Entrevista con la escritora
Laura Sebastiá:
“El vacío nos está devorando como sociedad”

Laura Sebastiá
Por: Víctor M. González.
Laura Sebastiá (Castellón, España 1978) nos cuenta detalles de su nueva novela “Los hijos del vacío” desde su realidad desnuda: “Todo esto nace de una verdad propia. Yo también fui, en su día, una «hija del vacío». A los 15 años perdí a mi mejor amigo en un accidente y, al no contar con una red de apoyo emocional firme, intenté llenar ese dolor con sustancias. Fue aterradoramente fácil caer, pero también fui capaz de darme cuenta a tiempo de que estaba entrando en un terreno que podía destruirme para siempre”.
Estamos ante una novela necesaria, vital, contundente en lo humano e intensa en lo literario. La autora utiliza los ingredientes del thriller psicológico para atrapar al lector en una historia que nos compromete a todos como sociedad. Sin embargo, el trabajo de Laura Sebastiá no termina con el punto final de la novela, en la actualidad desarrolla un plan para llevar su “ficción con propósito” a los institutos, convencida de que “la literatura salva” y más cuando utiliza palabras y realidades como espejos.

Laura Sebastiá
Hemos creado una sociedad llena de estímulos constantes, una carrera frenética donde parece que estar aburrido es un pecado. Tenemos demasiadas cosas que hacer precisamente para no tener que pararnos a mirar lo que llevamos dentro. Y el problema es que, cuando finalmente nos detenemos, lo que encontramos es a menudo un hueco, un vacío que no sabemos cómo nombrar, heridas que vienen del pasado, de la infancia o de las dinámicas familiares que arrastramos.
Todo esto nace de una verdad propia. Yo también fui, en su día, una «hija del vacío». A los 15 años perdí a mi mejor amigo en un accidente y, al no contar con una red de apoyo emocional firme, intenté llenar ese dolor con sustancias. Fue aterradoramente fácil caer, pero también fui capaz de darme cuenta a tiempo de que estaba entrando en un terreno que podía destruirme para siempre.
el narco no es algo que sale en una película, es un vecino que se está llevando a nuestros jóvenes porque nosotros estamos demasiado distraídos para protegerlos.
Mi proceso de investigación no fue académico, fue humano

Novela: Los hijos del vacío.
Pregunta: – Los hijos del vacío es un título que impacta. ¿Quiénes son Los hijos del vacío?
Respuesta: – Los hijos del vacío no son simplemente un grupo de personajes de ficción; son todas aquellas personas que han terminado haciendo de su vacío interior un hogar. A través del año de investigación y las entrevistas que realicé para esta obra, descubrí un nexo común desgarrador: todos hablaban de un vacío profundo, una soledad y un sentimiento de estar perdidos que no sabían cómo nombrar.
Son personas que, aun teniéndolo todo materialmente, no lo valoran, porque por dentro se sienten desconectadas. Al no saber cómo gestionar ese dolor, se refugian en lo que parece más fácil: el consumo de drogas o la pertenencia a un grupo. Ese «refugio» les ofrece una falsa seguridad, una adrenalina peligrosa y la compañía de una pandilla donde creen pertenecer. Los llamo «hijos» porque este fenómeno no distingue edades ni contextos; son jóvenes, y también adultos, que no entienden lo que sienten y terminan perdidos. El verdadero peligro, y el origen de mi título, es que han normalizado esa carencia. Han aprendido a vivir dentro de ese agujero, convirtiéndolo en su casa, y eso es lo que les empuja a tomar las decisiones más destructivas.
P: – Andrés es el personaje por el cual el lector descubre el pasado de una pandilla que cae en el narcotráfico. ¿Quiénes eran estos adolescentes antes de ser pandilleros?
