Elizabeth Schumer; el largo camino desde la ciencia hacia el arte

A veces la vida conspira para regalarnos una pausa, uno intenta forzar encuentros en el torbellino de la inmediatez digital, tropieza con transmisiones fallidas y de pronto la frustración se disuelve en una conversación serena a través de una pantalla. Así, luego de varios intentos, logré sentarme a conversar con Elizabeth Schumer, un personaje atípico que decidió dar un salto de fe absoluto: colgar el bisturí de la cirugía bucal para entregarse al misterio de la fotografía, su respuesta es una bocanada de lucidez frente a la prisa contemporánea. ¿Cómo termina una cirujana bucal convertida en una de las miradas más introspectivas de nuestra fotografía? La réplica reside en una obstinada devoción por el detalle, el respeto por el otro y la convicción de que mirar no es un acto mecánico, es un puente hacia adentro.

La micro-intimidad del encuadre: del diván al retrato
El tránsito de la cirugía bucal a la fotografía, en 2016, podría sonar a ruptura radical, sin embargo, Elizabeth desarma cualquier prejuicio con una analogía potente: la medicina y la fotografía comparten una obsesión por lo minucioso, el detalle y un profundo interés por el ser humano. La odontología es una especialidad donde el profesional funge casi como psicólogo ante el paciente, quien abre la boca entrega un territorio de vulnerabilidad e intimidad, se requiere entonces derribar barreras de nervios para establecer comunicación, un ritual de aproximación es idéntico al que ejerce un retratista frente a su modelo antes de disparar el obturador.

Existe también una correspondencia espacial fascinante, el odontólogo opera dentro de los límites estrictos de la cavidad bucal, espacio pequeño que exige análisis estético y encuadre milimétrico, el fotógrafo, de igual manera, recorta el caos exterior para concentrar la tensión dramática en una porción de realidad. Cuando Elizabeth ingresó al Centro de Estudios Fotográficos (CEF), no estaba cambiando de vocación; estaba expandiendo su observación clínica hacia las profundidades de la psique humana, allí se formó con maestros como Nelson Garrido, Ricardo Jiménez y José Ramírez, conectando su sensibilidad con la herencia visual del país.

El orgullo de los oficios a la poética de la pareidolia
La curiosidad de Elizabeth por el «otro» venía latiendo desde sus años universitarios. En 1993, durante sus pasantías en Panaquire, recorría las calles con la vieja Nikon analógica de su padre, retratando a los lugareños en los portones de sus casas, ella ubica en ese ejercicio una semilla que germinaría décadas más tarde en proyectos de madurez conmovedora. Uno de sus primeros trabajos en el CEF fue la serie El orgullo de los oficios, homenaje a la estética de Irving Penn, un ejercicio que documentaba a los trabajadores enfrascados en sus oficios cotidianos: la planchadora, el pescadero, el obrero, el vendedor ambulante o el cafetero que reparte conversación por las esquinas.

Su viaje estético dio un vuelco en 2020 al ingresar al Máster de FotoEspaña, enfocado en proyectos de autor, la dinámica de esa formación le hizo acercase , fotográficamente hablando, en la abstracción y la pareidolia, concepto que define como la asociación errónea con formas reconocibles, como cuando descubrimos rostros en las nubes o cuando Leonardo da Vinci instaba a contemplar las vetas del mármol, Alfred Stieglitz ya había explorado esto en su célebre serie Equivalentes, atribuyendo emociones al paso de las nubes .
Para Elizabeth, la pareidolia es la capacidad de permitirse ver algo diferente en lo cotidiano, como apunta su maestra Johana Pérez Daza, no se fotografía con un acto mecánico, se hace con lo que está detrás de los ojos, es decir, con el bagaje emocional de quien sostiene la cámara. Su fotolibro Mirada inversa (un esfuerzo colaborativo junto a Ricardo Benaim, Pedro Quintero, Daniela Díaz Larral y el impresor Javier Aispurua) es el testimonio físico de este diálogo con la naturaleza, donde las piedras y los troncos devuelven la mirada al observador .

