Una exhibición de diecinueve artistas venezolanos realizada en alianza con la Embajada de Alemania en Venezuela y el Goethe Institut.
Cabinet Gallery
Estamos obligados a mirarnos
Texto de Tahía Rivero
A Elsa Gramcko en el centenario de su nacimiento
El paisaje debe interpretarse como continente de la historia, tanto de las que han prevalecido en el tiempo, conocidas por la mayoría, como de aquellas anónimas, vidas y hechos de personajes y lugares olvidados que, sin embargo, serían determinantes para el futuro de regiones enteras.
Varias leyendas corren al unísono para arribar al retrato de San Esteban que propone Carlos Flores para esta exposición, en los espacios de su galería. Identidades colectivas, familiares y personales. Culturas, credos e ideologías que se cruzan en esta singular población para forjar un capítulo fecundo del devenir del país.
Vídeo: Leonardo Martínez Hlawacz
La relevancia de San Esteban fue el resultado de eficaces voluntades que vieron, en este paraje, las bondades que la naturaleza ofrecía y lo acogieron como refugio para la vida, lugar de veraneo o estancia para el descanso. El entorno siempre fresco y sombreado contrastaba con la ciudad de Puerto Cabello, emplazada a orillas del mar y, por tanto, con una intensa actividad portuaria y comercial. Pero más allá de los locales, fueron los foráneos quienes nos obligaron a mirar, con otros ojos, las cualidades de un lugar privilegiado.
El editor y galerista se ha propuesto recuperar los vestigios del esplendor que otrora brilló en San Esteban, abonado primero por los indígenas que dejaron su testimonio en los petroglifos al borde del río. Luego por los españoles quienes, tras la búsqueda de El Dorado, construyeron caminos empedrados en la cima de las montañas, esquivando la intemperie de la ruta de la costa. De esa época data el Puente ojival de Paso Hondo o Puente de los Españoles.
Más tarde confluyeron en la población, músicos, pintores y escritores provenientes de distintas geografías; figuras importantes que estimuladas por la congregación de orígenes, lenguas y culturas, quisieron hacer de San Esteban un lugar abierto a todo lo posible mezclado con la cultura venezolana. Poco a poco importantes familias se asentaron en sus inmediaciones. Se construyeron hermosas y solariegas casas como telón de fondo a un incipiente quehacer social y cultural.
Es el científico Alexander von Humboldt quien le sugiere al pintor Ferdinand Bellermann visitar San Esteban, lugar adonde él no logró llegar durante su viaje a las regiones equinocciales. Otro pintor alemán lo haría veinte años más tarde, Christian Anton Goering, quien en 1862 describiría a San Esteban como “el más hermoso valle de Venezuela”. Ambos pintaron profusamente los alrededores de la población, sus montañas, ríos y selvas. A otro naturalista, el poeta y fotógrafo Carl Ferdinand Appun, se le debe la ubicación del pájaro campanero, oriundo de los bosques sanestebanos (Walter Arp hace aquí una entrada triunfal: la campana gutural del ave casi parece sonar).
Walter Arp. «Pájaro campana», 1989.
El interés de Carlos Flores por San Esteban viene de su curiosidad innata alimentada por su abuela materna, Ana Valentina Márquez de León, quien lo entretenía en su infancia revelándole pasajes de la historia familiar. Después, él mismo incursionó tierra adentro desde su Puerto Cabello natal para encontrarse con la Villa Friedenau, residencia de su tía, la pintora Raquel Capriles de Brandt. Quiso el destino que esta extraordinaria casa le llegara por herencia de su abuela paterna, Mercedes Rojas Brandt-Kerdel de Flores.
Y así, la exposición «San Esteban, retrato de un lugar» se integra al proyecto de vida que Carlos lleva adelante y que implica, entre otras tareas, la recuperación de Villa Friedenau como posada y residencia de artistas.
En la muestra participan diecinueve creadores contemporáneos y de épocas anteriores, quienes interpretan el paisaje desde distintas percepciones. Para familiarizarse con el entorno, en diciembre de 2024, Cabinet Gallery emprendió, junto al grupo de participantes, una excursión que culminó en el Puente de Paso Hondo, lo cual significó tres horas de ascenso a la cumbre, y tres de descenso. Al igual que sus antecesores, estos artistas sintieron el deslumbramiento por la naturaleza, el paisaje y la historia de San Esteban.
Con el tríptico «Correspondencia», 2024, Renzo Rivera establece una continuidad entre el paisaje santestebano y los retratos de sus conspicuos huéspedes: Ferdinand Bellermann, Anton Göering y Jenny de Tallenay. El contraste entre lo perecedero y lo permanente se muestra a partir de la superficie traslúcida donde figura y fondo se solapan, queriendo persistir como planos de la memoria.