R: – Antes de convertirse en lo que vemos en el libro, eran niños como cualquier otro. Venían de familias que los amaban y que, en muchos casos, se desvivían por ellos. Sin embargo, ahí está precisamente el conflicto: eran padres muy ocupados, trabajando sin descanso para darles todo lo material que pedían, pensando que eso era el amor, pero olvidando lo único que realmente los anclaba a la realidad: tiempo de calidad y escucha activa.
Es un doloroso ejercicio de honestidad admitir que, a veces, los padres pensamos que lo estamos haciendo bien cuando, en realidad, estamos fallando en lo esencial. Algunos de estos chavales incluso sufrieron bullying en la escuela por ser buenos estudiantes; eso les marcó tanto que, al llegar a secundaria, decidieron que no volverían a ser las víctimas. Se boicotearon a sí mismos, empezaron a sacar malas notas y cambiaron su identidad para ser «respetados» bajo reglas que no eran las adecuadas.
Es una transformación muy dura: pasan de ser niños buenos y alumnos brillantes para convertirse en mentirosos compulsivos que abandonan los estudios. Se ven seducidos por un mundo que les promete dinero fácil y una falsa sensación de poder. Lo más terrible de su evolución es que no nacen siendo delincuentes; se hacen a sí mismos a través de malas decisiones impulsadas por ese vacío que intentan llenar a cualquier precio.
P: – ¿Ver el pasado desequilibra el presente de Andrés?
R: – Es una pregunta clave, pero si te respondo con toda la verdad, te estaría contando el corazón de la novela y no quiero hacerle ese spoiler al lector. Lo que sí puedo decirte es que el pasado de Andrés no es algo que simplemente «esté ahí», sino que es el motor que hace avanzar toda la historia.
Para Andrés, enfrentarse a lo que hizo es un camino necesario, una forma de sanar. Todo lo que es su presente, la persona en la que se ha convertido y las decisiones que toma cada día, se ha ido construyendo a través de ese ejercicio de memoria y de entender sus errores. A veces, para poder vivir en paz con nosotros mismos, necesitamos mirar atrás, aunque duela y aunque nos tambalee. Si el pasado desequilibra su presente o si, por el contrario, es la pieza que le faltaba para encontrar el equilibrio, es algo que invito a cada lector a descubrir página a página.
P: – ¿Y cuál era la realidad de las familias de estos jóvenes?
R: – La realidad es que todos ellos provienen de hogares que, desde fuera, cualquiera calificaría como «normales». Tenemos familias de clase media-alta, padres que se desviven por sus hijos, matrimonios estables y otros que no lo son tanto, padres que los tuvieron muy jóvenes y otros que llegaron cuando ya creían tener la vida hecha. Son familias que dan mucho amor, pero que se enfrentan a un problema común: la desconexión.
El gran drama aquí es la brecha entre lo que los padres creen que ocurre y lo que realmente sucede en sus casas. Muchos de estos padres viven tan ocupados trabajando para ofrecerles a sus hijos «todo lo mejor» materialmente, que han perdido de vista lo que ocurre dentro de sus propias habitaciones. Y aquí entra un peligroso enemigo: la frase «son cosas de la edad». Muchas veces, normalizamos cambios de conducta preocupantes (el hijo que se encierra, el que solo contesta con monosílabos, el que deja de estudiar) bajo ese paraguas. Pero no, no todo son «cosas de la edad».
Estos adolescentes fueron muy listos; aprendieron a engañar, a llevar una doble vida. Mientras en casa fingían ser los hijos que se esperaba que fueran, por fuera estaban tomando decisiones que los alejaban de todo. Mi intención con esta obra es invitar a los padres a que observen de verdad. Si notas un cambio brusco, no lo normalices. A veces, nuestros hijos necesitan una ayuda extra, una mirada profesional o una intervención que va más allá de lo que la familia puede ofrecer por sí sola en ese momento de crisis.
P: – ¿El vacío nos está devorando como sociedad?
