• Inicio
  • Arte & Cultura
  • Personajes
  • Eventos
  • Destacados
  • Presencia Conarte
  • Cine
  • Música
  • Más Categorías
    • Literatura
    • Danza & Teatro
    • Turismo
    • Tendencias
    • Enogastronomía
    • Convocatorias
    • Educación

Síguenos en Redes

Presencia Conarte

View

Ilan Chester llenará de emoción a Chacao con un concierto especial por el Día de las Madres

13 mayo, 2025

View

Entrevista exclusiva con la escritora Concepción Hernández: “Vivimos amarrados a viejos patrones de pensamiento”.

5 diciembre, 2024

View

Nelson Arrieta regresa a España: un concierto imperdible en Madrid

13 noviembre, 2024

View

La Alfombra Roja de los premios “Influencer icono”.

21 junio, 2024

 
Correo Cultural
  • Inicio
  • Arte & Cultura
  • Personajes
  • Eventos
  • Cine
  • Música
  • Otros
    • Literatura
    • Danza & Teatro
    • Turismo
    • Tendencias
    • Enogastronomia
    • Convocatorias
    • Educación
Correo Cultural
  • Inicio
  • Arte & Cultura
  • Personajes
  • Eventos
  • Cine
  • Música
  • Otros
    • Literatura
    • Danza & Teatro
    • Turismo
    • Tendencias
    • Enogastronomia
    • Convocatorias
    • Educación

In Eventos, Literatura

Luis Chacón de la Torre revela en Correo Cultural un adelanto de “Bajo el campo de los mártires”

4 junio, 2026

Luis Chacón de la Torre revela en Correo Cultural un adelanto de “Bajo el campo de los mártires” Pin It

El hallazgo

  Por: Luis Chacón de la Torre.

 

 El escritor español Luis Chacón de la Torre nos presenta, en exclusiva para Correo Cultural, el primer capítulo de su nuevo libro “Bajo el campo de los mártires”, una trepidante novela histórica ambientada en la Edad Media. Un descubrimiento cambiará radicalmente la vida de los personajes, y quizá del mundo.

 

Viernes 2 de Julio.

Sara nunca había visitado la provincia de Ciudad Real, pero le pareció llamativa. Era un paraje nuevo para sus ojos, acostumbrados a la sierra madrileña, pero tampoco le disgustó el paisaje de olivos y viñedos. Era una belleza áspera, dura, pero especial. Poco a poco pasó de los cultivos a los cerros, y la vegetación antrópica y ordenada dio lugar a la autóctona y aleatoria de monte bajo; coscojas, quejigos, encinas, y matorral típico mediterráneo; tomillos, romeros, lavandas, jaras… Plantas adaptadas a la sequedad del ambiente. Entre las localidades de Aldea del Rey y Calzada de Calatrava partía una pequeña carretera que conectaba con su lugar de destino. Se dirigía al castillo de Calatrava La Nueva, uno de los baluartes más importantes de la famosa orden militar de los calatravos. Había indagado por internet antes de su cita, más por profesionalidad que por curiosidad (la historia la aburría), pero no quería parecer desinformada ante Javier, su amigo de la universidad, y los técnicos que lo acompañaban. La había llamado con cierta urgencia. Necesitaba su “opinión objetiva”, había dicho, aunque no sabía muy bien para qué. Javier era arqueólogo, y ella médico forense, por lo que no terminaba de enlazar la finalidad de su trabajo. Tampoco se lo había explicado por teléfono, había sido muy críptico y reservado.

 

No lo veía desde hacía ocho meses, cuando se citaron en Campo de Criptana, a medio camino entre ambos lugares de residencia, entre Ciudad Real y Madrid. Lo hacían una vez al año para no distanciarse en exceso, porque así es como se empezaban a perder las amistades, con la lejanía, y no querían llegar a ese punto. Habían compartido piso de estudiante durante sus años de universidad, y habían forjado una gran complicidad desde entonces. No obstante, ambos opinaban que el teléfono y el WathsApp no garantizaban el mantenimiento (ni la fortaleza) de los lazos, y por eso procuraban encontrarse en puntos intermedios (y emblemáticos), como Consuegra, Toledo, Aranjuez o Criptana, según acordaran. Aprovechaban para ponerse al día, principalmente para restregarse el uno al otro los ligues conseguidos, así como para recordar viejas historias de la carrera, sobre todo de borracheras y fiestas.

