Viktor Kane, el escritor secreto:
“¿Qué harías si tu vida cambiara para siempre en los próximos cinco minutos?”

Aspirante a estudiante de Neuropsicología, escritor sin rostro, testigo privilegiado de las emociones humanas, Viktor Kane es el nombre que ha adoptado un escritor surgido desde Bueu, comarca de O Morrazo (Pontevedra, España), para crear su primera novela “Sin testigos”, un thriller de alta intensidad sobre un psicólogo que poco a poco siente que él, tan acostumbrado a analizar la mente de los pacientes, tiene serios problemas internos que deberá enfrentar. Sin embargo, Viktor Kane es algo más allá que una sola obra; como el propio autor lo define, “nace como un proyecto literario con una identidad propia”, una fuerza que pretende que “sea la novela quien ocupe el primer plano y no quien la escribió”.
Por: Roberto Silva.
Pregunta: – ¿Viktor Kane es literatura?
Respuesta: – La pregunta parte de una idea interesante: como si existiera una frontera clara entre la literatura y el resto de las novelas. Esa frontera nunca ha existido. La literatura no depende del género, del número de páginas ni del prestigio que acompañe a un autor. Depende de la capacidad de una novela para permanecer viva cuando el lector ya ha cerrado el libro.
Viktor Kane no nace para publicar un thriller y desaparecer con él. Nace como un proyecto literario con una identidad propia, una forma de entender la ficción y una pregunta constante sobre nuestra forma de enfrentarnos al entorno. Cada novela es una investigación distinta, pero todas comparten el mismo objetivo: obligar al lector a convivir con una duda incómoda mucho después de terminar la última página. La obra termina. La pregunta, no.
Durante años se ha establecido una división artificial entre la llamada “alta literatura” y la novela de suspense, como si una emocionara y la otra invitara a pensar. La mente humana no funciona así. La neuropsicología demuestra que emoción y memoria trabajan de forma inseparable. Aquello que conmueve se recuerda mejor, y aquello que permanece en la memoria termina transformando la forma en que interpretamos la realidad. Un thriller puede acelerar el pulso y, al mismo tiempo, cuestionar nuestras certezas más profundas. Una cosa nunca ha excluido a la otra.
Por eso Viktor Kane no persigue escribir novelas que solo se lean. Persigue construir un universo literario reconocible, donde cada historia amplíe la anterior y cada lector sienta que acaba de entrar en un lugar del que resulta difícil salir. Ese es el verdadero proyecto.

P: – ¿Quién está detrás del escritor?
R: – La pregunta que siempre me hago es otra: ¿por qué necesitamos saber tanto de la persona que está detrás de un escritor? ¿Es realmente imprescindible para entender una novela?
Hemos convertido a los autores en personajes públicos, como si un manuscrito necesitara una biografía para sostenerse. Yo prefiero que ocurra lo contrario. Que sea la novela quien ocupe el primer plano y no quien la escribió.
Los cuerpos cambian. Todos cambiamos. Con los años dejamos de parecernos a quienes fuimos. Sin embargo, internet tiene una memoria extraordinaria. Una fotografía, una polémica nacida de un malentendido o incluso una mentira repetida suficientes veces pueden acompañarte durante décadas. No existe un botón que permita borrar el pasado ni recuperar el anonimato una vez lo has perdido.
Viktor Kane nació también para proteger algo muy sencillo: la libertad de una vida privada. Si algún día decido desaparecer durante meses, pasear por una librería, sentarme en una cafetería o simplemente vivir lejos del ruido, quiero seguir siendo yo. No porque tenga algo que esconder, sino porque la privacidad ha dejado de ser un privilegio habitual y se ha convertido en un bien extraordinariamente frágil.
Paradójicamente, el anonimato también me hace más libre como escritor. No escribo pensando en cómo será juzgada mi vida, mi aspecto o mis vivencias personales. Escribo pensando únicamente en la trama. Esa separación permite que Viktor Kane exista sin contaminarse de todo aquello que no pertenece a sus novelas.
Al final, una cara puede despertar curiosidad durante unos segundos. Una buena propuesta narrativa puede permanecer toda la vida. Yo sé perfectamente cuál de las dos prefiero que recuerden.
P: – ¿Llegaste “pisando fuerte” en el thriller psicológico?
