Que no se te vaya la vida tratando de no perder nada
Por Eliana Montemayor,
La escritora mexicana, autora del exitoso libro “Soltar para sanar”, nos ofrece en exclusiva un artículo sobre los temores del siglo XXI. ¿Qué nos paraliza, qué nos detiene? Un llamado importante a no posponer nuestro presente.

Abres los ojos y buscas el teléfono. Todavía no has puesto los pies en el suelo y ya hay algo que responder, alguien con quien compararte, una noticia que te preocupa. Antes de preguntarte cómo estás, ya sabes qué necesita el mundo de ti.
Entonces empieza la carrera: contestar, producir, resolver, parecer que puedes. Y entre todo lo urgente queda pendiente una pregunta: ¿cuánto de lo que haces nace de lo que deseas y cuánto del miedo a lo que podría pasar si dejaras de hacerlo?
Los temores del siglo XXI tienen pantallas, contraseñas y notificaciones. Pero debajo siguen latiendo preguntas profundamente humanas: ¿estaré a salvo?, ¿tendré suficiente?, ¿me seguirán queriendo?, ¿habrá un lugar para mí?
Tememos quedarnos atrás. Que cambie el trabajo y lo que aprendimos deje de ser suficiente. Que una máquina haga en segundos lo que nos tomó años dominar. Que el dinero no alcance. Que nuestros hijos enfrenten un mundo que tampoco nosotros sabemos explicar. Que una llamada cambie para siempre una tarde cualquiera.
Y a esas preocupaciones se suma una exigencia agotadora: vivir todo eso sin que se note demasiado.
La mandíbula apretada. Los hombros tensos. Te acuestas y sigues repasando lo que quedó pendiente. El día terminó… tu cuerpo sigue en guardia.
Hemos aprendido a presentar versiones aceptables de nuestro cansancio. Decimos “mucho trabajo” cuando también hay tristeza. Decimos “todo bien” porque contar la verdad tomaría más tiempo del que parece tener quien pregunta. Subimos una fotografía y dejamos fuera de cuadro lo que nos está costando sostener esa sonrisa.
Hay una soledad que se parece mucho a esto: tener a quién escribirle y sentir que no puedes decirle cómo estás.
El miedo al rechazo puede volvernos expertos en adaptarnos. Sabemos qué callar para evitar una discusión, qué aceptar para conservar un lugar, cuánto dar para seguir siendo necesarios.

Nos volvemos fáciles de querer a costa de volvernos difíciles de escuchar por dentro.
Después llega el cansancio de una vida en la que todos parecen tener permiso de pedirnos algo, mientras nosotros necesitamos justificar hasta el descanso.
¿En qué momento empezaste a sentir que debías ser indispensable para merecer cariño?
Una tarea puede cambiar de manos. Un puesto puede desaparecer. Una relación puede terminar. Nada de eso alcanza para explicar el valor de una persona. Sin embargo, cuando hemos puesto toda nuestra identidad en ser útiles, elegidos o admirados, cualquier cambio puede sentirse como una sentencia sobre quienes somos.
Por eso duele tanto mirar vidas ajenas cuando la nuestra está llena de preguntas. Vemos un logro, un viaje, una pareja, y convertimos una imagen en una medida de lo que nos falta. Ignoramos las condiciones, las renuncias y las dificultades detrás de esa escena. Aun así, nos juzgamos con ella.
También existe el miedo que no se publica: notar de pronto la fragilidad en las manos de nuestros padres. El sobresalto de un teléfono que suena de madrugada. Preguntarnos quién nos acompañaría durante una enfermedad. Descubrir que el tiempo avanza incluso mientras esperamos sentirnos listos.
Frente a eso, intentamos controlar. Revisamos, anticipamos, insistimos. Queremos una garantía antes de amar, antes de cambiar, antes de descansar. Pero ninguna cantidad de vigilancia puede ofrecernos una vida sin pérdidas.
Y vivir intentando impedirlas todas tiene un costo: podemos terminar ausentes de aquello que tanto queremos conservar. Estar junto a alguien pensando en cuándo se irá. Pasar un día tranquilo buscando señales de lo que podría salir mal. Posponer una conversación importante hasta que ya no exista la oportunidad de tenerla.
El miedo merece ser escuchado. Nos advierte de peligros y nos recuerda cuánto nos importa algo. También necesita límites cuando empieza a decidir cada respuesta, cada vínculo y cada renuncia.
Hay preocupaciones que requieren soluciones concretas: ingresos, atención médica, seguridad, apoyo. Una frase bonita no paga una deuda ni vuelve seguro un lugar peligroso. Reconocerlo es una forma de respeto hacia quien está haciendo lo posible por sostener su vida.
Precisamente por eso, hace falta dejar de añadir culpa al miedo.
El miedo ya pesa bastante.
Sentirte rebasado no te convierte en un fracaso. Tener dificultades no significa que hayas pensado mal, amado poco o carecido de fe. Hay cargas para las que necesitamos otras manos.
Soltar puede comenzar por una exigencia: tener que resolverlo todo sin ayuda. Por una costumbre: decir que sí antes de escucharte. Por una creencia: que descansar te vuelve menos valioso o que poner un límite hará que dejes de merecer amor.
También puede significar aceptar que alguien se fue y que seguir amándolo será distinto. Darle espacio al duelo. Dejar de ponerle fecha a una herida. Permitir que una persona de confianza te acompañe sin obligarte a parecer fuerte durante toda la conversación.
Volver a ti empieza en momentos así. Cuando alcanzas a decir “esto me duele” sin apresurarte a quitarle importancia. Cuando reconoces “necesito apoyo” y eliges a quién pedírselo. Cuando te das tiempo para decidir en lugar de responder desde el temor a decepcionar.
Puedes empezar hoy con una pregunta concreta: ¿qué estoy intentando evitar y cuánto me está costando?
Escucha la respuesta con honestidad. Después elige algo que esté a tu alcance: expresar una necesidad, revisar una preocupación con alguien que sepa orientarte, poner un límite posible de sostener, recuperar una hora para una persona que amas. Un gesto pequeño puede abrir una posibilidad que llevabas tiempo posponiendo.
Habrá decisiones que necesiten preparación. Habrá circunstancias que tarden en cambiar. Mientras tanto, tu vida merece momentos que no estén dedicados únicamente a resistir.
Esta noche, cuando dejes el teléfono, recuerda algo que sí ocurrió: una conversación, una comida compartida, una dificultad que pudiste nombrar. Hazle lugar también a lo que deseas vivir mañana.
El miedo ya te ha dicho mucho sobre lo que podrías perder.
Ahora escúchate tú: ¿qué quieres dejar de posponer?
MADRID, ESPAÑA
Septiembre, 2026