 

Sin embargo Sara lo había notado distinto a otras veces. Su voz había denotado cierta tensión, y eso la había preocupado. Sabía cuándo Javier estaba bien o no por el tono, y quizás eso la había convencido finalmente para subirse al coche y conducir de madrugada. Como vivía sola no había tenido que dar explicaciones a nadie, por lo que poco le había costado tomar esa decisión. En cuanto al trabajo, se había cogido el día de vacaciones. Pedir el viernes de permiso era algo habitual, así que no había tenido mayores inconvenientes.

 

A lo lejos divisó un hito metálico que anunciaba la fortaleza: “Castilla-La Mancha. Castillo-Convento de Calatrava La Nueva”, rezaba, con una flecha señalando a la derecha y con el escudo del gobierno regional, aunque no era necesario, porque desde la carretera comarcal 504 ya pudo contemplar sus murallas. Marcó la intermitencia y tomó la salida inmediata, que le llevó a un pequeño tramo de tierra y luego a un camino empedrado. Paró un momento el coche para tomar una fotografía de un muro de piedra blanco que le pareció singular y muy llamativo de esa región. “En un lugar de La Mancha…”, se leía en letras pintadas, y bajo esta famosa frase de Miguel de Cervantes aparecía el nombre, en letras forjadas, del municipio en el que se hallaba (Aldea del Rey), así como una silueta de don Quijote a lomos de su famélico corcel, también en metal. A la izquierda, un pequeño cartel con una foto de una parte de la fortaleza la anunciaba nuevamente.

 

Echó un vistazo hacia arriba y divisó la construcción. Sobre el cerro Alacranejo, y a más de 900 mts de altitud (según se había informado por la web), se alzaba imponente la majestuosa Calatrava La Nueva. A Sara siempre le habían gustado los castillos, le parecían fascinantes, más por la vida que se había desarrollado en ellos que por sus características arquitectónicas. Le gustaba imaginar cómo se habrían desenvuelto en su interior en plena Edad Media, con las dificultades implícitas de la época, sin calefacción, sin luz eléctrica, sin agua caliente… «Debió de ser muy duro, pero al fin y al cabo eran caballeros, gente fuerte y ruda», pensó, pero estaba equivocada, en esas pétreas paredes también habían convivido religiosos, no solo hombres de armas, y habían compartido las mismas vicisitudes.

 

El coche ascendió por una empinada y abrupta senda empedrada, y comenzó a rodear la colina. Como el vehículo se tambaleaba de un lado a otro, Sara redujo la velocidad. No quería verter el desayuno sobre la alfombrilla del copiloto. Poco a poco fue ganando altura, y pudo contemplar, dado que iba en segunda marcha, el paisaje que se extendía a su alrededor: extensas planicies salpicadas de cultivos, como un tapiz de figuras geométricas, y entre ellas, pareciendo brotar de las entrañas de la tierra, cerros dispersos. En el monte que se alzaba justo frente al suyo le pareció ver unas ruinas. «Ese debe ser el castillo de Salvatierra», recordó de la indagación que había hecho la noche anterior.

 

La zona se caracterizaba por poseer dos enclaves, situados uno justo enfrente del otro, antiguos baluartes que franqueaban el paso de Córdoba a Toledo en la Baja Edad Media. Prácticamente el Sur de la Península estaba tomada por los árabes, y aquella zona en la que se encontraba llegó a constituir la frontera entre los reinos cristiano e islámico. De ahí que se alzaran juntos dos castillos, por la importancia estratégica de la zona. Es más, hubo momentos en la historia en que Calatrava fue de los calatravos y Salvatierra de los musulmanes, por lo que tuvieron que vivirse situaciones muy tensas. Pero también había leído que en zona fronteriza muchas veces la vida era tranquila, lugares de convivencia e intercambio. Sólo durante las incursiones de tropas se volvía a la tensión y a la brutalidad de la guerra.

 

El aparcamiento asfaltado de gravilla para visitantes le anunció el final de su largo trayecto de subida de 2,5 km, así que estacionó su vehículo. Apagó el motor, y con él se desconectaron el climatizador y el reproductor, en el que sonaba a todo volumen “Ashes to ashes”, una famosa canción de David Bowie, su artista favorito. Dos casetas de obra se encontraban en mitad del parking. El equipo arqueológico llevaba unos meses investigando y excavando en el interior de la fortaleza, y en aquellos rudimentarios pero funcionales habitáculos iban almacenando las piezas encontradas a fin de limpiarlas, clasificarlas y retirarlas posteriormente para su restauración. Un cartel con el logotipo de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha anunciaba que el proyecto en curso estaba financiado en un diez por ciento por el citado órgano. La otra cuantía restante, el noventa por ciento, la cubría el promotor. Estas cifras sorprendieron a Sara, puesto que por norma general era la administración la que soportaba el mayor coste en los proyectos de investigación arqueológica.

