Ramón Burguillos y la poética de la mirada insular
Retratar la memoria que el viento del Caribe no se puede llevar

El retrato, cuando se despoja de la rigidez del estudio, deja de ser un simple registro fisonómico para convertirse en una disciplina casi arqueológica. Es en esa frontera difusa donde el retrato clásico se disuelve en el ensayo documental donde habita la obra de Ramón Burguillos. Caraqueño de nacimiento, pero margariteño por una adopción que ya roza las tres décadas, Burguillos ha construido un universo visual que late al ritmo pausado de la luz insular. Para quienes hacemos vida en la crónica de Correo Cultural, conversar con él es sumergirse en una profunda reflexión sobre la memoria colectiva, la identidad del venezolano y la obstinada resistencia del papel frente a la volatilidad digital.

De las paredes de corcho a la formación rigurosa
El camino de Burguillos en la fotografía comenzó bajo el manto del registro doméstico de los años ochenta. En su habitación caraqueña, unas inmensas paredes de corcho cubiertas de fotos de viajes y rumbas eran el epicentro de conversaciones familiares cada vez que organizaba reuniones. Sin embargo, el punto de quiebre ocurrió cuando un tío aficionado a la Fórmula 1 le vendió financiada una cámara formal. Fue la excusa perfecta para abandonar las cámaras de «apuntar y disparar» y aprender seriamente el manejo técnico del aparato.
Su educación formal se inició con Alejandro Sayegh, cursando desde el manejo básico hasta la conceptualización de portafolios, paralelamente, se formó en el prestigioso Instituto de Fotografía de Nueva York, un exigente programa de tres años que requería enviar por correo postal las imágenes físicas para ser evaluadas por un tutor. A este bagaje se sumó el contacto con grandes maestros del Olimpo fotográfico venezolano, como Mario Moino y Wilson Prada, de este último, que Burguillos adjetiva como; una enciclopedia humana del lenguaje visual, aprendió a cuestionar su propio discurso y a soportar la frustración que conlleva la mirada crítica de los maestros.

«Amigos Invisibles»: Mirar donde otros apartan los ojos
Tras experimentar con diversos géneros, Burguillos regresó siempre al retrato como su centro de gravedad absoluto. Su primer gran proyecto nació de un gesto de rebeldía creativa durante su taller final con Sayegh. Al visitar el ancianato de Juan Griego junto a colegas que inmediatamente desenfundaron sus cámaras frente a los rostros arrugados de los ancianos, Burguillos optó por un camino radicalmente opuesto, decidió retratar a quienes hacían posible la vida cotidiana de esos ancianos: cocineros, enfermeras, terapeutas y camilleros.

El proyecto, bautizado «Amigos Invisibles», reunió 18 retratos curados, al entablar un diálogo cercano con el personal, Burguillos logró vencer la timidez inicial y transformarla en orgullo. En la muestra no aparecía un solo anciano, pero la presencia de la vejez y el cuidado se sentía en cada imagen, este proyecto consolidó su aproximación ética al retrato: la convicción de que una fotografía debe honrar y contar la historia del protagonista sin recurrir a los clichés lastimeros tradicionales.

La mirada insular y el respeto por el espacio vital
A diferencia de la retratística tradicional, que a menudo aísla al sujeto en poses artificiales, Burguillos integra el espacio vital de las personas,su fotografía busca revelar el contexto: el niño junto al motor del peñero que arrastra su padre pescador, o el ranchito al borde de la playa. Para él, el retrato documental no es un asalto, es el resultado de un largo proceso de negociación y paciencia. No llega a los pueblos de Margarita «ametrallando» con la cámara ; prefiere conversar, compartir y ganarse la confianza hasta que la cámara se vuelve invisible y la naturalidad florece.

Este método exige múltiples visitas y un sincero interés humano, el fotógrafo regresa a los hogares no para explotar visualmente la pobreza, vuelve para entablar una relación horizontal. La recompensa de este respeto es inmensa: años después, al volver a un ranchito humilde, suele encontrar sus retratos impresos colocados con devoción en altares familiares junto a la Virgen del Valle, un acto de dignidad que disuelve las sospechas de burla que suelen rodear al registro de las vidas humildes.

