El Hilo Invisible
Hay experiencias que no se comprenden del todo cuando ocurren, pero que regresan décadas después para revelar su sentido.


Fotografías / @balletnacionalpanama

Ayer acompañamos a nuestra nieta a ver una presentación de El lago de los cisnes en el Teatro Nacional de Panamá. No soy conocedor del ballet ni pretendo serlo, pero salí con la certeza de haber asistido a un espectáculo de gran nivel, interpretado por bailarines de notable profesionalismo.
Sin embargo, lo más importante no ocurrió sobre el escenario.
Ocurrió a mi lado.
Ver a mi nieta enfrentarse a una experiencia artística —quizás sin entenderla del todo, pero dejándose atravesar por ella— me llevó inevitablemente a otro tiempo, a otra geografía, a otro niño.
A mí.
Antes de llegar a Venezuela, el arte ya había hecho su entrada en mi vida por otras vías. En Egipto, en el Colegio Don Bosco, y sobre todo en la intimidad de mi casa, donde mi madre, cada noche, nos leía en voz alta antes de dormir. Yo le pedía a escondidas que fueran novelas.
Así conocí, siendo aún muy niño, a Edmond Rostand y a Victor Hugo.
De Rostand recuerdo a Cyrano y a Roxane —ese amor imposible, sostenido en la palabra y revelado demasiado tarde, en el umbral de la muerte. Y de Victor Hugo, la figura de Jean Valjean frente a Javert, esa tensión permanente entre la ley y la justicia, entre lo correcto y lo humano.
No eran solo historias.
Había en ellas algo más difícil de nombrar entonces, pero que con el tiempo entendí mejor: una forma de ética, una manera de estar en el mundo. Una idea de dignidad, de responsabilidad moral, de fidelidad a uno mismo incluso en condiciones adversas.
Allí comenzó todo.
Por eso, al llegar a Venezuela a mediados de los años sesenta, mi encuentro con el arte no fue un descubrimiento inicial, sino una expansión.
Nuestra llegada estuvo marcada por dificultades reales, por carencias económicas que afectaron profundamente nuestra vida cotidiana. Y, sin embargo, en medio de ese contexto, ocurrió algo inesperado.
El Colegio Americano de Caracas se convirtió para mí en una puerta abierta.
Porque me permitió acceder a formas de expresión a las que de otro modo no habría podido acercarme. Era un acceso sin mediación, sin costo, sin barreras. Y eso, en esas circunstancias, no tenía precio.
Allí entré en contacto con manifestaciones contemporáneas que hasta entonces me eran ajenas. Recuerdo la presencia de John Cage y Merce Cunningham, cuya manera de entender la relación entre música y movimiento transformó el lenguaje escénico de su tiempo. O la visita de figuras que hoy entiendo en su verdadera dimensión, como el gran violonchelista Pablo Casals, quien ofreció un concierto al cuerpo estudiantil.
Pero también recuerdo la presencia de Margot Fonteyn, entonces una figura central del ballet mundial, quien se presentó en nuestro auditorio para hablar de su experiencia como bailarina y años más tarde establecería, igual que yo, un vínculo profundo con Panamá, país donde incluso terminaría sus días.
Yo no hablaba inglés entonces.
Y, sin embargo, algo de todo aquello se fue depositando.
Sin palabras.
Sin conciencia.
Pero con una persistencia que solo el tiempo revela.
Ayer, sentado en una butaca en Panamá, en lo que bien podría llamar el otoño de mi vida, comprendí que ese hilo nunca se rompió.
Que aquello que mi madre sembró —esa cercanía con el arte como forma de vida— no solo permaneció en mí, sino que ahora, de alguna manera, comenzaba a desplazarse hacia una tercera generación.
No sé si mi nieta recordará esta función dentro de muchos años.
No sé si el ballet ocupará un lugar en su vida.
Pero sí sé algo con certeza: el arte, incluso cuando no se comprende del todo, deja huella.
Y a veces, décadas después, regresa.

Fotografías / @balletnacionalpanama

En el marco del compromiso del Ministerio de Cultura de Panamá con el fortalecimiento de las artes escénicas, el Ballet Nacional de Panamá regresa al escenario del Teatro Nacional de Panamá con una de las obras más emblemáticas del repertorio clásico: El lago de los cisnes.
Esta,su primera presentación en el Teatro Nacional de Panamá, no solo celebra la excelencia técnica y artística de sus intérpretes, sino que también reafirma el valor del arte como experiencia transformadora, capaz de trascender generaciones.
En este contexto, la vivencia escénica se entrelaza con la memoria y la sensibilidad, como sugiere El hilo invisible de Cesar Sasson: ese lazo imperceptible que conecta el primer asombro estético con los recuerdos que el tiempo resignifica. Así, lo que ocurre sobre el escenario dialoga con lo íntimo, recordándonos que el arte —incluso cuando no se comprende del todo— deja una huella profunda y perdurable.
franco mendoza / editor correocultural

Cesar Sasson
Magíster en Curaduría de Arte
coleccionsasson@gmail.com
@coleccionsasson
Ciudad de Panamá – Panamá
Marzo 2026