R: – La expresión “pisando fuerte” solo tiene sentido cuando se observa el resultado. Muy pocas veces se mira todo lo que ocurre antes de llegar hasta él. Detrás de Sin testigos no hay un golpe de suerte ni una improvisación. Hay jornadas de trabajo de seis u ocho horas en mi empleo y, después, otras cuatro o cinco dedicadas exclusivamente al proyecto. Escribir es solo una parte. Hoy un autor también necesita aprender comunicación, analizar cómo funcionan las redes sociales, estudiar por qué un vídeo conecta con miles de personas y otro pasa completamente desapercibido, diseñar campañas, hablar con lectores, contactar con librerías, medios de comunicación y entender un mundo editorial que cambia constantemente.
La disciplina suele ser mucho menos visible que el talento, pero es infinitamente más determinante. La inspiración puede escribir una página. La constancia construye una carrera. Por supuesto, existe un componente de fortuna. Siempre existe. Un libro necesita encontrarse con sus lectores en el momento adecuado. Negarlo sería poco honesto. Pero la suerte tiene una costumbre curiosa: encuentra con más frecuencia a quienes llevan meses o años preparándose para cuando aparezca.
Ver que cientos de lectores han decidido confiar en una primera novela y que miles de páginas se han leído en Kindle Unlimited confirma que el esfuerzo merece la pena, pero también recuerda algo importante: el verdadero trabajo empieza después de publicar. No sé qué ocurrirá mañana. Lo único que sé con absoluta certeza es que el próximo paso volverá a construirse exactamente igual que el primero: trabajando.
P: – Sin testigos es tu primera novela y cuentas el quiebre emocional de un psicólogo. ¿Cómo se da ese proceso en David, el personaje?
R: – Sin testigos no cuenta cómo un psicólogo pierde el control de un día para otro. Cuenta algo mucho más humano: cómo está acostumbrado a analizar la mente de los demás descubre que la única que nunca llegó a entender del todo fue la suya.
Existe una idea muy extendida de que conocer la psicología protege frente al sufrimiento. En realidad, ocurre exactamente lo contrario. El conocimiento ayuda a poner nombre a muchas cosas, pero no impide sentirlas. Un cardiólogo puede sufrir un infarto y un psicólogo puede verse completamente desbordado por sus propias emociones. La razón no siempre gobierna la conducta. Cuando el trauma, la culpa, el miedo o determinados conflictos internos se acumulan durante años, llega un momento en que la parte emocional supera la capacidad de control que uno creía tener.
David vive convencido de que todo permanece bajo control porque ha construido una vida basada en la rutina, el orden y la observación constante. Cada gesto está medido, cada hábito cumple una función y cada decisión parece racional. Pero ese equilibrio no nace de la paz, sino de la necesidad de mantener cerradas determinadas heridas. Basta con que aparezca la gente adecuada para que esa estructura empiece a agrietarse desde dentro.
Quise que su deterioro fuera progresivo porque así suele funcionar la mente humana. Muy pocas personas se rompen de forma repentina. Antes aparecen pequeñas contradicciones, dudas, emociones difíciles de explicar y mecanismos con los que intentamos convencernos de que todo sigue igual. Hasta que llega un punto en el que sostener esa versión de uno mismo resulta imposible.
También había algo que me interesaba especialmente explorar: la diferencia entre entender una emoción y poder controlarla. David sabe interpretar el comportamiento de otras personas, reconocer patrones y acompañar a sus pacientes. Sin embargo, descubrirá que poseer ese conocimiento no lo convierte en inmune. La inteligencia emocional no elimina el dolor. La formación tampoco. En ocasiones, simplemente permite profundizar con mayor capacidad por qué uno se está rompiendo.
Creo que esa es una de las paradojas más interesantes del ser humano: podemos explicar perfectamente por qué una mente se derrumba… mientras la nuestra empieza a hacerlo al mismo tiempo.
P: – ¿En tu historia los malos y los buenos están dentro de cada personaje?
R: – Nunca me ha interesado escribir sobre el bien o el mal como conceptos absolutos. La pregunta que guía mi escritura es qué ocurre para que alguien llegue a comportarse de determinada manera. La realidad rara vez funciona en blanco y negro; casi siempre está llena de contradicciones.
David es un buen ejemplo. Dedica su vida a comprender y ayudar a otros, pero también arrastra heridas que llevan años condicionando su forma de interpretar el mundo. Su mayor virtud, la capacidad de intentar explicar los mecanismos que gobiernan nuestros actos, termina convirtiéndose también en una de sus mayores limitaciones cuando intenta aplicarla sobre sí mismo. Al igual que sucede con un número considerable de individuos, resulta más sencillo analizar el sufrimiento ajeno que confrontar el propio.
