Lo aparente, lo real y el testigo de concreto:
Una mirada a la Caracas de Adrián Pujol
La exposición Lo aparente y lo real de Adrián Pujol en Cabinet Gallery activa mucho más que una revisión retrospectiva de sus primeros años en Venezuela. A partir de la memoria de los muros caraqueños y de una experiencia personal atravesada por la misma ciudad y el mismo tiempo histórico, este texto propone una reflexión sobre la mirada, la memoria urbana y la persistencia afectiva de una Caracas que todavía sobrevive en quienes la vivieron.

Hay sincronías sutiles que uno solo alcanza a descifrar con la perspectiva y la madurez que regala el tiempo. El 17 de noviembre de 1973 recibí mi título de ingeniero en los Estados Unidos; un logro que, más allá del rigor académico, significaba para mí el cierre de una etapa formativa y la enorme expectativa del retorno. En diciembre de ese mismo año ya estaba de regreso en Caracas, listo para incorporarme al motor constructivo de un país que bullía de futuro. Llegaba con la maleta llena de proyectos y los ojos ávidos por redescubrir la fisonomía de mi propia ciudad, ahora desde la perspectiva de la vida profesional que apenas iniciaba.
Casi al mismo tiempo, a mediados de 1974, un joven artista llamado Adrián Pujol desembarcaba en Venezuela proveniente de Palma de Mallorca. En aquel entonces, nuestros caminos personales no se cruzaron en un plano físico; no compartimos un café ni coincidimos en un taller. Sin embargo, hoy entiendo que nuestras miradas compartían el mismo territorio, la misma luz caribeña y una idéntica vibración temporal.
Mientras yo regresaba a lo propio con la sutil distancia que otorga el haber estado fuera, él llegaba a lo desconocido con el asombro del recién venido que intenta descifrar un entorno que rompía con todos sus estereotipos europeos de lo tropical. Éramos dos jóvenes contemplando la misma Caracas vibrante y moderna, atravesada por el concreto, la velocidad y una sensación de futuro que parecía inagotable. Sin saberlo, ambos comenzábamos a ensayar una nueva forma de mirar y vivir el país.
Esta coincidencia histórica me evoca inevitablemente lo que el filósofo y teórico ruso Mikhail Bakhtin llamaba exotopía: ese neologismo con el que se refiere a «el hecho de estar fuera», la distancia e independencia espacial y temporal involucrada en toda creación artística y en la auténtica comprensión de la otredad. Para Pujol, la exotopía era una condición geográfica y cultural inevitable, el punto de partida para asimilar el paisaje y los hábitos del lugar al que se integraba. Para mí, el regreso tras los años de estudio en el exterior me otorgaba una distancia similar: la capacidad de mirar lo cotidiano con ojos nuevos, de no dar la ciudad por sentada y de apreciar el pulso urbano desde una sensibilidad distinta.
En mi geografía personal, ese ejercicio de contemplación encontró su escenario perfecto en la trinchera de la Avenida Libertador. En aquellos primeros años de mi carrera, esa arteria vial era mi ruta obligada diaria, el corredor que unía mi vida familiar y mi trabajo. Mañana y tarde, el recorrido en automóvil se transformaba en una suerte de secuencia cinematográfica en movimiento. Fue en esa cotidianidad donde guardé en la retina las intervenciones de Pujol sobre el concreto de la trinchera.
Convivir diariamente con aquellas imágenes urbanas fue un privilegio silencioso. Fui testigo de la frescura original de esos muros, de cómo absorbían el sol caraqueño y el hollín del tráfico, y también de cómo, con el pasar del tiempo, fueron envejeciendo. Ver ese entorno transformarse con los años fue como ver envejecer al propio país: un proceso inevitable, pero cargado de historia y dignidad. Aquella trinchera, en mi memoria, terminó convirtiéndose en el cronista visual de mi propia juventud.
Hoy, más de cinco décadas después, ese fragmento de mi memoria individual encuentra un eco expansivo en el presente. La exposición “Lo aparente y lo real” en Cabinet Gallery en el Centro de Arte Los Galpones, con la curaduría de Tahía Rivero, nos invita a un ejercicio de reencuentro extraordinario. Pero a diferencia del recuerdo específico que yo resguardo de la Avenida Libertador, la muestra actual de Adrián Pujol se abre hacia una dimensión más amplia: una investigación sobre múltiples muros de la ciudad de Caracas que formaban parte del paisaje hasta tal punto que uno terminaba creyendo que siempre estarían allí. Y sin embargo desaparecieron, como desaparecen tantas cosas en las ciudades sin que nadie anuncie realmente su final.
Al recorrer desde la distancia las imágenes de la muestra, que reúne el trabajo retrospectivo de sus primeros años en el país, entiendo que aquellos muros que Pujol plasma en sus obras son mucho más que simples superficies urbanas. Son contenedores de memoria, fragmentos de una fisonomía colectiva que todavía persiste en quienes vivimos aquella ciudad. El artista no se limita a un solo punto cardinal; nos ofrece una mirada que decodifica las texturas, las marcas del tiempo y los hábitos de vida inscritos sobre las superficies que sostenían a toda Caracas. Aquello que en los años setenta comenzó como la tarea de un pintor emigrado por reconocer su nuevo entorno, hoy se nos presenta como un inventario poético y arqueológico de la urbe entera.
Muchas de las dinámicas urbanas y de las imágenes de aquella época ya no existen físicamente en la Caracas actual, pero la obra de Adrián opera como un maravilloso catalizador. Su regreso a la ciudad para mostrar estas piezas no es un acto de lamento, sino una restitución. Nos devuelve, a través de sus lienzos, las superficies que todos habitamos; nos permite reencontrarnos con una sensibilidad urbana que creíamos perdida bajo las capas del tiempo y la velocidad contemporánea.

Vista hoy, la Caracas de aquellos años aparece en estas pinturas no como una ciudad idealizada, sino como una ciudad intensamente observada. Una ciudad moderna, contradictoria, áspera por momentos, pero todavía atravesada por cierta confianza silenciosa en el futuro. La textura de aquellos muros urbanos que vi nacer y envejecer no me produce pesadumbre; al contrario, despierta en mí una nostalgia sana y luminosa. Es la alegría profunda de poder decir «yo estuve allí», el orgullo de haber transitado esa Caracas moderna y pujante como ingeniero, y la fortuna de haber contado con artistas capaces de preservar aquella belleza contra el olvido.
Quizás por eso las obras producen una emoción tan particular. No porque documenten algo perdido, sino porque nos permiten volver a experimentar una sensibilidad urbana que muchos creíamos olvidada.
En tiempos donde las ciudades parecen consumirse aceleradamente en la inmediatez y el deterioro visual, la exposición de Adrián Pujol posee además otro valor: el de recordarnos que mirar también es una forma de preservar.

La muestra en la Cabinet Gallery es, en última instancia, una celebración de la permanencia. Aunque el concreto de la Avenida Libertador haya cambiado y las paredes de la ciudad muestren hoy otras cicatrices, la pintura de Adrián Pujol logra que el pasado no sea un territorio inalcanzable, sino un espacio vivo. Un lugar al que siempre podemos regresar para llenarnos de fuerza, recordar quiénes somos y celebrar el camino recorrido.

Cesar Sasson
Magíster en Curaduría de Arte
Ciudad de Panamá – Julio 2025
coleccionsasson@gmail.com
@coleccionsasson
Ciudad de Panamá , Panamá
Mayo, 2026