 

Antes de bajar del vehículo se miró en el espejo. No le disgustaba el último corte que le había realizado su peluquero. Melena oscura, lacia, a la altura de los hombros, y flequillo por encima de las cejas, estilo “Cleopatra”, como ella misma lo denominaba. Se veía atractiva, pero aun así se maquilló dándose un poco de carmín en los labios, coloretes en las mejillas, y rímel para acentuar las pestañas. Era cuidadosa con su aspecto, le gustaba sentirse guapa, pero cuando se reunía con Javier elevaba su nivel de coquetería al máximo para resultarle espectacular, pues mantenía la boba ilusión de romper ese “cinturón de castidad” que se había auto impuesto el arqueólogo. «Si no nos acostamos, que al menos le cause desazón. Que sepa lo que se está perdiendo», pensó.

 

Durante la universidad tuvieron varios momentos de tensión sexual que nunca llegaron a culminarse, y eso siempre le había causado un interno malestar. Y lo arrastraba desde entonces. No es que él no se hubiera sentido atraído por ella, al contrario, incluso lo había reconocido (con algunas copas de más), pero alegaba que de haberse acostado no hubieran mantenido esa amistad tan duradera y tan sólida durante tantos años. Así era él, pero Sara lo quería. Y lo amaba.

 

Javier la había apoyado mucho en el periodo universitario, en los malos momentos sobre todo, y eso hizo que se enamorara de él. Era un vividor, pero también un compañero atento y solícito. La había defendido siempre de los pesados de discoteca, y sobre todo del novio controlador y violento que tuvo, al que incluso llegó a amenazar para que la dejara tranquila. Ese detalle nunca lo olvidaría, porque lo pasó muy mal. Sufrió mucho por el acoso al que se vio sometida y Javier fue decisivo para que pudiera retomar su vida.

 

Al salir del coche notó el azote del calor manchego. Era julio, y las temperaturas podían alcanzar fácilmente los cuarenta grados durante el día. Ella vivía en Madrid, otro ámbito asfixiante debido al hormigón, al asfalto y a la contaminación, pero no estaba acostumbrada a semejante sequedad en el ambiente. Al calor sí, pero no a ese clima. Por eso había sido previsora y se había puesto un vestido de lino muy fino y unas sandalias a juego. Del bolso sacó un abanico y comenzó a airearse para superar el cambio de temperaturas, pues en el coche había viajado a unos veinticinco grados. Se encaminó con su maletín de trabajo a la que parecía la caseta principal, que no era sino un armatoste metálico con ventanas, aunque no pudo ver el interior de la misma porque unos estores lo impedían. Golpeó con los nudillos y la puerta se abrió casi al instante. Su amigo Javier apareció en el umbral y sonrió abiertamente al verla. Gritó su nombre y la abrazó fuertemente, y ambos giraron juntos durante unos segundos, llevados por la alegría del reencuentro. Javier era un madurito alto y delgado, de pelo castaño y ondulado, aunque algunas canas le asomaban ya por las sienes. La edad no perdonaba. Debido al contacto corporal, Sara no pudo evitar que despertara en ella la atracción que siempre había sentido por él. Incómoda, se despegó del abrazo justificando que le estaba dando mucho calor.

 

— Ya puede ser esto importante, he tenido que cogerme el día — le recalcó Sara fingiendo incordio—. Entre semana no hubiera podido.

 

— Lo sé, y gracias de nuevo — respondió Javier con un semblante de agradecimiento—. Entra, por favor, y te voy presentando — y le cedió el paso al interior de la caseta— Por cierto, te esperaba antes — le recriminó.

 

— Lo siento, paré en Valdepeñas a comprar vino… — se disculpó—. Encargos de algunos amigos — añadió mordiéndose los labios, aduciendo que se había visto obligada.

 

— Ya, ya… — sonrió él, asintiendo con la cabeza.

 

Sara subió los escalones y accedió al habitáculo, donde se encontraba una mujer de mediana edad, vestida de manera informal. Javier la presentó simplemente como Bea, la restauradora del equipo. Era de estatura media, pelo corto y complexión normal. Era guapa, de mirada inteligente, y no iba maquillada, lo cual denotaba una fuerte personalidad. A Sara le cayó bien sin hablar siquiera con ella. Le recordó vagamente a la cantante irlandesa Sinéad O´Connor. Beatriz le ofreció un café de cápsula y Sara lo agradeció. El viaje en coche la había dejado algo amodorrada.