Carla representa otra idea que me interesaba explorar: la inteligencia emocional no siempre se manifiesta de la forma que esperamos. Es un personaje que obliga a cuestionar constantemente quién observa a quién y demuestra que conocer profundamente al resto puede convertirse en una forma enorme de poder.
Nora aporta una mirada distinta. Su curiosidad nace de la búsqueda de la verdad, pero esa misma necesidad de encontrar respuestas la lleva a cruzar límites que muchos también cruzarían si creyeran que están haciendo lo correcto.
Incluso personajes con menos presencia, como el señor Bru, Néstor o Adela, cumplen una función que para mí era esencial. Bru demuestra que el dolor puede confundirse con culpa cuando solo estamos viendo la superficie. Néstor rompe uno de los grandes mitos sobre la salud mental: tener pensamientos intrusivos no convierte a nadie en una mala persona, precisamente porque esos pensamientos generan rechazo y sufrimiento. Y Adela recuerda que la vulnerabilidad muchas veces pasa desapercibida porque aprende a esconderse detrás de la rutina cotidiana.
Como aspirante a estudiante de Neuropsicología, siempre me ha cautivado la noción de que nuestro cerebro no evalúa alternativas exclusivamente mediante la lógica. La memoria, el trauma, la culpa, los mecanismos de defensa o las emociones modifican continuamente la forma en la que interpretamos la realidad. Rara vez encuentro interesante a alguien que siempre acierta o siempre se equivoca. La mayoría de la gente no se levanta pensando en hacer el mal. Se levantan convencidas de que aquello que van a hacer tiene sentido desde su propia historia.
P: – ¿El suspenso que introduces es siempre desde lo emocional?
R: – Busco una narrativa de suspense que trascienda la revelación del autor intelectual, persistiendo en el lector incluso después de haber concluido la lectura.
En numerosos thrillers, la tensión narrativa se sustenta en la resolución del enigma criminal, la cual constituye el punto de partida de la trama. En mi obra la pregunta suele ser distinta: ¿qué tendría que ocurrir para que una persona corriente llegara a cruzar una línea que siempre juró que jamás cruzaría?
Ahí es donde aparece la emoción. No porque sustituya al suspense, sino porque lo crea. Nuestro cerebro necesita sentir que comprende lo que ocurre a su alrededor. Cuando quién tienes delante empieza a actuar de una forma que contradice todo aquello en lo que creía, aparece una incertidumbre muy poderosa. Ya no solo dudas del personaje. Empiezas a preguntarte si tú reaccionarías realmente de una forma diferente.
En Sin testigos intento que el lector no solo observe la caída de David, sino que entienda cada paso que lo acerca a ella. La tensión no nace únicamente de lo que sucede, sino del conflicto constante entre la lógica y las emociones. Solemos pensar que siempre actuaremos de forma racional, pero la realidad demuestra que, cuando el miedo, la culpa, el trauma o la desesperación alcanzan cierta intensidad, la razón deja de dirigir el comportamiento y pasa a intentar justificarlo después. Esa diferencia me parece fascinante y profundamente humana. Está presente durante toda su evolución.
También me gusta que el lector participe activamente en esa tensión. No solo quiero que se pregunte qué ocurrirá en la siguiente página. Quiero que, mientras lee, empiece a cuestionar sus propias certezas. Todos creemos conocernos muy bien hasta que la vida nos coloca en circunstancias que jamás habíamos imaginado.
Por eso el suspense que busco siempre tiene un componente emocional. El crimen puede abrir un universo narrativo, pero el miedo de verdad aparece cuando descubres que la frontera entre un ser corriente y alguien capaz de matar quizá no sea tan infranqueable como nos gusta pensar.
P: – ¿Te apasiona la psicología?
R: – Sí, profundamente. La psicología siempre me ha fascinado porque ofrece algo que muy pocas disciplinas consiguen: acercarse a aquello que no podemos ver. Todos observamos los actos de un desconocido, pero muy pocas veces nos detenemos a pensar qué procesos internos la llevaron hasta ellas. Ahí es donde nace mi interés como escritor.
