Entrevista al escritor
Xesús García:
“Pienso que nadie debería enterrar los nombres cuando eso ya es lo único que queda de nosotros”

Xesús García
Xesús García nació en España, creció en México y vive en Estados Unidos. Estamos ante un ingeniero amante de la escritura de ficción. De esa pasión surge su primera novela “Nadie entierra los nombres”, una obra de suspense psicológico con una investigación de fondo que involucrará al lector hasta sus últimas consecuencias. Un jesuita navarro a punto de renunciar; la violencia en Centroamérica, un regreso a España, unas supuestas apariciones marianas en México son algunos de los ingredientes de esta historia difícil de ignorar.

Por: Andrea Lugo.
Pregunta: – ¿El título de tu novela nace más de un deseo o, en efecto, “nadie entierra los nombres”?
Respuesta: – Nace del deseo de no olvidar. Una de mis aficiones es la genealogía. Me gusta investigar el pasado y averiguar qué hicieron las personas que me hicieron posible. Cuando uno mira hacia atrás, después de cierto tiempo, solo encuentra nombres. Y después, ni siquiera eso. Creo que mientras exista un nombre, al menos queda vivo un recuerdo. Una vida entera reducida a una anotación, a dos o tres palabras solo. Pero al menos queda algo. En ese sentido, enterrar los nombres es para mí el olvido total.
En esta novela hay personas que intentan tener el control absoluto sobre la verdad: deciden qué se cuenta y qué se olvida. Se enfrentan a los que quieren que nada se pierda, que la verdad salga a la luz. De esta tensión surge el título. Pienso que nadie debería enterrar los nombres cuando eso ya es lo único que queda de nosotros. Nadie.
P: – Cuentas la historia de un jesuita español. Es una realidad muy latinoamericana, la convivencia con jesuitas españoles. ¿Viviste algo similar o es pura invención?
R: – De joven, tuve la oportunidad de tratar con un par de sacerdotes que habían pasado por El Salvador. No eran jesuitas. Uno era agustino y me parece que terminó en alguna parroquia del norte de México. Otro, español, se perdió entre los machiguengas del Perú a finales de los años ochenta. Allí daba la comunión a masticar junto con hojas de coca. Fue una gran controversia, claro. No sé qué habrá sido de ellos, pero las conversaciones que tuve con ellos y su manera de entender el compromiso con los demás, su cosmovisión, se me quedaron grabadas.
José María, el protagonista jesuita, surge de la imaginación. No está inspirado en ninguna persona en concreto, aunque en él se amalgaman rasgos humanos que siempre me ha interesado explorar.
A lo largo de la novela se genera una tensión entre él y otros personajes que representan posiciones religiosas muy opuestas. Por un lado, aquellos que entienden su vocación desde la cercanía a la pobreza y la búsqueda de justicia —la teología de la liberación—, y por otro, quienes han encontrado una forma de vida cómoda junto al poder. El protagonista está seguro de sus convicciones, pero a la vez tiene miedo. Un miedo profundo. Se contradice, cae. No siempre está a la altura de lo que quiere defender.
Es cierto que Latinoamérica ha estado ligada a los jesuitas, pero también lo está a otras expresiones del catolicismo que han dejado su huella en el continente: los legionarios de Cristo, el Opus o los carismáticos. La disparidad en cómo entienden la fe es patente en su manera de actuar. Eso es algo que me pareció más interesante que hacerlo actuar como un representante de una iglesia buena frente a otra mala y que ayudó a marcar más el conflicto de los personajes.
P: – Cuéntanos algunos detalles de este jesuita.
R: – José María Arizaleta es un jesuita navarro y también ingeniero electrónico. Tiene una formación científica que lo lleva a buscar explicaciones y a desconfiar de lo que no puede comprobar. Cuando comienza la historia, ha vuelto de El Salvador con una herida muy profunda y una relación con Dios que apenas se sostiene. Está pensando en abandonar la Compañía de Jesús cuando lo involucran en la investigación de unas supuestas apariciones marianas en México.
