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In Eventos, Literatura

Entrevista a Yesica Montes, autora del libro De la herida a la identidad.

15 septiembre, 2026

Entrevista a Yesica Montes, autora del libro De la herida a la identidad. Pin It

Yesica Montes, autora del libro De la herida a la identidad:

 

“El libro invita a revisar qué parte de quienes somos fue elegida y qué parte aprendimos a ser para poder atravesar nuestra historia”

 

 

 

La terapeuta argentina Yesica Montes (Quenumá, Buenos Aires, 1984) presenta dos trabajos de su creación. Su primer libro De la herida a la identidad y el Método EJE Neuroregulación™. Todo forma parte de un proceso surgido de su propia experiencia frente a la depresión. El Método nace de una pregunta muy concreta: ¿qué ocurre cuando una persona comprende perfectamente lo que le pasa, pero no sabe qué hacer con esa comprensión?

 

El próximo 19 de septiembre, Yesica Montes participará en Buenos Aires en La Revolución de lo Invisible, un encuentro con el conocido psicólogo estadounidense Daniel Goleman.

 

 Por: Darío Zambrano.

 

 

Yesica Montes

 

Pregunta: – Como terapeuta integral, ¿existe alguna crisis en particular que identifique al individuo de este tiempo?

 

Respuesta: – Si tuviera que señalar una crisis especialmente representativa de este tiempo, hablaría del estrés sostenido y del distrés. Vivimos atravesados por la inmediatez, la hiperproductividad, la disponibilidad permanente y una velocidad que muchas veces sostenemos durante períodos prolongados sin espacios suficientes de recuperación.

 

La ansiedad aparece con mucha frecuencia, pero me interesa mirar también qué condiciones la rodean. Hay personas que viven intentando responder a exigencias laborales, familiares, sociales y personales al mismo tiempo, mientras el cuerpo empieza a mostrar cansancio, irritabilidad, insomnio, tensión o una sensación constante de urgencia.

 

El problema no es tener responsabilidades ni aspiraciones. El problema aparece cuando la demanda cotidiana supera durante demasiado tiempo nuestros recursos de adaptación y recuperación. Ahí el estrés deja de ser una respuesta puntual y empieza a convertirse en una forma habitual de vivir.

 

A esto se suma algo que considero central: una creciente desconexión de la propia identidad. Muchas personas saben perfectamente qué tienen que hacer, qué se espera de ellas y cómo sostener sus obligaciones, pero hace mucho que no se preguntan qué necesitan, qué desean o si la vida que están construyendo también las está sosteniendo.

 

Por eso, más que hablar de una única crisis, hablaría de una combinación muy contemporánea: estrés sostenido, aceleración, hiperexigencia y pérdida de contacto con uno mismo.

 

P: – Las emociones parecieran estar en ebullición, ¿esto es así?

 

R: – No diría que las emociones estén en ebullición. Las emociones forman parte de nuestra biología y cumplen una función esencial: nos informan, nos orientan, participan de la manera en que interpretamos el mundo y también de cómo nos percibimos a nosotros mismos.

 

Lo que sí parece estar en tensión es nuestra capacidad para reconocerlas, ponerlas en palabras y comunicarlas de forma asertiva. Vivimos tan rápido que muchas veces reaccionamos antes de haber podido identificar qué estamos sintiendo. Decimos “estoy mal”, “estoy saturado”, “estoy ansioso”, pero no siempre podemos diferenciar si detrás hay miedo, tristeza, enojo, frustración, cansancio o una necesidad que viene siendo postergada.

 

La emoción no es el problema. El problema aparece cuando no sabemos qué hacer con ella, cuando la negamos, la racionalizamos de inmediato o esperamos que desaparezca para recién entonces atendernos.

 

Darnos tiempo para registrar lo que sentimos no significa vivir pendientes de cada emoción. Significa recuperar una capacidad básica de autorregulación: poder reconocer qué ocurre dentro de nosotros antes de responder automáticamente desde ahí.

 

P: – Muchas veces emociones y razón van por direcciones opuestas. ¿Por qué, si forman parte de un mismo individuo?

 

R: – No creo que emoción y razón tengan que funcionar como fuerzas opuestas. Son dimensiones profundamente interrelacionadas de una misma persona. El conflicto aparece cuando intentamos que una invalide a la otra.

Culturalmente hemos privilegiado mucho lo racional: lo correcto, lo conveniente, lo productivo, lo que “deberíamos” hacer. Y eso puede llevarnos a alejarnos de lo que sentimos. Una persona puede saber racionalmente que una relación no le hace bien y, al mismo tiempo, sentir miedo de perderla. Puede comprender que necesita descansar y sentir culpa cuando se detiene. Puede saber que tiene derecho a poner un límite y, sin embargo, experimentar angustia al hacerlo.

 

La respuesta no está en elegir entre razón o emoción. Está en aprender a escuchar ambas.

 

La razón puede ayudarnos a dar perspectiva y organizar decisiones. La emoción aporta información sobre necesidades, límites, vínculos y experiencias internas. Cuando una persona logra integrar lo que piensa, lo que siente y lo que hace, aparece mayor congruencia.