Me atrae especialmente la conducta criminal. No tanto por el delito en sí, sino por todo lo que ocurre antes de que este exista. La mayoría de las personas no se despiertan una mañana convertidas en asesinos. Existe una historia, un contexto, unas emociones, unos conflictos y una sucesión de decisiones que terminan modificando su forma de entender la realidad. Intentar explorar ese recorrido me resulta mucho más interesante que limitarme a contar el crimen.
Precisamente por esa inquietud tengo la intención de estudiar Neuropsicología. Disfruto aprendiendo cómo funciona el cerebro, cómo construimos nuestro pasado, por qué interpretamos una misma situación de maneras completamente distintas o cómo determinadas alteraciones pueden cambiar nuestra percepción del mundo. Cuanto más conozco la arquitectura de nuestros pensamientos, más consciente soy de todo lo que todavía desconocemos.
Esa fascinación también implica una responsabilidad. Cuando aparecen trastornos psicológicos o enfermedades neurológicas en mis novelas, nunca pretendo utilizarlos como un simple recurso para sorprender al lector. Considero importante tratarlos con rigor y, al mismo tiempo, contribuir a darles visibilidad. La ficción tiene la capacidad de acercar estas realidades a cualquiera que quizá nunca se habían interesado por ellas, pero debe hacerlo desde el respeto, nunca desde el sensacionalismo.
Por eso, aunque Sin testigos sea un thriller, la psicología no actúa únicamente como telón de fondo. Es la forma en la que los personajes piensan, sienten, recuerdan y toman acciones. El suspense nace de su funcionamiento interno mucho antes que de los acontecimientos externos.
Escribo sobre crímenes, sí. Pero mi verdadera obsesión nunca ha sido el delito. Siempre ha sido comprender a la persona que terminó cometiéndolo.
P: – ¿Qué crees que dirán los psicólogos que te lean? ¿Te has enterado de alguno?
R: – De momento no he tenido la oportunidad de conocer la opinión de psicólogos que hayan leído la novela y, sinceramente, es una de las respuestas que más curiosidad y respeto me generan. Si algún día ocurre, probablemente sea una de las críticas que más valore.
Aunque Sin testigos es una obra de ficción, desde el principio tuve claro que David debía sentirse antes como alguien que vive esa realidad, que como un psicólogo. Su profesión forma parte de su identidad, pero no lo define por completo. También duda, se equivoca, arrastra heridas y está condicionado por su vida pasada. Creo que eso es precisamente lo que lo hace creíble.
No soy psicólogo. Precisamente por eso asumí la responsabilidad de documentarme todo lo posible antes de escribir. Leí sobre psicología clínica, trauma, memoria, conducta y distintos trastornos con la intención de construir una narrativa coherente y respetuosa. Además, si todo va bien, este mes de septiembre retomaré mis estudios, porque la psicología y, especialmente, la Neuropsicología, son disciplinas que me apasionan y sobre las que quiero seguir formándome durante muchos años.
Nunca he querido utilizar un trastorno psicológico como un simple recurso para sorprender al lector o justificar una determinada conducta. Al contrario. Aspiro a que la ficción contribuya a dar visibilidad a realidades que afectan a millones de personas, siempre desde el respeto y con la conciencia de que detrás de cada diagnóstico existe alguien con una historia única. Un manual puede describir un trastorno, pero nunca puede describir por completo a uno de nosotros.
Si algún psicólogo leyera Sin testigos, no esperaría que alabara cada detalle técnico. Al contrario, agradecería cualquier observación que me ayudara a seguir aprendiendo y mejorando como escritor. Pero sí me haría especial ilusión que, al terminar la novela, sintiera que los personajes reaccionan como seres humanos de verdad y que, por un momento, olvidara que está leyendo ficción para centrarse únicamente en la figura que tiene delante.
Si un profesional de la psicología pudiera leer Sin testigos sin sentir que la novela traiciona aquello a lo que ha dedicado su vida, entendería que he hecho bien mi trabajo.
P: – Una vez que el lector termina tu libro, ¿qué crees que recordará más, a Sin testigos o a Viktor Kane?
R: – Espero que recuerde Sin testigos. Viktor Kane solo tiene sentido si sirve para conducir al lector hasta la novela y su universo. El día que alguien recuerde antes mi nombre que una novela, sentiré que algo no ha funcionado. Un escritor puede despertar curiosidad durante unos minutos; una buena obra permanecer durante años.