«Inhabitantes»: la lentitud como oasis en tiempos vertiginosos
En una sociedad acelerada que consume imágenes a gran velocidad, Elizabeth Schumer aboga por «el enlentecimiento de la mirada», para ella, contemplar no es simplemente ver; es, como sugería el poeta Rafael Argullol, «ver el alma de las cosas». Esta visión romántica, emparentada con la pintura de Caspar David Friedrich, entiende que el paisaje deja de ser un territorio neutro cuando se conecta con las emociones.
Este postulado estético sostiene su proyecto Inhabitantes, gestado durante el confinamiento pandémico, desde su balcón, contemplando una playa desolada a 400 metros de distancia, Elizabeth observó durante meses la incorporación paulatina del ser humano a la naturaleza recobrada, su cámara no buscaba el registro, el trabajo estaba centrado en traducir las emociones de aquellos cuerpos relacionándose con el mar, para lograr que esa atmósfera pictórica se plasmara en una edición fotográfica coherente requirió un riguroso proceso de decantación, que pudo ser cristalizado gracias al respaldo de maestros como Óscar Lucién (quien le recordó que «no existe edición sin la historia que lo respalda»), Vladimir Marcano, Juan Toro y el diseñador Ricardo Báez, Elizabeth entendió que editar es construir literatura visual, ella avanza a su propio ritmo, sabiendo que el arte requiere paciencia: las cosas salen en el tiempo necesario, sin presiones comerciales .

El Salón de la Coexistencia: el poder de conferir importancia
La labor de Elizabeth Schumer excede los límites de su obra personal; su huella es también social, desde su rol en Espacio Ana Frank, organización civil que cumple 20 años promoviendo el encuentro en Venezuela, Elizabeth ha impulsado la categoría de fotografía en el Salón Nacional de la Coexistencia, este salón, surgido del diseño gráfico, incorporó la fotografía en 2016 gracias a su empeño y al apoyo de jurados como Nelson Garrido, Ricardo Jiménez y José Ramírez. Para Elizabeth, el concurso es un medio para un fin mucho más trascendental: educar y transformar a la población, la coexistencia no es un concepto abstracto; es la decisión cotidiana de respetar la diferencia y asumir la responsabilidad ciudadana.
Un hito hermoso de esta gestión nació de una propuesta de Nelson Garrido de trabajar con cámaras desechables en comunidades vulnerables, así nació Coexistencia: 38 Miradas, proyecto realizado con jóvenes de Petare y otrasd locaciones, este esfuerzo captó la atención de la organización 100 Cameras en Nueva York, estableciendo una alianza educativa que ya suma seis años de labor en Venezuela. Al dotar a jóvenes de entre 13 y 18 años de comunidades como La Cota, El Calvario, San Agustín, Choroní o Petare de herramientas narrativas, se produce una transformación profunda, citando a Susan Sontag, Elizabeth recuerda que «fotografiar es conferir importancia», cuando un joven de una comunidad vulnerable retrata su entorno y ve su obra valorada y expuesta en salas formales como la Sala TAC o la UCAB, su percepción de sí mismo y de su territorio cambia por completo; deja de sentirse invisible y su realidad adquiere dignidad.
No se trata de romantizar la pobreza, el fin es el de democratizar el derecho a la autorrepresentación, demostrando que los valores afectivos y comunitarios poseen una dignidad universal, aunque hoy las cámaras de bolsillo han sido sustituidas por los teléfonos celulares, el ejercicio de capturar la coexistencia cotidiana sigue teniendo el mismo impacto sanador.

El oficio fotográfico como legado
Cerrando nuestro encuentro, al indagar sobre lo que significa la fotografía en su vida, Elizabeth retrocede al origen de su acercamiento a la fotografía valiéndose de su memoria afectiva: su padre, un fotógrafo aficionado (cuyo ejercicio estaría encuadrado en lo que llamamos un aficionado avanzado) que hoy cuenta con 94 años, quien en su momento le legó sus viejos equipos Nikon y una manera de mirar el mundo. Fotografiar en Panaquire con la cámara de su padre fue un acto de filiación tardía, un puente de silencios compartidos que hoy cobra un valor incalculable. Para Elizabeth Schumer, la fotografía ha terminado por convertirse en un oasis, una disciplina que le exige ralentizar la mirada para estar plenamente presente, en su obra no hay prisa ni pretensiones de exceso, hay, en cambio, una honestidad apacible que nos invita a detener el paso, a limpiar el lente de la mirada para buscar, en las grietas de la cotidianidad, el reflejo de nuestra propia humanidad.

Prof. José Ramón Briceño Diwan
Notas fotográficas
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Septiembre, 2026