 

El problema no es sentir demasiado ni pensar demasiado. El problema es vivir desconectados de una de esas partes y tomar decisiones como si la otra no existiera.

 

P: – ¿Qué es una identidad consciente?

 

R: – Una identidad consciente es una identidad que puede ser revisada, elegida y construida con mayor congruencia entre lo que una persona piensa, siente, necesita y hace.

 

No significa vivir completamente al margen de la cultura, la familia o las expectativas sociales. Todos estamos atravesados por nuestro contexto y hay adaptaciones sociales necesarias para convivir. La diferencia está en poder distinguir cuáles de nuestras elecciones responden a una decisión propia y cuáles sostenemos únicamente para pertenecer, complacer o cumplir con un lugar que quizás ya no nos representa.

 

Durante años podemos decir “yo soy así” sin preguntarnos demasiado de dónde viene esa forma de funcionar. Pero cuando empezamos a observarnos aparecen preguntas distintas: ¿esto realmente me representa?, ¿lo sigo eligiendo?, ¿es una característica mía o una adaptación que alguna vez necesité?

 

Una identidad consciente no es una identidad perfecta ni definitiva. Cambia con la experiencia, con las necesidades y con las decisiones. Y, sobre todo, incluye a la propia persona dentro de sus elecciones.

 

Para mí —y uso esta expresión de manera deliberada— la congruencia es central: que lo que pensamos, sentimos y hacemos no viva permanentemente en contradicción.

 

P: – ¿Qué es el Método EJE Neuroregulación? ¿En qué momento decides crearlo?

 

R: – El Método EJE Neuroregulación™ nace de una pregunta muy concreta: ¿qué ocurre cuando una persona comprende perfectamente lo que le pasa, pero no sabe qué hacer con esa comprensión?

 

Eso también me ocurrió a mí en mi propio proceso terapéutico. Había cosas que podía entender desde la lógica, pero después no sabía por dónde empezar, qué decisión tomar primero o cómo llevar esa información a la vida cotidiana. Con los años empecé a observar la misma dificultad en muchas de las personas que acompañaba.

 

EJE propone tres movimientos: Evaluar, Jerarquizar y Expandir.

 

Evaluar es reconocer con claridad cuál es el conflicto actual, qué está ocurriendo a nivel corporal, emocional, cognitivo, vincular y conductual. Muchas veces la persona llega con varios frentes abiertos y siente que todo es igualmente urgente.

 

Jerarquizar implica ordenar. Distinguir qué necesita atención primero, qué es importante, qué puede esperar y qué requiere una decisión. Esa organización disminuye la sensación de estar intentando resolver toda la vida al mismo tiempo.

 

Expandir significa desarrollar nuevas posibilidades de respuesta. No se trata de borrar lo aprendido, sino de revisar adaptaciones que alguna vez fueron funcionales y que quizá hoy ya no lo son, y acompañar a la persona a construir respuestas más conscientes y congruentes con su presente.

 

El método no reemplaza la comprensión: parte de ella. Lo que busca es acompañar el paso siguiente, cuando entender deja de ser suficiente y aparece la necesidad de transformar.

 

 

P: – Escribes y publicas Desde la herida a la identidad, tu primer libro. Cuéntanos detalles.

 

R: – Desde la herida a la identidad nace de un recorrido profundamente personal y, al mismo tiempo, de muchos años acompañando procesos humanos.

 

No quise escribir un manual de autoayuda ni una colección de respuestas rápidas. Quise escribir un libro cercano, comprensible, con humanidad. Un libro donde hubiera historia, errores, decisiones, preguntas, contradicciones y también la posibilidad de mirar lo vivido desde otro lugar.

 

La idea central es que nuestras heridas pueden dejar huellas y generar adaptaciones, pero no tienen por qué determinar para siempre nuestra forma de vincularnos con el mundo. A veces aprendemos a controlar, complacer, exigirnos, callar o anticiparnos para atravesar determinadas experiencias. Con los años podemos terminar confundiendo esas respuestas con nuestra identidad.

 

El libro invita a revisar eso: qué parte de quienes somos fue elegida y qué parte aprendimos a ser para poder atravesar nuestra historia.

 

También es un libro muy humano porque yo conozco ese recorrido desde adentro. No lo escribí porque tuviera todas las respuestas. Lo escribí porque algunas respuestas me permitieron vivir con mayor congruencia con la mujer que quería ser.

 

Por eso lo siento como una conversación con quien lo recibe. Una invitación a reconocer la herida, darle entidad, resignificarla y empezar a preguntarse qué queremos hacer con nuestra historia a partir de ahora.

 

P: – ¿Cómo se llega a ese proceso de comprensión, de pasar “de la herida a la identidad”?

 

R: – El primer movimiento es poder reconocer qué nos está ocurriendo y qué nos limita. Darle entidad a la herida sin convertirla en nuestra identidad.