 

— Voy a avisar al resto del equipo. Están en la excavación, ahora mismo vuelvo — comentó el arqueólogo mientras abría la puerta—. Por favor, Bea, entretenla con lo que sea… — pidió a su compañera—. No sé… ¡Hablad de bolsos! — sugirió con una amplia sonrisa mientras salía.

 

— ¡Machista! — le espetó la restauradora, aunque sabía que se trataba de una chanza. Sara también se rio. Javier siempre había sido un guasón. Beatriz le dio un vasito de plástico con el café y le ofreció leche, pero la forense la rechazó, necesitaba espabilarse. Cuanto más cargado mejor—. ¿Te ha costado llegar? — le preguntó.

 

— No, para nada. He tomado la A4 desde Madrid, y en Santa Cruz de Mudela ya me he desviado hacia esta zona. Pero menos mal que busqué el castillo anoche en internet, porque hubiera llegado a otro — resopló Sara—. Es todo un poco confuso, porque en Carrión, unos kilómetros al Norte, se encuentra el castillo de Calatrava La Vieja, y aquí, en Aldea del Rey, la fortaleza de Calatrava La Nueva.

 

 

— ¡A mí me pasó lo mismo al principio! — reconoció Beatriz—. La orden de Calatrava nació en el castillo de Carrión, pero cuando tomaron éste, que se llamaba Dueñas en sus orígenes, la sede de la orden se trasladó aquí, y por eso a la antigua la llamaron La Vieja, y a la nueva, La Nueva, para distinguirlas. No se quebraron los cascos con los nombres, ¿verdad? — y se rio—. Poco a poco lo irás comprendiendo, y si no para eso tenemos a Ramón, nuestro historiador, con el que te puedes dormir escuchando sus narraciones de los calatravos. Las vive como si hubiera sido uno de sus caballeros. Aunque por su edad podría serlo…

 

Sara sonrió por el comentario. Luego se bebió de un trago el café y lanzó el vaso de plástico a la papelera. En esos momentos se abrió la puerta y apareció Javier acompañado por dos personas, una chica muy joven y atractiva, y un hombre entrado en años, con densa barba y pelo cano.

 

— Hablando del rey de Roma… — citó la restauradora señalando al anciano.

 

— Sara, te presento a Ramón — le dijo Javier—. Trabajó como historiador en el Instituto de Estudios Manchegos, y aunque ya está jubilado, cuando lo llamé para este proyecto no lo dudó ni un instante. Para mí que se aburría mucho en casa… — bromeó—. Gracias a él hemos entendido la historia del lugar, los principales hechos que aquí sucedieron y la conexión entre las fortalezas de Calatrava La Vieja y Calatrava La Nueva. Si finalmente te quedas el fin de semana, te pondrá al día en estos aspectos.

 

Ramón le ofreció la mano y Sara se la estrechó. «Recto y cortés, de la vieja escuela», pensó la médico. Era un señor muy agradable y bonachón, quizás debido a su apariencia de “abuelo”. A la chica, que se llamaba Inés, sí le dio dos besos cuando se la presentó, y nada más verla supo que mantenía una aventura con Javier. A su amigo siempre le habían gustado jovencitas, y ella encajaba perfectamente en su perfil. Inés era estudiante de arqueología, y participaba en las excavaciones como becaria en prácticas por la Universidad de Castilla-La Mancha. Seguramente Javier se había decantado por ella más por su aspecto que por sus virtudes académicas, pero esas cábalas se las expresaría más tarde en privado, para salir de dudas. Tenían suficiente confianza como para hacerse ese tipo de observaciones. Inés era delgada, con melena rubia recogida en una coleta, y con una sonrisa de escándalo, y Sara sintió una leve punzada de celos.

 

— Sara — dijo Ramón, y ella volvió en sí—. Toma asiento por favor, tenemos que explicarte por qué estás aquí.

 

— Llevo sentada casi tres horas, no me importa estar de pie un rato — respondió ella declinando la oferta, y con ello obligó al resto a permanecer también de pie.

 

El anciano fue el único que se mantuvo sentado, pero aquella actitud no le extrañó a ninguno viniendo de un jubilado con artrosis, así que no se lo tuvieron en cuenta. Sara se percató de que en la caseta no había objetos de la excavación, solo una mesa alargada con un cajón enorme sobre ella, unas taquillas, varias sillas y la máquina del café. «Deben guardar las piezas halladas en la otra caseta», pensó. El aire acondicionado marcaba veinticinco grados, una temperatura agradable teniendo en cuenta que en el exterior se rondaban ya los treinta y cinco a pesar de que apenas eran las once de la mañana.

 

— Bueno, verás… básicamente te he llamado por nuestra amistad — comenzó a decirle Javier—. Había otros candidatos para este trabajo, pero como queríamos tratarlo con mucha cautela y discreción, decidimos contactar con alguien de confianza.

