Omar Ponceleón,
Del Mundo Corporativo a la fotografía
Hay trayectorias que no se explican por la vocación temprana sino por la tensión entre dos mundos. La historia de Omar Ponceleón (contada por él mismo en vivo por Instagram y disponible en canal Notas Fotográficas) es, en esencia, la historia de una decisión radical: abandonar la estabilidad corporativa para asumir la incertidumbre de la fotografía.

Durante casi veinte años transitó la arquitectura rígida del mundo corporativo: consultoras, aseguradoras, firmas internacionales, fue gerente de sistemas y como tal, un hombre habituado al lenguaje de los procesos, a la jerarquía, al control. La fotografía existía, sí, pero como un aprendizaje lejano, como un ejercicio adolescente donde la luz y el encuadre operaban como un escape frente a la fría y metódica lógica de balances e informes.

Esa dualidad es clave para comprender su evolución. Ponceleón no llega a la fotografía desde la ingenuidad romántica, lo hace desde la estructura. Cuando decide asumirla como oficio, lo hace con una conciencia empresarial que aprendió en el mundo que luego abandonaría. Entiende (influido por maestros como Marcos Leave) que el fotógrafo que pretende vivir de su mirada debe también comprender el mercado, el costo de su hora, la inversión en equipos, la narrativa de su propia marca, en fin, debe pensarla como un negocio rentable.
En él, la técnica nunca fue adorno; fue disciplina.

Moda y memoria: la fotografía como documento histórico
El auge de la moda venezolana en los años noventa encontró en Ponceleón a un observador metódico. Desfiles, diseñadores, modelos, pasarelas que ocupaban semanas enteras del calendario fashionista de la época, lo que para muchos era espectáculo efímero, para él se convirtió en archivo. No se trata únicamente de haber publicado en revistas como Playboy o Vogue (logros indiscutibles dentro del circuito editorial), sino de haber entendido que cada colección, cada escenografía, cada cuerpo iluminado sobre la pasarela constituía un registro de época.

En su discurso emerge una idea que resulta particularmente significativa: la fotografía de moda no es frivolidad, es testimonio de una época. Cambian las siluetas, los colores, la arquitectura del desfile; cambia el país. La cámara, cuando es consciente de ello, sin dejar de ser un instrumento comercial, se transforma en herramienta para el registro de una arista histórica.

La estética y el rigor
Su paso por Playboy ilustra bien su ética de trabajo. Frente a la tentación de lo fácil (la sensualidad explícita), optó por la precisión lumínica, por el cuidado de la piel, por la construcción casi quirúrgica del cuerpo en el espacio. La desnudez, bajo su mirada, debía sostenerse en la elegancia. El artificio no podía traicionar la elegancia.

Esta concepción revela un elemento central de su pensamiento: la fotografía es construcción. No existe imagen sin decisión previa. El número de luces, la dirección del haz, la relación figura-fondo, el ángulo, el momento exacto de disparo: todo responde a una arquitectura mental.

Allí aflora su herencia analógica. Haber trabajado con película implica haber comprendido la espera, el costo de cada disparo, la responsabilidad del encuadre. En tiempos donde la inmediatez digital parece trivializar el acto fotográfico, Ponceleón recuerda que mirar es un ejercicio de paciencia.

La boda como metáfora del oficio
Uno de los pasajes más reveladores de su conversación tiene que ver con la fotografía de bodas. Allí establece una distinción que podría extrapolarse a toda la práctica fotográfica: la “tarea” y el “documento”. La tarea es el encargo: el retrato esperado, la abuela en el encuadre, el beso en el altar. El documento es lo imprevisto: el gesto del niño distraído, la lágrima furtiva, la conversación lateral. El fotógrafo, sostiene, debe ver con ambos ojos: uno para cumplir, otro para descubrir.
Esa dualidad resume su ética. La creatividad no puede desconocer la responsabilidad profesional. El artista no está por encima del compromiso con el cliente, pero tampoco debe renunciar a su mirada.

Omar Ponceleón
Decidir ser fotógrafo
El momento en que abandona la empresa, siendo un suceso inesperado, escoge la imagen como alternativa y se lanza a vivir exclusivamente de la fotografía, no como gesto heroico, lo hace como acto consciente. Calculó tiempos, invirtió en equipos, estructuró servicios. No hubo improvisación, hubo estrategia.
Y, sin embargo, hubo también fe. La convicción de que la vida corporativa, aunque segura, no respondía a su verdadera vocación. Esa tensión entre seguridad y sentido es la que convierte su historia en lección para nuevas generaciones.
A los fotógrafos noveles

¿Qué queda, entonces, para quienes comienzan hoy?
Primero, comprender que la fotografía no es solo sensibilidad; es estructura. Exige formación técnica, comprensión de la luz, dominio del tiempo y nociones de gestión. La pasión sin método se diluye.
Segundo, asumir que el archivo personal puede convertirse en memoria colectiva. Cada proyecto, cada retrato, cada asunto documentado participa de una narrativa mayor.
Tercero, entender que la tecnología es herramienta, no sustituto de criterio. Las cámaras cambian; la mirada se educa.
La conversación completa con Omar Ponceleón está disponible en el canal Notas Fotográficas. Invitamos a fotógrafos, estudiantes y amantes de la imagen a suscribirse y dale like a esta y otras conversaciones maravillosas que están en nuestro canal de YouTube, puedes también seguirnos en Instagram por @notasfotograficas.ve para continuar construyendo este archivo vivo de la fotografía venezolana.
Porque, al final, toda cámara es una decisión ética. Y toda decisión, si se sostiene en el tiempo, termina por convertirse en destino.

Prof. José Ramón Briceño Diwan
Notas Fotográficas
CARACAS D.C. VENEZUELA
Marzo, 2026