El suelo que tiembla, la tela que espera: autorretrato, miedo y fantasmas.
El terremoto que sacudió la Ciudad de Panamá el pasado viernes dejó algo más que el recuerdo de unos segundos de incertidumbre. También despertó miedos, fantasmas y preguntas sobre nuestra propia existencia. Una experiencia que invita a reflexionar sobre ese otro abismo al que puede enfrentarse el artista cuando, ante una tela en blanco, decide emprender la difícil aventura de representarse a sí mismo.


El pasado viernes, la tierra bajo la Ciudad de Panamá recordó su condición viva y cambiante. Fueron apenas unos segundos de sacudida, pero suficientes para desmantelar la arquitectura de nuestras certezas cotidianas. En el instante preciso en que el suelo vacila, el tiempo se deforma: las prioridades se reordenan con violencia y una ráfaga de preguntas sumergidas emerge a la superficie. ¿Quiénes somos cuando el refugio se tambalea? ¿En quién nos habríamos convertido si el destino hubiese trazado otra línea?

El sismo no solo mueve las paredes; agita las capas tectónicas de la psique. Tras el temblor, sobreviene un silencio espeso, habitado por fantasmas y réplicas invisibles que nos persiguen durante días. Es la experiencia del despojo: quedar desnudos frente a nuestra propia fragilidad.

Hay experiencias que nos obligan a asomarnos a un abismo que no es necesariamente el de la muerte, sino el de nuestra propia existencia. Durante unos segundos, aquello que creíamos ser pierde su estabilidad y aparecen, entre el miedo y la incertidumbre, los fantasmas de quienes fuimos, de quienes somos y de quienes hubiésemos podido ser.

Ese mismo escalofrío —esa mezcla de parálisis y revelación— es el que puede experimentar el artista cuando se coloca ante una tela en blanco. Pintar no es siempre un acto de pacífica creación; a menudo es un enfrentamiento abismal. La superficie virgen exige una respuesta honesta, y el autorretrato se convierte en la forma más radical de esa confrontación. Ante la tela, el creador no busca reflejar su apariencia complaciente, sino interrogar su sombra. Al igual que el temblor de la tierra, el acto de mirarse a sí mismo quiebra las apariencias.

En la tradición del arte, la mirada hacia uno mismo ha tomado formas tan heterogéneas como los miedos que nos habitan: desde el rostro juvenil que busca contención en la materia pictórica hasta la figura devocional o el ser atrapado en el delirio de la luz; desde la metamorfosis mitológica y la máscara teatral hasta el taller saturado de espectros y maniquíes que acompañan al pintor frente al caballete. En muchas de esas búsquedas, el autorretrato deja de ser un ejercicio de vanidad para convertirse en un territorio de exorcismo, disolución y resistencia.

Los días posteriores a un sismo son un periodo de tránsito, una zona de penumbra donde los miedos nos persiguen en el murmullo de cualquier ruido cotidiano. Sin embargo, en esa vulnerabilidad reside también una extraña lucidez.

Tanto el habitante que siente crujir su casa como el creador que sostiene el pincel frente al abismo blanco comparten la misma necesidad primaria: nombrar el miedo, mirarlo a los ojos y dejar una marca que atestigüe que, a pesar de las réplicas y los fantasmas, seguimos aquí.

Cesar Sasson
Magíster en Curaduría de Arte
coleccionsasson@gmail.com
@coleccionsasson
Ciudad de Panamá – Panamá
Octubre, 2026