Entrevista con la escritora española Miriam Conde Redondo:
“En La mirada de la Diosa quise fijarme en esas historias pequeñas que sostienen el peso de lo real”
Con su nueva novela “La mirada de la Diosa”, Miriam Conde Redondo (Valladolid, 1968) se ha convertido en una de las grandes autoras del suspenso histórico en español. Ingeniera Industrial e hija de librera, conquista lectores con una obra que combina los sucesos de personas anónimas con acontecimientos de la historia universal.
Por: Víctor Romero.

Miriam Conde Redondo
Pregunta: – Leí que la idea de La mirada de la Diosa nace a partir de la imagen de un icono griego que viste. ¿Cómo fue eso?
Respuesta: – La primera semilla de La mirada de la Diosa fue, efectivamente, una imagen. Un icono griego que descubrí mucho antes de que existiera una historia, unos personajes o tan siquiera la intención de escribir una novela.
Lo vi por primera vez en una sala de exposiciones. Representaba a la Virgen María, con el niño en brazos. Su rostro hierático, pero sereno a la vez, tenía el aura inquietante de los objetos antiguos. Sobre todo recuerdo la sensación de que, a pesar de estar rodeada de gente, la imagen me observaba.
Para mí no fue solo un cuadro, fue un mensaje. Me produjo la intuición, muy poco científica, lo reconozco, de que detrás de esa pintura había una historia que no se había contado todavía.
Cuando finalmente empecé a escribir, supe que ese icono no iba a ser un simple objeto narrativo, sino un eje simbólico. La excusa perfecta para hablar del pasado que observa al presente sin pedir permiso, y de cómo, por mucho que miremos hacia otro lado, siempre acaba devolviéndonos la mirada.
P: – ¿Dirías que tu literatura se alimenta de otras artes?
R: – Sin ninguna duda. La literatura sería bastante más plana (y bastante más aburrida) si no se alimentara de otras formas de arte. En mi caso, escribo con palabras, pero pienso muchas veces en imágenes, en ritmos, o en silencios que tienen más que ver con la música o con el cine que con la página en blanco.
La pintura, por ejemplo, es una influencia constante. No solo por la estética, sino por su capacidad de condensar una historia en un gesto, en una luz determinada, o en una sombra bien colocada. A veces una escena nace porque quiero reproducir lo que siento al mirar un cuadro, lo que llamo pintar con palabras.
También el cine me ha dejado huella. La manera de buscar la voz del narrador, de jugar con la información que se da y la que se oculta, tiene mucho de lenguaje cinematográfico. Quizá sea una obsesión mía personal, pero no podemos dejar de ver el mundo con los ojos.
Y luego está la música, que es el arte invisible pero omnipresente. El ritmo de una frase o la pausa necesaria en un diálogo no son decisiones racionales, se parecen mucho más a una partitura que a un esquema narrativo. Cuando una persona lee, impone al texto su propia voz, su ritmo y su melodía. El humilde mérito de la escritura es hacer que todo el conjunto suene bien.
P: – ¿Y cómo nace la Miriam Conde Redondo escritora?
R: – La escritora nace, como casi todo lo importante, sin una decisión consciente.ni clara. En mi caso, nace entre libros. Literalmente. Soy hija de librera y eso definió mi carácter. Crecer rodeada de historias convierte la lectura en algo tan natural como respirar… y tan peligroso como creer que algún día tú también puedes hacerlo.
Durante la mayor parte de mi vida fui lectora antes que escritora. Leía con la curiosidad de quien desmonta un reloj para ver cómo funciona. Quería entender por qué una historia me atrapaba, por qué un personaje se quedaba conmigo días después de cerrar el libro.
La escritura llegó más tarde, casi como una consecuencia lógica de esa curiosidad. Empezó de forma discreta, sin grandes declaraciones de intenciones, compatibilizándose con una formación técnica y una vida profesional muy alejada, en apariencia, de la literatura. Aunque siempre he pensado que escribir también es una forma de ingeniería emocional.
Con el tiempo comprendí que no escribía solo por contar historias, sino por hacerme preguntas. Y que esas preguntas, compartidas con los lectores, eran la verdadera razón para dejar de escribir solo para mí.
P: – Volviendo a tu nueva novela, cuentas historias pequeñas en medio de la Segunda Guerra Mundial.
R: – La Segunda Guerra Mundial es un acontecimiento tan desmesurado que corre el riesgo de convertirse en un entorno inabarcable. A mí siempre me han interesado más sus grietas, lo que sucede en los márgenes y en las vidas que no aparecen en los libros de historia.
En La mirada de la Diosa quise fijarme en esas historias pequeñas que, sin embargo, sostienen el peso de lo real. Personas que no cambian el curso de la guerra, pero cuya vida queda irrevocablemente alterada por ella. Decisiones mínimas que acaban teniendo consecuencias inmensas para quienes las sufren.