Renzo Rivera. «Correspondencia». 2025
A la inversa, Valentina Aguirre conmemora a través de la cerámica, figuras de personajes que visitaron o habitaron San Esteban, y cuya apreciación de la naturaleza desde la ciencia y la expresión artística nos traslada a mundos paradójicos entre realidad y ficción.
Valentina Aguirre. «El latido de la tierra» (Alexander von Humboldt), «Tropenalma» (Ferdinand Bellermann), «Madre selva» (Raquel Capriles). 2025.
Fotos: Leonardo Martínez H.
Víctor Julio González, Richard López y Fernando Wamprechts, cada uno desde su práctica, representan ese paisaje idílico que nos legaron los artistas del siglo XIX, queriendo contrastar el efecto de extrañeza que otras miradas le imprimen a la descripción del entorno.
Víctor Julio González, «Caminando por San Esteban», 2025; Richard López, «San Esteban», 2025; Fernando Wamprechts, ««San Esteban, patio de Raquel Capriles», 1981.
Fotos (1 y 2): Leonardo Martínez H.
Un paisaje puede definirse a partir de una flor. Entre Titina Penzini y Raquel Capriles de Brandt median varias décadas; para las dos, la orquídea Albertina o una sencilla gladiola tienen idéntica importancia y simbolizan toda la verdad, lo imperecedero y lo bello, si sabemos apreciarlo.
Titina Penzini, «Coryanthes Albertinae», 2025; Raquel Capriles, «Flor de ajo» (Arrabidaea patellifera), C. 1980.
Foto 1: Leonardo Martínez H.
La perspectiva cáustica de José Vivenes se nos muestra a partir de escenas que narran el deterioro del medio ambiente y de las vidas privadas y públicas, susceptibles de reveses históricos. La rebeldía, la desconfianza y la denuncia cuentan la otra cara de la historia que Vivenes nos franquea.
José Vivenes, «Tras el camino de Bellermann», 2025.
Daniel Guerra erige una armazón o totem conmemorativo, titulado «Lupinus», que reintepreta escultóricamente las formas vegetales estudiadas por Humboldt. En este diálogo entre lo natural y lo industrial, la pieza se convierte en un testimonio de la memoria botánica y su relectura en el lenguaje escultórico contemporáneo.
Daniel Guerra, «Lupinus», 2019.
Foto 1: Leonardo Martínez H.
Pedro Medina y Renata Fernández plantean el silencio perturbador que pueden tener las imágenes exacerbadas de lo cotidiano. El tiempo detenido es un imposible que el artista tiene el don de trastocar continuamente.
Pedro Medina, «Vista de Pto Cabello desde Fortin Solano», 2025; Renata Fernández, «San Esteban Nº1 – Porche», 2025.
Henrique Avril, Jaime Castro y Geczain Tovar, en distintas épocas, señalan las faenas y los posibles caminos para adentrarse en el bosque húmedo de San Esteban.
Henrique Avril, ««Recua de burros, Puerto Cabello, Venezuela», C. 1920; Jaime Castro, «Puente sobre Camino Real, San Esteban», 2025; Geczain Tovar, «Villa Friedenau», 2018.
Manuel Eduardo González construye una suerte de sistema de registro a partir de fragmentos y escenarios aparentemente banales. Con esta estrategia parece provocar la perplejidad sobre los hitos en que subsiste lo real colectivo.
Manuel Eduardo González, «San Esteban – B», 2025.
El conjunto fotográfico de Marylee Coll nos traslada a la ensoñación y fantasía de una vida grácil y distinguida, desde los espacios abandonados de Villa Vincencio. Por azar, lugar de reencuentro con mis antepasados.
Marylee Coll, serie «San Esteban», 2019.
Foto: Leonardo Martínez H.
Fusionar la exotización del paisaje a partir de un electrodoméstico de formas primitivas, como nos lo plantea Néstor García, hace pensar en que no importa dónde nos encontremos: la grama del vecino siempre será más verde. Lo cual es literal en el caso de San Esteban.
Néstor García, «Termodinámica: una versión tropical», 2025.
Foto: Leonardo Martínez H.
Esta exposición, este retrato de un lugar al que nos convoca el selecto grupo de artistas participantes, quiere insistir en hacer memoria, quiere advertir sobre una población y un país que existieron. Quiere hacer visibles las ruinas de su esplendor, pero también la historia de lo que ha permanecido y no ha sido posible extinguir.
Los invitamos a acompañarnos de este viaje a través de la visión de estos diecinueve artistas quienes aceptaron regresar tras los pasos de los científicos y pintores viajeros del siglo XIX para continuar aprendiendo a mirarnos en el XXI. «San Esteban, retrato de un lugar» estará abierta al público hasta finales del mes de junio, de martes a domingo, en el G-14 del Centro de Arte Los Galpones.
CARACAS D.C. VENEZUELA
Abril, 2025