 

— Espero no defraudaros — suspiró Sara.

 

— En segundo lugar, te he pedido que vinieras por tu profesión. Necesitamos la opinión de un médico — explicó, enigmático—. Un médico forense, para ser más exactos.

 

Sara inclinó la cabeza y arqueó las cejas, porque aún no comprendía qué podía aportar su perfil profesional a una investigación arqueológica. A decir verdad había aceptado la oferta por ver a su amigo y por salir de Madrid, así pasaba el fin de semana fuera, pero le intrigaba tanto hermetismo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que las caras risueñas de Beatriz, Ramón e Inés se habían tornado circunspectas, con una excesiva formalidad. Javier también había adoptado un rictus serio, quizás impelido por el resto del grupo o por lo que tenía que contarle.

 

— Estoy expectante… — musitó Sara—. Cuando quieras.

 

Su amigo asintió ligeramente y tomó aire, como poniendo en orden sus ideas.

 

— A finales del año pasado, un particular, nuestro promotor, cuyo nombre no puedo revelarte porque así lo ha exigido, contactó conmigo para presentar un proyecto de excavación arqueológica en el castillo de Calatrava La Nueva. Lo hicimos ante la Consejería de Cultura, pues es patrimonio cultural de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y pertenece al gobierno regional. Como bien sabes, uno no puede obtener permiso para un proyecto de esta índole así como así, debe hacerlo a través de un ayuntamiento, una universidad o una fundación. Pues bien, me gustó su idea, confeccioné el equipo que tienes delante, y presenté la solicitud mediante la Universidad de Castilla-La Mancha, que es donde trabajo actualmente. Como aliciente para obtener el beneplácito de la Junta, el promotor se ofreció a sufragar el noventa por ciento de los costes del proyecto, y esto fue lo que decantó la balanza a nuestro favor, ya que no es normal que un particular soporte tales gastos.

 

La forense entendió entonces las cifras del cartel del exterior.

 

— En abril iniciamos la prospección. Hicimos incluso un estudio con geo—radar para acotar la zona de análisis, y una vez marcadas las áreas fuimos trabajando poco a poco, pues en arqueología se avanza muy despacio con la rasqueta y los pinceles  — continuó Javier—. No sé si sabes que en anteriores excavaciones de otros proyectos se descubrieron sepulturas dentro de la construcción… — preguntó, pero Sara negó con la cabeza—. Nosotros, sin embargo, nos hemos centrado en un camposanto que está intramuros. Si bien en las principales estancias del castillo enterraban a los jerarcas de la Orden de Calatrava, en el exterior se daba sepultura a los caballeros muertos en batalla. En dicho cementerio es donde hemos depositado nuestros esfuerzos, y hemos desenterrado varias osamentas, las cuales ya hemos clasificado y enviado al Museo de Ciudad Real para su tratamiento y posterior exposición, pues todos los hallazgos son bienes de dominio público, y como tales deben exhibirse en los correspondientes museos, en este caso en el de Ciudad Real por circunscribirse la excavación en dicha provincia — y paró para tomar aire—. Pero hace dos días encontramos algo… diferente — y entonces se aproximó a la mesa y señaló el gran cajón de madera—. El ataúd original estaba deshecho, no quedaba prácticamente nada, así que lo hemos cambiado por esta caja para una mejor conservación del hallazgo — y se tomó un respiro e hizo una pausa—. Lo que queremos, Sara, es que nos des tu opinión sobre su estado.

 

La forense seguía sin entender qué podía opinar al respecto. Trabajaba con cadáveres, no con esqueletos ni restos fósiles, pero se acercó a la mesa. Javier alzó la mano para destapar el cajón, pero Ramón, el historiador, lo frenó.

 

— Por favor, que antes firme el acuerdo de confidencialidad — exigió al arqueólogo.

 

Javier miró a Sara y frunció los labios en un gesto de impotencia. “Es necesario”, parecía querer decir con la mirada. Ramón abrió entonces una carpeta que reposaba a sus pies y extrajo un folio. Se lo ofreció a la forense junto con un bolígrafo, y ésta releyó rápidamente los párrafos. Estricta confidencialidad, nada de divulgar los datos o hallazgos que se le iban a mostrar, etc. Le parecía exagerado, dada la camaradería que compartía con Javier, pero tampoco le dio mayor importancia porque sabía que el secreto profesional era obligatorio en muchos trabajos. Así pues, rubricó el documento y se lo devolvió al historiador, que lo guardó nuevamente dentro de su carpeta. Hecho esto, Javier alzó la mano y sostuvo la tapa de la caja.