Me interesa mostrar cómo la gran Historia se cuela en lo cotidiano, en una conversación interrumpida, en una carta que no llega, en silencios prolongados durante décadas. Escribir esas escenas era, para mí, una forma de devolverle humanidad a un periodo que corremos el riesgo de contemplar desde la frialdad del dato. Porque al final, todo conflicto histórico se traduce en vidas concretas.
P: – ¿La vida de personajes anónimos también es motivo para desarrollar el suspenso en una historia?
R: – No solo es motivo, sino que es una de las mejores herramientas para generar suspense. Cuando el protagonista no es un gran héroe ni una figura histórica reconocible, el lector se mueve en territorio incierto. No hay un destino escrito de antemano, y eso permite una enorme creatividad.
Los personajes anónimos tienen algo que no está predefinido, pueden ser cualquiera de nosotros, y eso hace que empaticemos con ellos. Sus decisiones no están motivadas por la historia, sino por el miedo o el amor, que son motores narrativos mucho más potentes.
Además, el suspense no nace únicamente del peligro externo, sino del conflicto interior. De lo que un personaje sabe, de lo que ignora y de lo que decide no preguntar. En ese terreno ambiguo, los personajes anónimos se mueven con mucha más libertad.
Me gusta pensar que el anonimato les otorga una especie de verdad emocional. No representan ideas abstractas, sino dudas muy reconocibles. Y eso, paradójicamente, hace que la tensión sea mayor.
P: – ¿Cómo fue el proceso de documentación?
R: – Largo, absorbente y, en algunos momentos, bastante caótico. La documentación es una fase que me apasiona, pero también una que exige disciplina para no perderse en el camino. Hay una tentación permanente de seguir leyendo “solo un poco más”.
En esta novela investigué sobre criptografía, operaciones de inteligencia, agentes destinados en España, submarinos alemanes, monasterios ortodoxos… y, al mismo tiempo, sobre la vida cotidiana, que es lo que realmente da cuerpo a la historia. Me interesaba tanto el dato preciso como el contexto humano. No quería que la documentación se volviera farragosa, sino que sostuviera la narración de forma sutil, como una estructura bien calculada.
Cuando siento que sé más de lo que el lector necesita, es el momento de dejar de documentarme y empezar a escribir. No siempre lo consigo a la primera, pero es una buena regla de supervivencia literaria.
P: – ¿Tienes referentes literarios en el suspenso histórico o en otros géneros?
R: – Por supuesto, y muy variados. Desde los grandes autores de aventuras clásicas, como Dumas o Stevenson, que me enseñaron el valor del ritmo y del viaje, hasta escritores que han combinado misterio e inteligencia narrativa con enorme elegancia.
Admiro profundamente a autores como Agatha Christie, no solo por su capacidad para construir enigmas, sino por su mirada sobre la naturaleza humana. También a quienes han sabido unir conocimiento, suspense y reflexión sin subrayados excesivos.
En el ámbito de la novela histórica contemporánea, me interesan especialmente quienes entienden la historia como un espacio vivo, no como un museo. Autores que hacen que el pasado dialogue con el presente.
P: – ¿Los lectores se comunican contigo? ¿Qué te dicen de La mirada de la Diosa?
R: – Sí, y es una de las experiencias más gratificantes y que me anima a continuar. Los lectores suelen contarme cómo la novela les ha hecho reflexionar sobre su propia historia familiar, sobre los silencios heredados, sobre aquello que no se pregunta.
Muchos destacan precisamente esa combinación entre intriga y emoción. Me dicen que llegaron por el suspense y se quedaron por los personajes, lo cual es, probablemente, el mejor cumplido que se le puede hacer a una novela.
Otros se detienen en los escenarios como el Monte Athos, o en el icono, en su carga simbólica. Me gusta comprobar cómo cada lector se lleva algo distinto, porque eso significa que la historia sigue viva más allá de mí.
Y confieso que también recibo mensajes preguntándome si todo eso es verdad. Siempre respondo lo mismo, lo importante no es si ocurrió, sino si podría haber ocurrido.
P: – ¿Esta historia acaba aquí o tendrá otras motivaciones en tu obra?
R: – Esta historia concreta tiene un cierre, pero sus temas no. Y esos temas, la memoria, la herencia, los secretos que se transmiten, siguen rondándome y, probablemente, encontrarán nuevas formas de aparecer.
No suelo escribir pensando en continuaciones, pero sí en ecos. Personajes, ideas o atmósferas que regresan transformadas en otros relatos. Como sucede con la vida, creemos que cerramos etapas, pero algo siempre permanece.
El proceso de creación de La mirada de la Diosa me ha dejado preguntas abiertas, Y esas preguntas pueden ser el punto de partida de futuros proyectos, aunque todavía no tengan nombre. Así que no diré que esta historia termina aquí. Diré, más bien, que ha encontrado su forma… y que ahora observa en silencio, esperando a ver qué viene después.
MADRID – ESPAÑA
Enero, 2026