El despojo del color como acto de honestidad íntima
La decisión de Burguillos de trabajar casi exclusivamente en blanco y negro responde a una necesidad estética fundamental, para él, el color en el retrato representa una distracción innecesaria que desvía la atención del verdadero núcleo: la mirada, la conexión de energía y el intercambio íntimo entre el sujeto y el fotógrafo. En un entorno tan cromáticamente exuberante como el Oriente venezolano, saturado de azules profundos y peñeros multicolores, el blanco y negro funciona como un filtro purificador que destila la esencia humana.

Esta filosofía se consolidó durante un viaje a Cuzco, Perú, para registrar las festividades del Inti Raymi junto a la Colectiva de Artes Fotográficas (CAF). Enfrentado a la «contaminación visual» y al torrente abrumador de colores de las vestimentas tradicionales andinas, Burguillos regresó agotado a su hotel. Sin embargo, al revelar el trabajo en blanco y negro, descubrió que eliminar el color devolvía la fuerza y la dignidad a las miradas de los personajes andinos, desde entonces, el blanco y negro es su firma indiscutible para rescatar lo extraordinario de lo ordinario.

La libertad creadora frente a la tiranía del mercado
Una de las grandes paradojas de su trayectoria es que, afortunadamente, no vive de la fotografía comercial. En un mercado donde la crisis económica extinguió el valor del trabajo profesional, Burguillos encontró en su independencia económica la salvación artística. Al no depender de las exigencias comerciales de un cliente (como ocurre en la fotografía de bodas, donde el libreto anula el instinto documental), puede elegir soberanamente sus proyectos y disparar únicamente para respirar.

Esta libertad le permite emular la filosofía de maestros como Mario Moino, quien proclamaba que sus fotos eran para complacerse a sí mismo y no al gusto de terceros. Sin embargo, esta independencia no debe confundirse con la autocomplacencia, Burguillos es un severo autocrítico que defiende el valor de la lentitud, oponiéndose a la inmediatez de las redes sociales que priorizan la cantidad sobre la calidad. Para él, la experiencia de salir a la calle, conversar y tomar un café o un ron con la gente es un ritual irremplazable que jamás podrá ser emulado por la inteligencia artificial.

La evaporación digital y la urgencia del libro físico
A lo largo de sus viajes con la CAF por destinos como el Roraima, el Delta del Orinoco y Chuao, Burguillos ha acumulado un registro invaluable de la geografía humana venezolana. No obstante, gran parte de esta memoria colectiva corre el riesgo de desvanecerse en el limbo virtual. El fotógrafo advierte sobre el peligro de la «fosilización digital», donde las cuentas de Instagram pueden desaparecer o los discos duros pueden dañarse debido a los problemas de electricidad del país.

Por ello, la creación de fotolibros se presenta como una urgencia histórica indispensable para preservar el registro material de nuestra identidad. Un libro físico garantiza que las futuras generaciones (como la propia hija de Burguillos) puedan atestiguar cómo era la Margarita de las primeras décadas del siglo XXI sin depender de la fragilidad de una pantalla. La memoria de un pueblo no puede quedar confinada a la inmediatez de una red social donde el espectador consume imágenes de manera pasiva.

Un hito histórico para la fotografía venezolana

A pesar de que el movimiento fotográfico en Margarita se encuentra en «modo supervivencia» debido a la migración masiva de muchos de sus talentos, el panorama actual de la fotografía venezolana encierra una esperanza sin precedentes. Por primera vez en nuestra historia cultural reciente, desde la década de 2010, contamos con una generación de fotógrafos formados exclusivamente en el país por otros fotógrafos formados en Venezuela. Esta ruptura con la dependencia de la formación extranjera permite la consolidación de una mirada verdaderamente autónoma y local. El trabajo de Ramón Burguillos es un testimonio vivo de este hito: una fotografía insular, honesta y profunda que nos muestra un país que, a menudo, todavía no terminamos de conocer.

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Prof. José Ramón Briceño Diwan
Notas Fotógraficas
CARACAS D.C. VENEZUELA
Agosto, 2026