 

— Sara — le dijo impávido, tan serio que no lo reconocía—. Lo que voy a mostrarte es de suma importancia. Lo que aquí veas, aquí debe quedarse.

 

— Acabo de firmar el maldito papel — le espetó ella, harta de tanto secretismo.

 

— Sé científica ante todo, no te dejes llevar por tus instintos. Evalúa bien antes de emitir una opinión — insistió el arqueólogo—. Confío en ti y en tu criterio — y dicho esto retiró el tablero.

 

La médico se acercó entonces a la mesa, y cuando contempló el contenido del cajón se echó hacia atrás al tiempo que se llevaba las manos a la boca, asustada. ¡Había un hombre con un puñal clavado en el pecho! Sara miró aterrada a Javier, sin saber muy bien de qué iba aquello, pero la mirada templada de su amigo y la ausencia de nerviosismo por su parte la hicieron dudar. ¿Qué estaba ocurriendo? Observó al resto del equipo, pero todos se mantenían imperturbables, como si allí no hubiera ningún cadáver. Era obvio que ya sabían lo que había en la caja, pero no entendía tamaña pasividad.

 

— Tranquila — le pidió Javier—. No te pido que le practiques una autopsia, solo que hagas una valoración superficial de su estado.

 

— ¿Cómo?… — susurró ella, notablemente turbada—. ¡Tenéis un muerto aquí dentro! ¡Dime qué le ha pasado a este hombre y cómo habéis llegado a esto o me voy! — le advirtió.

 

El arqueólogo se mordió los labios.

 

— Todos aquí somos conscientes de lo que esto aparenta, pero no se trata de un asesinato, créeme — le dijo alzando las manos, pidiéndole calma.

 

— ¡Javier, alguien ha matado a este hombre y lo ha enterrado en el castillo! ¡Tenéis que denunciarlo a las autoridades! — añadió Sara con adustez—. ¡Habéis excavado en la escena de un crimen y habéis trasladado el cadáver! ¡¿En qué coño estábais pensando?! — exclamó dirigiéndose a todos esta vez, lo que recalcó con una larga y tensa mirada a los presentes.

 

— Sara, no te precipites y escucha a Javier — le pidió Beatriz, la restauradora, pero la forense la miró con desconfianza.

 

— Todos hemos pasado ya por esta fase de desconcierto, y es lógico que reacciones de esta manera, pero somos colegas tuyos, científicos, no actuaríamos así si no existiera una causa justificada — intervino ahora el historiador, lo que produjo un efecto sedante en Sara. Ese hombre transmitía una serenidad que solo los años otorgaban, y de hecho escuchar su voz fue un bálsamo para ella—. Tranquilízate y dinos qué ves. Danos tu criterio profesional, por favor.

 

Sara volvió a asomarse, aunque no por ello más relajada que antes. Sus pulsaciones estaban totalmente desbocadas. Dentro del ataúd se hallaba un cuerpo inerte, sin signos de vida. Era un hombre adulto, de unos cuarenta y cinco o cincuenta años aproximadamente, fuerte, de porte atlético, y de gran complexión, fácilmente rondaría los dos metros de altura. Presentaba pelo largo hasta los hombros, canoso, y lucía una espesa barba y bigote de tonos similares. Se encontraba totalmente desnudo, salvo por una toalla que le habían colocado entorno a la pelvis para cubrir su aparato genital, y supuso que lo habían hecho por decoro. Su piel estaba como apergaminada, lo que denotaba un proceso de deshidratación extremo, y tanto los pómulos de la cara como las costillas del pecho se le marcaban exageradamente. Como consecuencia de la pérdida de agua, la piel era amarillenta y además se le ceñía a los músculos, lo que le confería un aspecto tétrico.

 

Del tórax le sobresalía la empuñadura de una daga. Le sorprendió, eso sí, la ausencia de restos de sangre entorno a la brutal herida, lo que le hizo pensar que la habrían limpiado. Eso la cabreó aún más, pues un cadáver, aparte de no moverlo de su sitio, tampoco debía manipularse o alterarse. Se destruían pruebas con esas acciones, aparte de la contaminación que se podía inferir. Era la primera norma a cumplir en el hallazgo de una persona con indicios de asesinato.

 

También se apreciaba una fea cicatriz en el cuello del hombre, una grosera quemadura, pero no le dio importancia, ya que la herida del puñal era sin duda la causante de la muerte. Sara apreció, además, varias cicatrices por todo su cuerpo, pero concentradas sobre todo en brazos y pecho. Por su experiencia profesional sabía reconocer ciertos cortes, y aunque éstos estaban ya cicatrizados (no eran recientes), indicaba que el fallecido había sido asiduo a las peleas con navaja, o al menos eso infería de la inspección superficial. Sería, probablemente, un delincuente, pues eran proclives a las disputas con arma blanca. La forense alzó la cabeza y se dirigió a su amigo.