R: – Creo que la respuesta es sí, nos está devorando. Hemos creado una sociedad llena de estímulos constantes, una carrera frenética donde parece que estar aburrido es un pecado. Tenemos demasiadas cosas que hacer precisamente para no tener que pararnos a mirar lo que llevamos dentro. Y el problema es que, cuando finalmente nos detenemos, lo que encontramos es a menudo un hueco, un vacío que no sabemos cómo nombrar, heridas que vienen del pasado, de la infancia o de las dinámicas familiares que arrastramos.
Todo esto está creando una crisis de salud mental que nos está jugando una mala pasada en este siglo. Seguimos arrastrando demasiados tabúes y creo que debemos cambiar nuestras prioridades. Lo alarmante no es tener una mala racha; lo preocupante es cuando ese vacío se instala y se alarga en el tiempo, convirtiéndose en nuestra forma de estar en el mundo. Ahí es cuando debemos ser capaces de identificarlo y, sobre todo, de pedir ayuda. Si normalizáramos la salud mental y la pusiéramos en el centro, muchos de esos vacíos que hoy nos devoran podrían empezar a sanar de una forma mucho más sana y constructiva.
P: – Tu novela es un thriller psicológico de alta intensidad, pero también es un documento de investigación con la realidad de jóvenes que padecen problemas similares. ¿Por qué decides investigar y cómo fue el proceso?
R: – Todo esto nace de una verdad propia. Yo también fui, en su día, una «hija del vacío». A los 15 años perdí a mi mejor amigo en un accidente y, al no contar con una red de apoyo emocional firme, intenté llenar ese dolor con sustancias. Fue aterradoramente fácil caer, pero también fui capaz de darme cuenta a tiempo de que estaba entrando en un terreno que podía destruirme para siempre.
Cuando publiqué mi primer libro y empecé a hablar de ello en Instagram, ocurrió algo mágico y abrumador: personas de todas las edades, desde los 14 hasta los 50 años, empezaron a escribirme para desahogarse. Se creó una cadena de testimonios reales de gente que estaba atrapada en la idea de que «controlaban»: ese «solo es un porro», o «una pastilla el fin de semana no pasa nada». Conocí de primera mano a quienes lo han perdido todo por las adicciones, a quienes luchan cada día y, especialmente, a una persona que se convirtió en el espejo donde nació mi personaje, Andrés.
Ese proceso de investigación no fue académico, fue humano. Conocí la escasez de recursos gratuitos de ayuda y la frustración de que, a veces, el primer profesional al que acudes no es el adecuado. Por eso, mi mayor lección y el mensaje que intento transmitir es que no hay que rendirse: si la primera ayuda no sirve, sigue buscando hasta encontrar la que sí te salve. Sentí que todos esos testimonios debían contarse junto con el mío para abrir los ojos. Si este libro sirve para que un solo adolescente decida no probarlo, o para que alguien que ya está dentro encuentre el coraje de pedir ayuda y salir, el hecho de haber escrito Los hijos del vacío ya habrá valido la pena.
P: – Si supieras que esta entrevista va a ser leída por padres de niños o adolescentes, ¿qué les dirías?
R: – Lo primero que les diría es que se quiten de la cabeza la idea de que «a mi hijo no le puede estar pasando». Fuera de casa, la realidad de nuestros hijos es un mundo al que no tenemos acceso; solo conocemos lo que ellos deciden contarnos. Por eso, tenemos que hacer un trabajo de humildad y aceptar que no siempre sabemos qué ocurre cuando cierran la puerta de su habitación o salen a la calle.
Les invitaría a perder el miedo a las conversaciones difíciles. En casa solemos evitar los temas que incomodan, pero esas charlas son precisamente las más necesarias. Me encantaría que mis libros sirvieran como ese hilo conductor, como una excusa para sentarse juntos y hablar. Mi consejo práctico es que los lean, si pueden, al mismo tiempo que sus hijos. Al terminar, solo hace falta una pregunta: ¿Con qué personaje te sientes más identificado y por qué?