 

Después necesitamos observar qué aprendimos a hacer para atravesar aquello que vivimos. Porque la experiencia puede haber quedado atrás, pero algunas adaptaciones permanecen: controlar, complacer, desconfiar, hiperexigirnos, evitar el conflicto, sostener vínculos por miedo o vivir permanentemente anticipándonos a lo que podría salir mal.

 

Resignificar la herida implica poder mirarla desde otro lugar. No como una condena ni como algo que define para siempre quién soy, sino como una parte de mi historia que dejó aprendizajes, condicionamientos y también posibilidades de conciencia.

 

Hay heridas muy visibles y otras mucho más sutiles. El dolor no se puede medir desde afuera: cada persona atraviesa lo que vive con los recursos que tiene en ese momento.

 

El proceso de pasar de la herida a la identidad comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente “¿por qué soy así?” y empezamos a preguntarnos “¿qué de esto sigo necesitando y quién quiero ser ahora que puedo elegir de otra manera?”.

 

No se trata de borrar lo vivido. Se trata de integrarlo sin seguir viviendo únicamente desde allí.

 

P: – ¿Tú lo viviste?

 

R: – Sí. Mi proceso estuvo marcado por un antes y un después a partir de una depresión. En aquel momento, desde afuera, mi vida parecía ordenada. Tenía mis hijos, estaba casada, tenía mi casa, mi trabajo y una estructura que, vista desde la vidriera, podía parecer completamente estable. Sin embargo, internamente sentía un vacío inmenso.

 

Recuerdo a mi madre, a mis hermanos y a personas cercanas recordándome todo lo que tenía. Y yo lo sabía. Sabía perfectamente todo lo valioso que había en mi vida. El problema era que no podía conectarme con eso ni disfrutarlo. Y además aparecía culpa por no poder sentir lo que, racionalmente, entendía que “debería” sentir. Ese proceso me hizo ver que durante mucho tiempo había vivido en automático, muy orientada a responder a expectativas externas y poco conectada con mis propias necesidades. Yo sabía reconocer lo que necesitaban los demás, pero no siempre sabía escucharme a mí. La depresión me obligó a mirar eso. A revisar vínculos, decisiones, roles y una identidad muy adaptada a ser funcional para otros.

 

No romantizo lo que atravesé. Pero sí reconozco que fue un punto de inflexión. Cambió mi manera de relacionarme con el mundo, con mis hijos, con mi familia y, sobre todo, conmigo misma. Mi herida terminó llevándome hacia mi identidad.

 

P: – ¿Muchas personas te han dicho: “Tengo miedo, ayúdame”?

 

R: – Sí, muchas veces escuché “tengo miedo” o “necesito ayuda”. Y lo primero es no minimizar ese miedo.

 

El miedo es una emoción necesaria, vinculada a nuestra protección. Puede advertirnos de un riesgo, impulsarnos a actuar o también paralizarnos. El problema aparece cuando se convierte en la única voz que toma decisiones por nosotros.

 

Muchas personas saben que necesitan poner un límite, alejarse de un vínculo, priorizarse o modificar una dinámica que les hace mal, pero tienen miedo de perder lo conocido. Y lo conocido, incluso cuando duele, ofrece previsibilidad.

 

Por eso una frase que representa a muchas personas es: “A veces el dolor conocido da más seguridad que la incertidumbre de algo diferente”.

Acompañar no significa decirle a alguien que deje de tener miedo. Significa ayudarle a mirarlo, comprender qué está protegiendo, regularse y empezar a construir decisiones que no estén completamente gobernadas por esa emoción.

 

Hacer algo con miedo también es una forma de valentía. Y muchas veces el cambio comienza cuando la incomodidad con el presente se vuelve suficientemente clara como para que la persona esté dispuesta a atravesar la incertidumbre que implica construir algo distinto.

 

P: – El 19 de septiembre participas en Argentina en La Revolución de lo Invisible, un evento protagonizado por el conocido psicólogo estadounidense Daniel Goleman.

 

R: – Sí. El 19 de septiembre voy a participar en Buenos Aires en La Revolución de lo Invisible, un encuentro protagonizado por Daniel Goleman.

 

Mi participación será como sponsor institucional y tendré un espacio breve para presentar mi propuesta y el Método EJE Neuroregulación™. Lo vivo como una oportunidad muy valiosa para compartir una mirada que vengo desarrollando hace años alrededor de la identidad, la regulación y la posibilidad de construir respuestas más conscientes frente a nuestra historia.

 

También representa un momento importante dentro de mi recorrido profesional. No porque lo viva como un punto de llegada, sino porque confirma que una propuesta que nació de preguntas muy personales y del trabajo cotidiano con consultantes empieza a encontrar nuevos espacios de conversación.

 

Estar presente en una jornada de esta relevancia es, sobre todo, una oportunidad para seguir abriendo preguntas sobre aquello que muchas veces no se ve: cómo vivimos, cómo nos regulamos, qué sostenemos por adaptación y cuánto de nuestra vida estamos eligiendo conscientemente.

 

Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA),

Argentina

 

Septiembre, 2026

 

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