 

— Javier, este cuerpo se encuentra totalmente deshidratado, por lo que no puedo asegurar el tiempo que lleve muerto… quién sabe si unos días o una semana. Es como si estuviera comenzando un proceso de momificación. Como consecuencia de la intensa evaporación de agua corporal que ha sufrido, la acción bacteriana se ha paralizado, y eso ha dado lugar a que el cadáver no se haya corrompido aún. De ahí mis dudas, porque da la sensación de hallarse aún en fresco, en la primera fase de descomposición — logró decir finalmente—. Para que un cuerpo se momifique se tiene que dar un ambiente extremadamente seco. Habéis tenido suerte de hallarlo así, pero no deja de ser raro… — e hizo una pausa mientras componía un gesto de incredulidad y desconcierto—. Para llegar a este estado tendría que haber estado tostándose al sol de forma ininterrumpida… y por lo que me habéis explicado, lo habéis hallado excavando, es decir, bajo tierra. ¡No tiene sentido!

 

Los componentes del equipo se miraron con complicidad, pero no dijeron nada. Sara respiró profundamente y abrió su maletín, y de él sacó su estetoscopio para detectar el ritmo cardiaco, el cual obviamente no halló. Le palpó un brazo para moverlo, y aunque estaba algo rígido, pudo doblarlo. Con un alfiler le pinchó en varios puntos para confirmar la ausencia de sensibilidad, y finalmente sacó un espejito pequeño y se lo colocó delante de las fosas nasales y la boca para comprobar si respiraba, la conocida prueba de Winslow. A continuación le dobló las rodillas para observar la parte trasera de las piernas, y le iluminó la espalda con una pequeña linterna, aunque poco pudo apreciar de ella, ya que al estar el cadáver dentro de la caja no podía manipularlo con facilidad.

 

— Presenta livor mortis, la típica decoloración de la piel por la ausencia de sangre en las venas, un leve rigor mortis, pues aún se pueden mover los músculos, y algor mortis, bajada de temperatura corporal. Lo que no presenta aún, y esto me escama mucho… es el pallor mortis, es decir, el enrojecimiento característico de las zonas declives del cuerpo. Con las horas se produce una coloración morada por la acumulación de la sangre al dejar de bombear el corazón. Que no se haya manifestado aún este proceso indica que este hombre ha muerto recientemente. Pero eso no cuadra con lo que he expuesto anteriormente — les explicó, confundida.

 

El equipo se limitó a observarla sin pronunciarse, lo que la puso más nerviosa. La médico sacó entonces un oftalmoscopio del maletín, con la intención obvia de revisar los globos oculares del cadáver, pero su amigo la detuvo.

 

— ¿Qué ocurre? ¿No querías que lo examinara? — le preguntó extrañada.

 

— Los ojos no, por favor — le rogó Javier—. No me pidas que te lo explique, pero confía en mí y deja ese examen para el sábado… o el domingo — añadió.

 

Sara dudó por unos instantes, no sabiendo muy bien cómo reaccionar ante semejante petición, pero al comprobar que los demás se mantenían en silencio, y que por lo tanto lo secundaban en el singular aplazamiento, cejó en su empeño. Estaba segura de que le ocultaban información, pero prosiguió.

 

— Iba a realizar la prueba de Stenon Lowis, que verifica varios procesos en el ojo de un cadáver, pero si insistes en que no la haga… — y frunció el ceño—. Bueno, tampoco es necesario, este hombre está sin duda muerto — susurró—. En cuanto a la causa del óbito, creo que está clara… — expuso—, pero sin la instrumentación adecuada, y sin una sala de autopsias donde practicarla, no la puedo confirmar al cien por cien — añadió, pero a Sara todo aquello le parecía una broma. Su colega, gran profesional y reputado arqueólogo, estaba exponiéndose a un delito penal por ocultar un cadáver a las autoridades—. Javier, me voy, yo no quiero ser partícipe de esto… — le dijo con adustez, aunque luego el tono de su voz se tornó en preocupación—. Hazme caso y denuncia lo ocurrido. No hagas locuras — le comentó finalmente con patente gravedad.

 

Javier la contuvo colocando ligeramente sus manos en sus hombros, para apaciguarla.