Tiene una mirada irónica, sarcástica, a veces bastante incómoda, y una soberbia intelectual que no siempre reconoce. Cree que su escepticismo lo protege, pero a medida que avanza la investigación también empieza a dudar de sus propios sentidos. Y duda de sus dudas. Le preocupa Ana Lucía, la joven que dice ver a la Virgen, porque a su alrededor hay demasiada gente dispuesta a hablar en su nombre.
Es capaz de llegar a los extremos con tal de hacer valer su verdad. Quise poner a ese hombre, con toda su preparación y todas sus grietas, ante algo que no consigue ordenar con las herramientas que tiene a mano.
P: – La violencia en Centroamérica también está presente.
R: – Sí, y se manifiesta en varias vertientes. Primero está el pasado de José María en El Salvador. La guerra civil entra en la novela desde la experiencia de alguien que ha convivido con comunidades campesinas y ha visto cómo la violencia alcanza la vida cotidiana y destruye incluso aquello que parecía estar a salvo. Esa experiencia cambia su manera de entender su vocación y el lugar que ocupa entre los demás.
Cuando por fin el protagonista llega a México, lleva consigo toda esta carga. Lo vemos en su actitud ante la vulnerabilidad de Ana Lucía, que tiene mucho que ver con lo que ha vivido. También en México se encontrará con otra forma de violencia. Y el peso de la culpa y el temor a lo que puede encontrar no lo dejan en paz.
P: – ¿La culpa es otro de los grandes temas de tu novela?
R: – Sí. Sobre todo, esa culpa que a veces uno lleva consigo sin saber muy bien qué hacer con ella. Pienso que la culpa puede ser un motor que nos empuja a enmendar las cosas. Ver cómo ayudar a alguien o buscar el beneficio detrás del perjuicio. Pero también puede llegar a paralizarnos o, si la dejamos aflorar, servirnos de la mejor excusa para no hacer nada en realidad. Y, desde luego, sentirse culpable no significa que uno vaya a actuar mejor la próxima vez.
A José María, como protagonista, le pesa la culpa. Y mucho, tanto por lo que hace como por lo que calla. La memoria tiene sus maneras de acomodar aquello que nos cuesta aceptar. Y creo que eso vuelve más difícil el juicio sobre nosotros mismos. Una de las preguntas que explora la novela es hasta dónde estamos dispuestos a mirar cuando la responsabilidad deja de ser un asunto de los demás. También hay dolor, memoria, angustia, ironía y humor.
P: – ¿Un thriller o una novela intimista?
R: – La novela se construyó con una estructura que encaja en la tradición del suspense psicológico. Hay una investigación que avanza, confusión, testimonios que se contradicen, presiones externas y amenazas concretas. Quisiera que quien lea se interesara por saber qué ocurre con esas apariciones y por qué hay tanto interés en que se acepten determinadas explicaciones.
También pretendí que el mundo sensorial formara parte de la trama: olores, sabores, sonidos, música… no solo de la ambientación. Todo se percibe desde la perspectiva de José María y creo que nos ayuda a entender mejor al personaje, de un modo más íntimo. Y es un narrador que escribe cuarenta años después de los hechos. Tiene esa perspectiva única de la memoria. Así que lo íntimo está metido en la narración desde el principio. Sus recuerdos, sus prejuicios y sus temores influyen en lo que cree comprender. Jugué para que la tensión conviviera con la observación del entorno, con las conversaciones y con la ironía.
P: – El argumento tiene ingredientes muy latinoamericanos, tú naciste en España, pero viviste mucho tiempo en México. Como escritor, ¿te sientes de algún lugar en particular?
