Amalanga Awafani: estar, mirar, aceptar
A partir de la experiencia de la exposición Amalanga Awafani (No todos los días son iguales), presentada en Casa Santa Ana, en Ciudad de Panamá, este texto reflexiona sobre la obra de Zanele Muholi desde una perspectiva situada. Más que una reseña, propone una lectura sobre el encuentro con el otro, la visibilidad y la aceptación de la diferencia en un contexto local que dialoga con una práctica artística de alcance internacional.

El pasado sábado 24 de enero asistí en Casa Santa Ana, en Ciudad de Panamá, a la inauguración de Amalanga Awafani —No todos los días son iguales—, exposición de la fotógrafa sudafricana Zanele Muholi. La muestra, impulsada desde Casa Santa Ana y realizada con el apoyo institucional correspondiente, se presentó como algo más que una exhibición de obra: fue una experiencia de encuentro, de escucha y de presencia.
No me detendré en describir la fotografía de Muholi ni en recorrer los ejes que han definido su práctica a lo largo de los años, ampliamente conocida en el campo del arte contemporáneo internacional. Prefiero centrarme en lo que ocurrió en ese espacio y, sobre todo, en lo que significó vivir esta exposición desde Panamá.
Uno de los gestos más relevantes de Amalanga Awafani es la incorporación de integrantes de la comunidad LGBTQ+ panameña al proyecto Faces and Phases. Este gesto se inscribe de manera coherente en una práctica que Muholi ha desarrollado en múltiples contextos y países —desde Sudáfrica hasta el Reino Unido, Estados Unidos, Portugal, Brasil o México— y que aquí encuentra una resonancia particular. No se trata de “sumar” un nuevo territorio, sino de activar un diálogo situado, donde las identidades locales entran en conversación con un archivo vivo, en expansión constante.

Ver estos retratos en Panamá —realizados aquí, con cuerpos, rostros y miradas de este contexto— produce una sensación poco frecuente: la de formar parte de una conversación más amplia sin perder la especificidad de lo local. Para el público panameño, esto implica no solo el acceso a una obra de alcance internacional, sino la posibilidad de reconocerse dentro de una narrativa que históricamente ha excluido o silenciado a muchas de estas vidas.
La experiencia se amplificó con la presencia del equipo de trabajo de Muholi. Una cantante de voz profundamente conmovedora, un cuerpo de baile que asumía a la vez funciones logísticas y performativas, y una atmósfera que desdibujó los límites entre inauguración, acción colectiva y ritual. Nada parecía accesorio. Todo respondía a una ética del cuidado, de la colaboración y del estar juntos.
Lo que más me conmovió fue constatar que Amalanga Awafani no habla únicamente de identidades específicas, sino de algo más amplio y urgente: la aceptación del otro a pesar —o precisamente a causa— de sus diferencias. Las imágenes no solicitan tolerancia ni apelan a la compasión; exigen reconocimiento. Nos colocan frente a vidas que existen, resisten y se afirman día tras día, recordándonos que no todos los días son iguales, pero que cada uno deja una huella.
Salir de la exposición fue hacerlo con una certeza clara: cuando el arte logra abrir espacios reales de encuentro, cuando permite mirar sin miedo y aceptar sin condiciones, algo se desplaza. Y ese desplazamiento, por sutil que sea, ya es una forma de transformación.

Amalanga Awafani: Being, Looking, Accepting
Based on the experience of the exhibition Amalanga Awafani (Not All Days Are the Same), presented at Casa Santa Ana in Panama City, this text reflects on the work of Zanele Muholi from a situated perspective. Rather than a review, it offers a reading centered on the encounter with the other, visibility, and the acceptance of difference within a local context that engages in dialogue with an artistic practice of international scope.

On Saturday, January 24, I attended the opening of Amalanga Awafani —Not All Days Are the Same— at Casa Santa Ana in Panama City, an exhibition by South African photographer Zanele Muholi. Initiated by Casa Santa Ana and realized with corresponding institutional support, the exhibition presented itself as more than a display of artworks: it unfolded as an experience of encounter, listening, and presence.
I will not dwell on describing Muholi’s photography or revisiting the conceptual axes that have defined their practice over the years, which is widely recognized within the field of international contemporary art. Instead, I prefer to focus on what took place in that space and, above all, on what it meant to experience this exhibition from Panama.
One of the most significant gestures of Amalanga Awafani is the incorporation of members of the Panamanian LGBTQ+ community into the Faces and Phases project. This gesture aligns coherently with a practice Muholi has developed across multiple contexts and countries —from South Africa to the United Kingdom, the United States, Portugal, Brazil, and Mexico— and which here finds a particular resonance. It is not about “adding” a new territory, but about activating a situated dialogue in which local identities enter into conversation with a living archive in constant expansion.

Seeing these portraits in Panama —produced here, with bodies, faces, and gazes from this context— generates a rare sensation: that of being part of a broader conversation without losing the specificity of the local. For Panamanian audiences, this implies not only access to an internationally recognized body of work, but also the possibility of recognizing themselves within a narrative that has historically excluded or silenced many of these lives.
The experience was further amplified by the presence of Muholi’s working team. A singer with a deeply moving voice, a dance ensemble that simultaneously assumed logistical and performative roles, and an atmosphere that blurred the boundaries between opening, collective action, and ritual. Nothing felt incidental. Everything responded to an ethic of care, collaboration, and togetherness.

What moved me most was realizing that Amalanga Awafani does not speak solely about specific identities, but about something broader and more urgent: the acceptance of the other despite —or precisely because of— their differences. The images do not ask for tolerance nor appeal to compassion; they demand recognition. They confront us with lives that exist, resist, and affirm themselves day after day, reminding us that not all days are the same, but each one leaves a trace.
Leaving the exhibition meant doing so with a clear certainty: when art succeeds in opening real spaces of encounter, when it allows us to look without fear and accept without conditions, something shifts. And that shift, however subtle it may be, is already a form of transformation.
Fotografías_ Cesar Sasson

Cesar Sasson
Magíster en Curaduría de Arte
coleccionsasson@gmail.com
@coleccionsasson
Ciudad de Panamá – Panamá
Enero 2026