 

— Sara, no podemos denunciarlo como un asesinato por ciertas razones que ahora no puedo explicarte, pero quédate y dame este fin de semana para exponértelo todo — le dijo midiendo sus palabras para no asustarla más y evitar que se marchara, y entonces señaló al resto del equipo—. Míranos, somos gente de ciencias, no delincuentes — expuso alzando las cejas.

 

— ¿¡Pero sabéis lo que estáis haciendo!? — espetó la forense a todos esta vez—. ¡Mantenéis escondido el cuerpo de un hombre recientemente asesinado! ¡Esto os puede costar vuestras licencias! ¡Y en tu caso ni terminarás la carrera! — exclamó a Inés, la becaria—. Javier, no quiero saber nada de esto. Por favor, deja que me marche… — suplicó a su amigo con la voz quebrada por la desesperación, pero él la retuvo, interponiendo su cuerpo con la salida.

 

— Sara, no es un asesinato aunque todo apunte a ello — le susurró el arqueólogo con tono apaciguador, para infundirle calma, pues ella era un manojo de nervios—. Dame hasta el domingo de plazo, te lo ruego… Si no te convencemos podrás irte tranquilamente, y nadie de los presentes mencionará siquiera que has estado aquí. No te involucraremos en esto si así nos lo pides, te lo prometo, pero quédate dos días más.

 

Sara tuvo que reconocer la capacidad de persuasión que tenía Javier, y entonces supo por qué la había llamado a ella y no a otro profesional. Jugaba con el factor sentimental aparte de con la amistad. No había acudido a otro médico forense porque sabía que no hubiera podido manejar la situación como lo estaba haciendo con ella en esos momentos. Saber que en cierta manera la “utilizaba” le molestó, y torció la boca, enojada. De ese gesto de contrariedad se percató Javier y jugó una última baza.

 

— Sara, créeme si te digo que estábamos buscando este cuerpo precisamente — continuó el arqueólogo—. El hallazgo confirma unos pergaminos encontrados en Toledo hace un par de años. Las escrituras, de ochocientos años de antigüedad, describían el sitio exacto del enterramiento y el porqué.

 

Y entonces la forense, al escuchar semejante locura, se quedó con la boca abierta, sin poder articular palabra.

 

 

Madrid, España

Junio, 2026

Compártelo:

  • Haz clic para compartir en Twitter (Se abre en una ventana nueva)
  • Haz clic para compartir en Facebook (Se abre en una ventana nueva)

Relacionado

#Arqueología#ArteyCultura#BajoElCampoDeLosMártires#CapítuloExclusivo#CorreoCultural#EdadMedia#FicciónHistórica#Lectores#LecturaRecomendada#LiteraturaEspañola#LuisChacónDeLaTorre#Misterio#NarrativaHistórica#NovedadEditorial#NovelaHistóricaCulturaescritoreshistorialibrosLiteratura
Share

You may also like

View Post

Entrevista | Con su nueva novela “La mirada de la Diosa”, Miriam Conde Redondo.

View Post

“La otra cara”: Alejandro Fischer Cárdenas explora la profundidad del ser humano en nueva exposición

View Post

“Acciones que iluminan el símbolo”: un taller para profundizar en el arte del cuento.

View Post

Pablo Krisch: El fotógrafo como constructor de memorias y comunidades.

View Post

Un nuevo galardón para Marisol Morales

View Post

“Encuentros con el suelo”: el libro que convierte la caída en memoria, raíz y revelación.

View Post

Ángel Ricardo Gómez es el anfitrión de la agenda cultural de La Tele Tuya.

Previous Post

Candy66 lanza “Mi Peor…

In Eventos

Candy66 lanza “Mi Peor Victoria” y reafirma una trayectoria de 25 años en los escenarios.

View Post

Next Post

Participa del ciclo de talleres…

In Eventos

Participa del ciclo de talleres 'Narrar el espacio' en Bogotá

View Post

Síguenos en Redes

Facebook

Últimas noticias

View

De lo Sagrado Universal, un nuevo festival que acogerá diversas expresiones artísticas de 28 compañías nacionales e internacionales

4 junio, 2026

View

Participa del ciclo de talleres ‘Narrar el espacio’ en Bogotá

4 junio, 2026

View

Luis Chacón de la Torre revela en Correo Cultural un adelanto de “Bajo el campo de los mártires”

4 junio, 2026

View

Candy66 lanza “Mi Peor Victoria” y reafirma una trayectoria de 25 años en los escenarios.

3 junio, 2026

Correo Cultural
  • Inicio
  • Somos
  • ¿Eres bueno escribiendo?
    • Internacionales
  • Boletín
  • Contacto

© 2006 - 2019   Correo Cultural - Todos los derechos reservados.

 

Cargando comentarios...