R: – Después de vivir a caballo entre varios mundos, llega un momento en que las nacionalidades ya no alcanzan para explicar lo que uno es. Tengo tres pasaportes: español, mexicano y norteamericano. Y creo que esos documentos muestran una trayectoria. Nací en Asturias, crecí en México y he vivido los últimos casi veinte años en Miami, este perol que recoge a toda Latinoamérica en un mismo sitio. Además, por mi trabajo en el mundo de la tecnología, me tocó recorrerla de punta a punta muchas veces.
Todo eso acaba entrando en la manera de escribir. En el oído que uno tiene para una conversación, en los detalles que le llaman la atención, en las cosas que le resultan familiares aunque ocurran a miles de kilómetros de donde nació. Al final se diluyen las fronteras en la mente y uno termina siendo algo difícil de explicar. Creo que tengo un poco de todo y un mucho de nada.
P: – ¿Cuáles son los aspectos que más te interesan de Latinoamérica a la hora de crear?
R: – La diversidad y el enorme potencial de esta región. Una historia riquísima y muchos elementos de cohesión. Sus contradicciones y sus aspiraciones. Compartimos mucho, empezando por la lengua relativamente homogénea en buena parte del continente, aunque eso no borra por completo las diferencias.
Por todas partes encontramos herencias precolombinas que siguen muy vivas y que conviven con lo que llegó de Europa y con lo que cada sociedad ha ido construyendo después. Es un mundo joven que sigue reinventándose de continuo.
Con Nadie entierra los nombres, procuro que un mismo acontecimiento pueda leerse a la vez desde la fe católica, desde una tradición indígena o desde el escepticismo científico de José María. Tres elementos que definen bien, en mi opinión, nuestra cultura. Contradicciones que se complementan, que no compiten.
Además, en la trama hay quienes ven una oportunidad económica o política en las apariciones. Una búsqueda descarada de beneficios personales. Y no porque esta búsqueda sea intrínsecamente latinoamericana, sino porque hay que reconocer que nuestra historia como continente está, aunque no nos guste, plagada de esos individualismos impulsivos.
Y ahí es donde pienso que puede residir el germen creativo.
P: – ¿Por qué decidiste publicar por tu cuenta una novela que quizá pudiera interesar a muchas editoriales?
R: – Impaciencia. Cuando tienes más de sesenta años y una historia que contar, no te puedes dar el lujo de tocar puertas indefinidamente hasta que se abra una. Llega un momento en el que quieres que el libro encuentre lectores y decides hacerte cargo de ese camino, con todo el trabajo que implica.
Creo que las plataformas de autopublicación son una alternativa muy válida. Hoy podemos hacer llegar nuestras historias a personas a las que habría sido mucho más difícil alcanzar hace apenas unas décadas. Eso no garantiza que alguien vaya a leerlas; también hay que aprender cómo acercarse a los lectores. Pero tener esa posibilidad y aprovecharla me parece una decisión razonable. En mi caso pesó mucho el deseo de ver esta historia fuera de mis manos y empezar a descubrir qué les decía a otros.
P: – ¿Seguirás siendo un escritor independiente?
R: – Seguiré con el compromiso de escribir. La independencia es otra cosa. Por ahora, este es el camino que he iniciado y por aquí seguiré andando. Me permite tomar decisiones sobre el libro y también me obliga a aprender cosas que antes veía desde lejos. La autopublicación conlleva un trabajo propio, y estoy descubriendo lo que significa hacerlo por esta vía. Tampoco ha sido un camino tan fácil como esperaba.
No tengo experiencia en ella, pero creo que la edición tradicional tiene mucho que ofrecer. Aporta experiencia y cuenta con medios muy potentes para llevar las historias hasta sus lectores. Así que no sé si siempre mantendré esta línea. Ya lo dice el refrán: «Nunca digas de esta agua no beberé». Pero eso no depende de mí.
Ya lo dije: fue la impaciencia la que me llevó a buscar una vía más rápida. Por mi parte, estoy abierto a lo que pueda venir. Mientras tanto, quiero seguir escribiendo hasta donde me lleve el camino y que esta novela encuentre a quienes puedan disfrutarla.
Madrid, España
Octubre, 2026