Esa simple pregunta es una puerta abierta. La respuesta les dará una información valiosísima sobre la identidad de su hijo fuera de casa, sobre sus miedos y sobre cómo está gestionando su vacío. No busquen la perfección, busquen la conexión. Abrir estas conversaciones, aunque sean duras, es el acto de amor más grande que podemos hacer por ellos.
P: – Y a la sociedad en su conjunto (gobiernos, educadores, medios), ¿qué les dirías?
R: – Les diría que dejen de mirar hacia otro lado. Esta realidad es una herida que sangra demasiado. Vemos en los medios cómo crece el narcotráfico, cómo se pierden vidas enfrentándolo, pero no vemos el mismo esfuerzo por atajar el problema de raíz: la vulnerabilidad de nuestros jóvenes. Hoy en día es aterradoramente fácil para un menor acceder a este mundo; saben que las leyes, tal y como están ahora, ofrecen una impunidad que los narcos explotan sin escrúpulos. Los utilizan como su fuente de ingresos más sencilla, alimentando un ciclo que parece estar mandando en el mundo mientras preferimos no verlo.
A los educadores les pediría que hablen de esto con total naturalidad. Sé que los centros están desbordados y faltan recursos, y por eso he escrito Los hijos del vacío: para que la literatura sirva como ese puente necesario para llegar a los chavales. Necesitamos que entiendan, fuera de los sermones y las prohibiciones, lo peligroso que es cruzar esa línea y que las consecuencias, en muchos casos, son irreversibles. No podemos permitir que la «falta de tiempo» nos impida salvar vidas. Todos, gobiernos, medios y familias, tenemos que abrir los ojos de una vez: el narco no es algo que sale en una película, es un vecino que se está llevando a nuestros jóvenes porque nosotros estamos demasiado distraídos para protegerlos.
P: – ¿La literatura salva?
R: – A mí me salvó. No es una frase hecha, es mi experiencia personal. Leer, encontrar la frase adecuada en el momento justo, ha sido lo que me ha rescatado de muchos días grises. La literatura tiene esa capacidad única de abrirte mundos nuevos cuando sientes que las puertas se te cierran, de enseñarte que no estás sola y, sobre todo, de recordarte que nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo o para luchar por el sueño que de verdad te importa.
Es una herramienta de supervivencia. Creo que deberíamos gritarlo más fuerte: la literatura no es solo evasión, es un salvavidas. Si un libro ha logrado que una sola persona recupere el aliento, que sienta que alguien la entiende o que encuentre la fuerza para cambiar el rumbo de su vida, entonces estamos ante algo realmente poderoso. La literatura salva, y mi mayor deseo es que Los hijos del vacío sea ese libro que, para alguien, llegue justo a tiempo.
P: – ¿Hasta dónde llega tu compromiso social más allá de la ficción?
R: – Mi compromiso no termina al poner el punto final a una novela. No entiendo la escritura desde una torre de marfil; para mí, la literatura es un acto de servicio y de cercanía. Por eso, he puesto en marcha un proyecto educativo para llevar mis libros a los institutos. No quiero que sean lecturas que se queden en la estantería, quiero ir allí, dar charlas y poner mi granito de arena, compartiendo tanto los testimonios reales que me han confiado como mi propia vivencia.
Mi labor en Instagram sigue la misma línea: es mi trinchera diaria. Si mi mensaje puede salvarle un «día malo» a alguien, si mis reflexiones sirven para que una persona se sienta comprendida o encuentre la fuerza para pedir ayuda, todo el esfuerzo habrá merecido la pena. Estoy en la calle, escuchando y aprendiendo. No soy una autora distante; quien necesite hablar, quien se sienta perdido o quien busque un puente para entenderse mejor, me va a encontrar. Estoy ahí para lo que haga falta, porque si algo he aprendido, es que nadie debería caminar por su propio «vacío» en solitario.
MADRID, ESPAÑA
Julio, 2026