA QUE DEJAMOS DE IMPRIMIR RECUERDOS
Por Antoine Abraham Pompeyo

No recuerdo cuándo fue la última vez que mandé revelar una fotografía.
Y eso que fotografías tengo miles.
En el teléfono, en la computadora, en alguna memoria que guardé tan bien que ya no recuerdo dónde está y, por supuesto, en esa famosa nube donde aparentemente caben todos nuestros recuerdos, aunque nunca he terminado de entender exactamente dónde queda.
Antes las fotografías vivían entre nosotros.
Estaban en los cajones, en las paredes, dentro de los libros o en aquellas cajas de zapatos que terminaban convirtiéndose en los archivos históricos de la familia.
Y estaban, por supuesto, los álbumes.
Aquellos libros enormes, de páginas gruesas, donde las fotografías se acomodaban detrás de una película transparente que, con los años, terminaba pegándose a todo menos a donde debía.
Había álbumes de bodas, cumpleaños, vacaciones y acontecimientos que nadie recordaba exactamente por qué habían merecido una fotografía.
Algunas imágenes estaban desenfocadas. Otras tenían una cabeza cortada o alguien que había cerrado los ojos justo cuando se disparaba la cámara.
Y siempre estaba aquella fotografía familiar donde todos salían bien, menos uno.
Lo maravilloso es que no había manera de borrarla.
Porque tomar fotografías requería cierta administración del presupuesto familiar.
Había que comprar el rollo, administrarlo cuidadosamente y decidir si aquel momento realmente merecía gastar una de las veinticuatro o treinta y seis oportunidades disponibles.
Después venía la espera.
Llevar el rollo a revelar y regresar días más tarde para descubrir que la mitad de las fotografías habían salido oscuras, movidas o con un extraño dedo gigante ocupando una esquina.
Y aun así las guardábamos.
Todas.
Incluso las malas.
Recuerdo que abrir un álbum era casi un acontecimiento.
Bastaba que alguien sacara uno del armario para que, poco a poco, comenzaran a acercarse los demás.
Siempre había alguien que conocía la historia de cada fotografía.
—Mira, aquí tu papá tenía veinte años.
—Esa era la casa de tus abuelos.
—Este es tu tío cuando todavía tenía pelo.
Y entonces comenzaban las discusiones.
Uno aseguraba que aquella fotografía había sido tomada en 1985. Otro decía que era imposible porque para entonces ya habían cambiado de automóvil.
La abuela intervenía para corregirlos a todos.
Y, como suele ocurrir con las abuelas, casi siempre tenía razón.
Lo interesante es que rara vez nos limitábamos a mirar las fotografías.
Cada imagen abría una conversación.
Una boda llevaba a recordar un noviazgo. Un automóvil viejo provocaba una historia de carretera. Una fotografía de vacaciones terminaba en una anécdota que alguien contaba por quinta vez y que todos escuchábamos como si fuera la primera.
Los niños descubríamos que nuestros padres también habían sido jóvenes.
Que nuestros abuelos alguna vez fueron novios.
Que aquella señora que siempre nos parecía tan seria había sido una muchacha que sonreía frente a una cámara.
Y así, entre risas, recuerdos y pequeñas discusiones, aprendíamos de dónde veníamos.
Después llegó la fotografía digital.
Y fue maravilloso.
De pronto podíamos tomar tantas fotografías como quisiéramos. Ya no había que comprar rollos ni esperar varios días para saber cómo habían salido.
Y cuando aparecieron los teléfonos con cámara, comenzamos a fotografiarlo absolutamente todo.
Los cumpleaños. Los viajes. Las mascotas. Los atardeceres. Los restaurantes.
Hasta el lugar donde dejamos estacionado el automóvil.
Hoy podemos tomar en una tarde más fotografías de las que nuestros abuelos tomaron durante varios años.
Antes teníamos pocas fotografías que mirábamos muchas veces. Hoy tenemos miles que quizá nunca volveremos a mirar.
No creo que la tecnología sea el problema.
Gracias a ella conservamos momentos que antes probablemente habríamos dejado escapar.
Pero quizá, mientras aprendíamos a tomar cada vez más fotografías, fuimos perdiendo la costumbre de sentarnos a recordarlas.
Ya casi no nos reunimos alrededor de un álbum.
Las imágenes aparecen unos segundos en una pantalla, reciben algún comentario, tal vez un corazón, y después desaparecen entre cientos de fotografías nuevas.
Una fotografía no siempre puede explicarse por sí sola.
Dentro de treinta o cuarenta años, alguien podría encontrar una imagen de una mujer sonriendo frente a una casa.
Pero ¿quién era esa mujer?
¿De quién era aquella casa?
¿Qué ocurrió ese día para que alguien decidiera fotografiarla?
Tal vez nosotros conocemos todas las respuestas.
Pero ¿quién las conocerá cuando ya no estemos?
Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de guardar imágenes y, al mismo tiempo, nunca habíamos dependido tanto de contraseñas, dispositivos y servicios digitales para encontrarlas.
Nuestros hijos quizá heredarán miles de fotografías almacenadas en cuentas que no sabrán cómo abrir.
O encontrarán discos duros llenos de carpetas con nombres como «Fotos nuevas», «Fotos nuevas 2» y «Fotos definitivas ahora sí».
Pero incluso si consiguen recuperarlas, habrá algo que ninguna tecnología podrá devolverles.
Las historias que nunca les contamos.
Porque una fotografía puede conservar el rostro de nuestro padre, pero no aquella manera tan particular que tenía de contar sus anécdotas.
Puede mostrarnos la casa de nuestra infancia, pero no explicar por qué todos terminaban reuniéndose en aquella cocina.
Puede conservar una imagen de nuestra madre abrazándonos, pero no permitirnos volver a escuchar las palabras que nos decía mientras lo hacía.
Para eso hacían falta las conversaciones.
Aquellas tardes en las que alguien abría un álbum y comenzaba a contar.
Tal vez deberíamos recuperar algo de aquella costumbre.
No se trata de imprimir miles de fotografías ni de regresar a los rollos de treinta y seis exposiciones.
Se trata de elegir algunas.
Las que cuentan quiénes somos.
Las que muestran de dónde venimos.
Y, sobre todo, sentarnos con nuestros hijos a contarles las historias que no aparecen en las imágenes.
Algún día nuestros hijos encontrarán una fotografía nuestra.
Tal vez estemos sentados alrededor de una mesa, celebrando un cumpleaños o abrazando a alguien cuyo nombre ya no recuerden.
Se detendrán a mirarla.
Quizá sonrían al vernos tan jóvenes, con aquella ropa que hoy les parece ridícula.
Y entonces comenzarán las preguntas.
¿Quién era esa persona que estaba junto a papá?
¿Dónde quedaba aquella casa?
¿De qué se estaban riendo?
Buscarán a alguien que pueda contarles la historia.
Como hacíamos nosotros cuando éramos niños y la abuela parecía tener una respuesta para cada fotografía.
Pero habrá una diferencia.
Esta vez, quizá, nadie sepa responder.
Y entonces entenderán que lo más triste de una fotografía antigua no es descubrir cuántas personas ya no están.
Es descubrir cuántas preguntas nos quedaron por hacerles… y que ya no hay nadie para responderlas.

Antoine Abraham Pompeyo
Doctor en Ingeniería y maestro en Bioética. Articulista y divulgador en temas de filosofía aplicada, cultura, ética y condición humana. Autor de Ingeniería del Ser.
MÉXICO
Octubre, 2026