Para mí, escribir thriller psicológico significa llevar un conflicto emocional hasta el límite y preguntarme qué ocurre dentro de una persona cuando todas las certezas que sostenían su vida empiezan a derrumbarse. Un asesinato puede ser el punto de partida de una historia, pero no es lo que más me apasiona. Lo verdaderamente fascinante es intentar explicar cómo una psique llega hasta ese punto.
Creo que vivimos en una sociedad que afirma constantemente no juzgar a los demás. Todos hemos escuchado frases como «yo no juzgo a nadie» o «esa no es mi opinión». Sin embargo, nuestro cerebro lleva haciéndolo desde mucho antes de que pronunciemos una sola palabra. En cuestión de segundos interpretamos una mirada, una forma de vestir, un silencio, un gesto o una expresión facial. Construimos hipótesis continuamente y muchas veces actuamos como si fueran hechos. Esa necesidad de interpretar el mundo forma parte de nosotros y, precisamente por eso, también nos hace equivocarnos.
Ahí encuentro uno de los grandes pilares del thriller psicológico. Me gusta escribir personajes que obliguen al lector a revisar constantemente sus propias conclusiones. No porque busque engañarlo, sino porque quiero recordarle que la realidad rara vez es tan simple como parece. Cada uno es el resultado de experiencias, recuerdos, heridas, miedos y decisiones que los demás desconocemos casi por completo.
Por eso intento que mis novelas no se limiten a plantear la pregunta de quién hizo algo, sino otra mucho más incómoda: ¿por qué estamos tan seguros de saber quién es realmente una persona? Esa duda me parece infinitamente más interesante que cualquier persecución o cualquier escena de acción.
Escribir thriller psicológico también implica una responsabilidad. Desentrañar el comportamiento humano no significa justificarlo. Una novela puede ayudar a entender el origen de determinadas decisiones sin legitimarlas. Para mí esa diferencia es fundamental y marca la distancia entre explicar una conducta y disculparla.
P: – ¿Te gusta jugar a ser Dios?
R: – Es una pregunta peligrosa porque parte de una premisa con la que no termino de estar de acuerdo: que el escritor tiene el control. La realidad es bastante menos elegante. Cuando empiezo una novela sí tengo la sensación de saber exactamente hacia dónde va todo. Conozco el conflicto, el desenlace e incluso algunas escenas importantes. Entonces aparecen los personajes y empiezan a estropearme los planes con una eficacia admirable.
Siempre pongo el mismo ejemplo. Si mi protagonista toma una decisión únicamente porque yo necesito que la tome para llegar al siguiente capítulo, la novela acaba de perder toda su credibilidad. El lector quizá no sepa explicar por qué, pero nota que algo chirría. En cambio, cuando un a figura actúa de forma coherente con su personalidad, aunque eso obligue a cambiar veinte páginas o incluso el final entero, la historia gana una autenticidad que no se puede fabricar.
Muchas veces me preguntan si alguno de ellos “cobran vida”. Evidentemente no salen de las páginas a prepararse un café, pero sí ocurre algo muy curioso. Después de convivir con ellos durante cientos de páginas acabas conociéndolos casi como a una persona real. Sabes cómo hablarían, qué les molestaría, de qué se reirían y, sobre todo, qué caminos jamás tomarían. A partir de ese momento ya no escribes lo que tú quieres que hagan. Escribes lo único que ellos podrían hacer sin dejar de ser ellos mismos.
Ahí desaparece gran parte del supuesto poder del escritor. Dejas de mover fichas y empiezas a escuchar las voces de la novela.
Además, siempre he pensado que el lector es quien termina de completar una novela. Yo puedo describir una habitación, una mirada o un silencio, pero cada persona lo reconstruye utilizando sus propios recuerdos, sus propios miedos y sus propias experiencias. En cierto modo, cuando un libro se publica deja de pertenecer completamente al autor. Pasa a existir una versión distinta de esa historia en la cabeza de cada lector.
Así que, si realmente pudiera jugar a ser algo, probablemente no elegiría ser Dios. Preferiría ser un testigo privilegiado. El primero en descubrir cómo reaccionan unas personas que solo existen porque un día decidí hacerles una pregunta muy sencilla:
”¿Qué harías si tu vida cambiara para siempre en los próximos cinco minutos?”
A partir de ahí, procuro no interrumpir demasiado. Porque las mejores elecciones que han tomado los protagonistas de mis novelas nunca han sido las que yo había planeado. Han sido las que me han obligado a escribir.
MADRID, ESPAÑA
Julio, 2026
