
Una trayectoria entre oficio y conciencia
En el panorama de la fotografía venezolana contemporánea, la obra de Ana María Yanes (IG: @anamaria.yanes) ocupa un lugar singular por su coherencia ética y estética. Con más de dos décadas de trayectoria, su práctica se despliega entre el retrato corporativo, la docencia, el paisaje y la experimentación autoral, pero es en la contemplación de la naturaleza donde su discurso alcanza una densidad espiritual poco frecuente en el medio local.
Formada en la cultura del laboratorio químico y el negativo de 35 mm, Yanes pertenece a una generación que vivió la fotografía como un oficio de paciencia. La experiencia del cuarto oscuro (la ampliadora, el papel de fibra, los baños de revelador y fijador, la espera frente a la imagen que emerge) no fue para ella un simple procedimiento técnico, sino una pedagogía de la mirada.

La mística del proceso frente a la inmediatez digital
Desde su perspectiva docente, uno de los desplazamientos más significativos de las últimas décadas ha sido la pérdida de reflexión en el proceso fotográfico. La inmediatez digital y la omnipresencia del teléfono inteligente han democratizado la producción de imágenes, pero también han erosionado, a su juicio, la reflexión previa al disparo.
Para Yanes, el conocimiento del origen —el negativo, el revelado, la comprensión de la luz— no es nostalgia tecnológica, también es un fundamento epistemológico: entender cómo se construye la imagen es comprender qué significa mirar, además de entender sobre la luz desde la imaginación, no desde la comprobación en pantalla.

Una fotógrafa que transita géneros
Su trayectoria revela una movilidad deliberada: desnudo, documental, retrato corporativo, moda, paisaje. Según Ana María, no se trata de dispersión sino de depuración. La moda fue una etapa que transitó hasta reconocer en ella un límite expresivo. El retrato, en cambio, se consolidó como territorio fértil, especialmente en el ámbito corporativo, donde ha trabajado durante años para instituciones de alto perfil, dada la calidad de su trabajo.
En el retrato corporativo ha desarrollado una ética del encargo que no sacrifica la autoría. Hay protocolos que respetar, pero también una búsqueda de autenticidad. La sesión se convierte en un intercambio humano donde conversación, escucha y dirección sutil del cuerpo y la luz construyen una imagen digna y veraz.
La fotogenia como encuentro
Para Yanes, no existen sujetos “no fotogénicos”; existe, en todo caso, una falta de encuentro entre ángulo, iluminación y energía compartida. La experiencia le ha enseñado que cada rostro posee un punto de equilibrio donde se manifiesta su mejor versión. Esta convicción se apoya en un conocimiento técnico afinado por años de práctica, en su caso, no es artificio, es un proceso que utiliza como herramienta para encontrar el encuadre perfecto que transmita la sensación indicada.

El paisaje como territorio espiritual
Es en el paisaje donde su obra alcanza un registro más íntimo. Bajo títulos como “Anatomía de la Tierra” o “Planeta latente”, Yanes construye un corpus visual que trasciende el registro descriptivo. Hojas secas de yagrumo, superficies acuáticas, texturas minerales: elementos humildes son elevados a la categoría de epifanía visual.
La elección de nombres como “Manto sagrado” o “Agua bendita” responde a una cosmovisión donde cada forma viva participa de lo sagrado. Fotografiar la naturaleza implica para ella un acto de atención plena, una disposición meditativa donde la cámara se convierte en instrumento de conexión.
Naturaleza, ética y contemplación
La espiritualidad en su trabajo no es decorativa. Se inscribe en una práctica de vida que incluye el yoga, el vegetarianismo y una reflexión constante sobre el deterioro ambiental. El paisaje no es escenario sino interlocutor. Nombrar, encuadrar, aislar un fragmento del mundo es también una forma de decir: esto merece ser visto, protegido, amado. En ese sentido, su trabajo dialoga con una tradición de fotógrafos que han entendido el paisaje como territorio ético, no solo estético.

Encargo y obra autoral: dos lenguajes, una intención
Yanes distingue con claridad entre encargo y obra autoral. En el primero existe un compromiso con el cliente y un marco de reglas que orienta el lenguaje visual. En la segunda, la libertad es mayor y la imagen responde a un diálogo interior.
Sin embargo, en ambos casos subyace una intención comunicativa consciente. Ninguna fotografía es accidental: toda imagen es el resultado de una decisión narrativa.
La fotografía como práctica de conciencia
En un contexto de sobreproducción visual, la obra de Ana María Yanes propone una pausa. Su trayectoria demuestra que la técnica puede ser aliada de la espiritualidad. El dominio del proceso —químico o digital— no es un fin en sí mismo, sino una vía para afinar la sensibilidad.
En tiempos de velocidad e inmediatez, su apuesta por la atención, la reflexión y la sacralidad de lo vivo constituye una posición crítica. La fotografía, en su caso, no es solo profesión ni disciplina artística: es una práctica de conciencia donde cada hoja, cada rostro y cada textura del mundo se convierten en oportunidad para mirar (y mirarnos) con mayor profundidad.
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Prof. José Ramón Briceño Diwan
Caracas, D.C. Venezuela
Febrero,2026